Hay cosas que no se aprenden en los libros, ni en los informes, ni en las oficinas donde se toman decisiones sobre los territorios. Se aprenden caminando, escuchando y compartiendo con quienes han construido durante años una relación profunda con un lugar.
Esto es algo que hemos aprendido en el trabajo conjunto con el Grupo de Defensa de la Cuenca del Río Frío, en Maquengal. Lo hemos aprendido escuchando sus historias, recorriendo sus preocupaciones y, sobre todo, reconociendo el amor que sienten por su río. Un amor que no tiene nada de ingenuo: nace de haberlo vivido, de conocer sus cambios, de recordar sus lugares, de haber disfrutado sus aguas y sus riberas, y de saber lo que significa para la vida de la comunidad.
Sus memorias tienen una fuerza particular. En ellas permanece el río que han conocido, los espacios que alguna vez fueron lugares de encuentro y las formas en que distintas generaciones han construido su relación con él. Esa memoria permite reconocer lo que ha cambiado y también imaginar aquello que todavía puede recuperarse.
Y esa memoria importa especialmente cuando las voces de las comunidades son ninguneadas, cuando sus preocupaciones son reducidas a molestias locales o cuando el conocimiento construido desde el territorio parece valer menos que el lenguaje técnico con el que suelen tomarse las decisiones. Frente a ese ninguneo, recordar se convierte también en una forma de resistencia. Recordar cómo era el río, cómo se vivía y qué significaba para la comunidad permite defender aquello que muchas veces se pretende convertir simplemente en un dato, un cauce o un recurso.
Acompañar este proceso nos ha permitido comprender algo que queremos compartir en este Día Mundial de los Ríos: el río se vive.
El río se vive
Hay una palabra que suele aparecer cuando hablamos de ellos: recurso. Hablamos de recursos hídricos, de recursos naturales, de recursos disponibles. Una palabra que parece describir algo de manera neutral, pero que también contiene una forma particular de mirar el mundo: aquello que puede ser utilizado, aprovechado, administrado o extraído. Frente a esa mirada, queremos reivindicar otra: el río se vive.
Se vive mucho antes de convertirse en una cifra, en un volumen de agua, en un cauce delimitado en un mapa o en un objeto de regulación. Se vive en la experiencia cotidiana de quienes se acercan a sus aguas, conocen sus cambios, reconocen sus lugares y construyen alrededor de ellos memorias, encuentros y formas de habitar el territorio. Se vive en una tarde de recreación, en una pesca, en una caminata por la ribera, en el juego de niñas y niños, en las conversaciones familiares, en los recorridos que conectan a una comunidad con su paisaje. Se vive también en aquello que se aprende observando el río durante años: cuándo crece, dónde cambia su cauce, qué lugares se transforman, qué especies aparecen, dónde se podía entrar al agua y dónde ya no.
El río forma parte de la vida de quienes lo habitan.
Esto adquiere especial fuerza cuando escuchamos las experiencias de comunidades como Maquengal, donde la defensa del río Frío no surge de una preocupación abstracta por “el ambiente”, sino de una relación cotidiana con un territorio que ha sido vivido, recorrido y disfrutado durante generaciones. Allí, las transformaciones del río no significan solamente cambios en una corriente de agua. Cuando una poza desaparece, una ribera se modifica o un tramo del cauce cambia sus condiciones, también se alteran las posibilidades de encuentro, recreación y disfrute que forman parte de la vida comunitaria.
Por eso, cuando una comunidad dice que quiere defender su río, está diciendo mucho más que “queremos conservar el agua”. Está defendiendo una relación con el territorio.
Y ahí aparece la importancia de hablar de bienes comunes.
Un bien común no es simplemente algo que pertenece a todas las personas. Es algo cuya existencia está profundamente vinculada con las relaciones que construimos alrededor de él y con las condiciones que permiten sostener esas relaciones. Pensar el río como bien común implica reconocer que su valor no se agota en aquello que podemos obtener de sus aguas. El río tiene una dimensión ecológica, pero también social, cultural, afectiva y territorial. Hay conocimientos, memorias, prácticas y formas de encuentro que se construyen alrededor de él y que también merecen ser reconocidas cuando hablamos de su cuidado.
Desde esta perspectiva, cuidar un río no puede reducirse a mantener una determinada cantidad de agua o a intervenir técnicamente su cauce. Cuidar también significa sostener las condiciones que permiten vivirlo.
Esto nos lleva a una pregunta incómoda: ¿qué ocurre cuando las decisiones sobre un río consideran sus posibilidades de extracción, producción o aprovechamiento, pero dejan en segundo plano las formas en que las comunidades lo viven?
La pregunta importa porque el territorio no está compuesto únicamente por aquello que puede medirse. Una comunidad también habita sus recuerdos, sus caminos, sus espacios de encuentro y sus lugares de recreación. El río participa de esa trama. Por eso, cuando se transforma, no solamente cambia un elemento del paisaje: pueden cambiar también las relaciones que hacen posible una determinada manera de habitarlo.
En Maquengal, esta dimensión aparece con claridad. La defensa del río Frío nos recuerda que existen conocimientos que nacen de la experiencia cotidiana y que difícilmente pueden sustituirse desde una mirada externa. Quienes viven junto al río han desarrollado una memoria de sus transformaciones y una lectura del territorio construida desde la convivencia. Escuchar esos saberes no debería ser un gesto accesorio dentro de las decisiones sobre el río; debería formar parte de cualquier conversación seria sobre su futuro.
Porque defender un río también es defender la posibilidad de seguir viviéndolo.
Y vivirlo no significa congelarlo en el tiempo. Los ríos son dinámicos, cambian, se desbordan, sedimentan, modifican sus cauces. Las comunidades también cambian. La cuestión es otra: quiénes pueden participar en las decisiones sobre esos cambios, qué relaciones queremos sostener con el territorio y qué condiciones necesitamos para que el río continúe formando parte de la vida comunitaria.
Por eso también hablamos de recuperación. Recuperar un río no significa únicamente restaurar sus condiciones ecológicas. Puede significar recuperar espacios que dejaron de ser accesibles, recuperar formas de encuentro, recuperar memorias, recuperar conocimientos y recuperar la posibilidad de que las nuevas generaciones puedan construir sus propias relaciones con el río.
Un río se recupera también cuando volvemos a encontrar maneras de vivirlo.
Quizás por eso este Día Mundial de los Ríos sea una oportunidad para cambiar la pregunta. En lugar de preguntarnos solamente cuánto podemos extraer de un río, cuánto podemos aprovecharlo o cómo podemos administrarlo, podemos preguntarnos qué hace posible que un río sea parte de una comunidad y qué necesitamos para sostener esa relación.
Porque un río no es solamente agua que corre. Es territorio vivido. Es memoria. Es encuentro. Es paisaje. Es conocimiento. Es disfrute.
Es una relación que se construye cotidianamente. Y cuando esa relación está amenazada, también puede convertirse en motivo de organización, cuidado y defensa.
El río se vive. Por eso lo reivindicamos como bien común: no como algo que simplemente está ahí para ser utilizado, sino como parte de los tejidos que sostienen nuestras vidas.
Un bien común que se vive, se disfruta, se conoce, se cuida, se defiende y, cuando ha sido afectado, se recupera. Porque defender un río también es defender la posibilidad de que siga siendo río para quienes vendrán después.









