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Río Frío en alerta: comunidades denuncian décadas de extracción y proponen una zona de cuido

Las comunidades de Maquengal y Guatuso, junto al Grupo de Defensa de la Cuenca del Río Frío – Caño Negro, hicieron público un pronunciamiento en el que alertan sobre el estado crítico del Río Frío, tras más de cuatro décadas de extracción de materiales en su cauce.

Lejos de centrarse únicamente en aspectos técnicos o legales, el documento pone en el centro la experiencia territorial de quienes habitan la cuenca, señalando los impactos acumulativos de un modelo de desarrollo que ha transformado de forma profunda la dinámica del río. Entre los principales efectos identificados destacan la erosión de riberas, la pérdida de pozas, la sedimentación, la disminución del caudal y la profundización del cauce.

Estas transformaciones no son solo ambientales. Las comunidades advierten consecuencias directas sobre la vida cotidiana: limitaciones en el acceso al río, afectaciones a la ganadería y al turismo local, mayor vulnerabilidad ante inundaciones y deterioro de los humedales vinculados al Refugio Nacional de Vida Silvestre Caño Negro, del cual el río es su principal afluente.

Uno de los elementos más relevantes del pronunciamiento es la evidencia territorial recopilada en recorridos comunitarios. Según señalan, los tramos sin intervención se han reducido a fragmentos aislados: aproximadamente 800 metros hacia el Parque Nacional Tenorio y 1,6 kilómetros en dirección a El Jorón. Esta fragmentación revela que la afectación no es puntual, sino parte de un proceso continuo de transformación del río.

Además, el documento subraya la importancia estratégica de la cuenca para la seguridad hídrica del cantón. Entre el puente de San Rafael de Guatuso y el Parque Nacional Tenorio se ubican algunos de los principales mantos acuíferos de la zona, lo que refuerza la urgencia de proteger este territorio.

Las comunidades son claras: no se oponen al desarrollo, pero cuestionan un modelo que sacrifica los ríos y debilita las bases que sostienen la vida local. En su lugar, proponen fortalecer alternativas como el turismo rural comunitario, la producción local y la conservación.

En este marco, el pronunciamiento plantea la necesidad de abrir una discusión más amplia sobre el ordenamiento territorial y la gobernanza de la cuenca, señalando la ausencia de una visión integral que articule las decisiones institucionales con las dinámicas ecológicas y las necesidades comunitarias. Se insiste en la importancia de aplicar el principio precautorio y evaluar los impactos acumulativos antes de autorizar nuevas intervenciones.

Como propuesta concreta, las comunidades impulsan la creación de una zona de cuido del Río Frío, orientada a la restauración ecológica, el uso comunitario responsable y el desarrollo de alternativas económicas sostenibles. Esta iniciativa podría convertirse en un espacio piloto de gestión participativa de la cuenca.

El llamado a las instituciones es claro: reconocer la voz comunitaria, abrir espacios de diálogo no intimidantes, considerar una moratoria a la extracción de materiales y avanzar hacia decisiones basadas en la sostenibilidad y la justicia intergeneracional.

El pronunciamiento cierra con una afirmación que sintetiza su sentido político y ético: hablar hoy no es oponerse, es cuidar. Es asumir la responsabilidad colectiva de decidir qué tipo de desarrollo se quiere para el territorio y para las generaciones futuras.

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Bienes Comunes en Corto – Calle Álvarez: memoria y territorio desde la voz de un vecino

El testimonio de Pedro Luis Martínez Álvarez nos invita a mirar el territorio más allá de lo visible. Calle Álvarez no es solo un espacio geográfico: es historia viva, herencia, lucha cotidiana y una forma de arraigo que se transmite entre generaciones.

Su voz nos recuerda que los territorios se construyen desde la experiencia de quienes los habitan: desde el Río Frío como vía de vida, encuentro y sustento, hasta las luchas persistentes frente al abandono institucional. Aquí, la historia no está en los libros: vive en la palabra, en la memoria familiar y en las prácticas que sostienen la vida.

En medio de las transformaciones y desigualdades, persiste una certeza: el vínculo con la tierra no se rompe. Se cuida, se defiende y se hereda.

Memoria local y organización: sostener lo común

La memoria comunitaria no es solo un ejercicio de recordar el pasado; es también una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro. Nombrar de dónde venimos permite reconocer las huellas de la desigualdad, pero también las formas en que las comunidades han sabido organizarse, resistir y sostener la vida.

Cuando una comunidad recupera su historia, fortalece su identidad y su capacidad de exigir derechos. La memoria conecta generaciones, ordena experiencias y da sentido a las luchas actuales: evidencia que el abandono y la exclusión no son casuales, sino resultado de decisiones y procesos históricos que pueden transformarse.

Por eso, recoger estas voces no es solo documentar: es sembrar. Sembrar conciencia, pertenencia y organización. Porque defender el territorio también implica contar su historia y, en ese proceso, reconocerse como comunidad que resiste, cuida y construye futuro.

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Voces que se organizan para no ser invisibles

Este video nace de una voz colectiva: la de una comunidad que decidió organizarse porque sola nadie la escuchaba. En Calle Álvarez, las personas vecinas cuentan algo muy sencillo pero muy profundo: cuando se unen, tienen fuerza; cuando se organizan, dejan de ser un problema individual y se convierten en una demanda legítima de derechos.

Aquí se habla de vida digna sin palabras complicadas: poder salir cuando llueve, que una ambulancia pueda entrar, que los adultos mayores no queden aislados, que los niños puedan ir a la escuela, que la comunidad no tenga que resolver sola lo que debería ser un derecho. Pero también se habla de algo más grande: de solidaridad, de representación, de acompañarse cuando uno no puede y de entender que el barrio también es un hogar.

Ver este video es escuchar cómo la organización comunitaria no nace de la teoría, sino de la necesidad de vivir mejor. Y también es una invitación a preguntarnos: ¿qué cambia cuando una comunidad decide organizarse en lugar de resignarse?

Dale play, escuchá estas voces y compartilo.
Cuando el riesgo deja de ser excepción y se vuelve parte de la vida

En Calle Álvarez de Guatuso, las personas vecinas enfrentan un problema que se vuelve más grave cada vez que llueve. Las inundaciones afectan la movilidad, ponen en riesgo a personas adultas mayores, dificultan el ingreso de servicios básicos y convierten algo cotidiano —salir de la casa, trasladarse, vivir con tranquilidad— en una situación de incertidumbre constante.

A esto se suma el desinterés institucional para impulsar acciones que permitan prevenir o al menos sobrellevar estos riesgos. Por eso, lo que ocurre aquí no es solo un problema de infraestructura: es una realidad que obliga a la comunidad a organizarse para defender condiciones dignas para vivir.

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Vivir bajo amenaza permanente: lo que revelan las voces de Calle Álvarez

En la comunidad de Calle Álvarez, en San Rafael de Guatuso, las personas no hablan únicamente de inundaciones. Hablan de miedo, de limitaciones cotidianas y de una amenaza constante que ha terminado por marcar la forma en que viven, se movilizan y proyectan su futuro.

Los testimonios recogidos recientemente permiten entender algo fundamental: lo que enfrenta la comunidad no es solo un problema natural. Es una situación de vulnerabilidad que se ha ido construyendo con el tiempo, a partir de decisiones institucionales, falta de inversión pública y ausencia de planificación territorial.

Como expresan testimonios de personas vecinas de Calle Álvarez, el problema no se vive únicamente cuando el río crece, sino todos los días:

“Uno vive con la preocupación de que en cualquier momento vuelve a pasar lo mismo.”
Pedro Martínez (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

Una comunidad que quiere quedarse

Las personas que viven en Calle Álvarez no están pensando en irse. Al contrario, muchos vecinos y vecinas nacieron allí, crecieron allí o tienen más de 20 y 30 años de vivir en el barrio. Hablan de un lugar tranquilo, solidario, donde las personas se conocen y se ayudan.

Sin embargo, esa vida comunitaria convive con una preocupación constante: cada vez que el río crece, el barrio puede quedar aislado.

“El problema serio que tenemos ahorita es que tenemos, cuando el río llena, cuando el río se inunda, no tenemos salida para ningún lado.”
Pedro Martínez Alexander Romero (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

Esta contradicción marca la vida cotidiana: una comunidad con arraigo, pero sin condiciones mínimas para vivir con tranquilidad.

Las limitaciones que se vuelven parte de la vida diaria

Los testimonios no se quedan en una descripción general del problema. Muestran cómo la situación termina afectando directamente las condiciones de vida:

-dificultad para salir del barrio cuando llueve fuerte,
-miedo a quedar incomunicados en una emergencia médica,
-personas adultas mayores que prácticamente no pueden movilizarse,
-viviendas expuestas a cada temporada de lluvias,
-incertidumbre permanente sobre el futuro del barrio.

“Si alguien se enferma cuando el río crece, ¿cómo sale? Eso es lo que más miedo da.”
(Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

“Pero por esto de las inundaciones, que es una situación que nos ha afectado…es una incertidumbre, un miedo que tenemos siempre cada vez que llueve.”
Rosa Duarte (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

Esto no es solo un problema de infraestructura. Es una limitación real al derecho a vivir con seguridad, movilidad y tranquilidad.

La amenaza no es solo el río

Con frecuencia, las inundaciones se explican únicamente por la cercanía con el río. Sin embargo, los testimonios muestran que la amenaza se vuelve más grave cuando las instituciones no actúan.

Las personas señalan que cuando llegaron al barrio no sabían que el problema era tan serio. Con los años han visto cómo la situación no mejora, cómo se siguen tomando decisiones sin considerar a la comunidad y cómo la respuesta institucional se reduce a excusas o silencios.

“Todo está abandonado, no se ha hecho nada y lo que se hace es como más bien tratar de tapar la luna con un dedo.” Rosa Duarte (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

La amenaza, entonces, deja de ser solo natural y se convierte en una amenaza social: la sensación de que el problema existe, pero nadie lo asume como una prioridad.

Leer Calle Álvarez desde la gestión del riesgo

La situación que vive la comunidad también puede entenderse desde los enfoques actuales de gestión del riesgo, que plantean algo clave: los desastres no se explican solo por fenómenos naturales, sino por las condiciones de vulnerabilidad que se van acumulando en el tiempo.

Desde esta perspectiva, lo que ocurre en Calle Álvarez no es únicamente el efecto de las crecidas del río, sino el resultado de varios factores:

-falta de inversión en infraestructura básica,
-ausencia de planificación territorial coherente,
-decisiones que permiten construir en zonas vulnerables,
-y falta de estudios técnicos claros que orienten las decisiones públicas.

Esto significa que el riesgo no nace solo del territorio; también se produce en la forma en que se toman —o se evitan— ciertas decisiones institucionales.

La comunidad no es solo víctima

Otro elemento fundamental de los enfoques contemporáneos de gestión del riesgo es reconocer que las comunidades no son únicamente “víctimas”, sino actores con conocimiento y capacidad para comprender su territorio y proponer soluciones.

Los testimonios recogidos en Calle Álvarez muestran precisamente eso. Las personas no solo describen los problemas; también plantean preguntas clave: dónde están los estudios técnicos, por qué se aplican criterios distintos en barrios cercanos y por qué una comunidad ubicada a pocos metros del centro del cantón sigue enfrentando condiciones de vulnerabilidad.

Pero además, los testimonios muestran algo todavía más importante: la comunidad no enfrenta la situación sola. Las personas se apoyan entre sí, se avisan cuando el río empieza a crecer, ayudan a quienes tienen más dificultades para movilizarse y se organizan para enfrentar las situaciones más difíciles.

“Aquí cuando pasa algo, los vecinos son los primeros que ayudan.”
Alexander Romero (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

“Uno no está solo. Siempre hay alguien que avisa, alguien que ayuda, alguien que está pendiente.”
Yadir  Cruz (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

Este apoyo mutuo no aparece en los discursos institucionales, pero es lo que permite que muchas personas puedan enfrentar la situación cada vez que el río crece.

“Si no fuera por los vecinos, esto sería todavía más difícil.”
Pedro Martínez (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

Esto cambia completamente la forma de entender lo que ocurre en Calle Álvarez. Las personas no solo se reconocen como afectadas; también han construido formas de organización cotidiana para protegerse y cuidarse mutuamente.

“Necesitamos que nos arreglen las condiciones, y lo único que nosotros pedimos es que nos arreglen la calle, que nos hagan bien el zanjo, ojalá con cunetas, y que se acuerden de nosotros que existimos acá.”
Anayanci Jirón (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

Estas preguntas y estas formas de colaboración muestran algo fundamental: la comunidad no está esperando pasivamente una solución. Está defendiendo su territorio y sosteniendo, desde la práctica, la posibilidad de una vida digna.

Cuando la vulnerabilidad se siente en el cuerpo

En Calle Álvarez, la desigualdad no es un concepto abstracto. Se siente en la vida cotidiana.

-Se siente en la preocupación cuando empieza a llover.
-Se siente en la incertidumbre sobre el futuro del barrio.
-Se siente en la frustración de ver que pasan los años sin soluciones reales.

“Uno solo quiere vivir tranquilo.”
Jessica Martínez (Testimonio de persona vecina de Calle Álvarez)

La vulnerabilidad no es solo un riesgo físico. Es una forma de vivir marcada por la inseguridad y la sensación de que la comunidad no está siendo escuchada.

El derecho a la vida digna no puede depender de la lluvia

Lo que ocurre en Calle Álvarez no debería ser normal. No debería ser normal que una comunidad quede aislada cada vez que llueve. No debería ser normal que una emergencia médica dependa de si el río crece o no. No debería ser normal que las personas vivan con miedo cada temporada de lluvias.

El derecho a una vida digna no se limita al acceso a vivienda. También implica condiciones básicas de seguridad, movilidad, acceso a servicios y reconocimiento por parte de las instituciones públicas.

Cuando una comunidad vive bajo amenaza permanente, cuando las decisiones públicas aumentan la vulnerabilidad en lugar de reducirla, cuando el abandono institucional se vuelve parte del paisaje, lo que está en juego no es solo una calle ni un barrio: es el derecho de las personas a vivir con dignidad.

Por eso este caso importa. Porque no habla solo de Calle Álvarez. Habla de cómo se toman las decisiones sobre el territorio, de quién es escuchado y de quién queda esperando respuestas que nunca llegan.

Y también recuerda algo fundamental: la vida digna no debería ser una aspiración; debería ser un derecho garantizado para todas las comunidades.

Referencias:

Observatorio de Bienes Comunes UCR (2026), Vivir entre inundaciones y excusas: testimonios desde Calle Álvarez, video publicado en YouTube.

Paradigmas ante situaciones de emergencia. Material de divulgación elaborado a partir de la sistematización de experiencias de atención a la emergencia y reconstrucción después del huracán Mitch en Centroamérica (Lent, García, Gómez-Hermosillo y Jara, Red de Educación Popular Alforja, 1999; actualización de Oscar Jara, 2010).

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Vivir entre inundaciones y excusas: testimonios desde Calle Álvarez

Compartimos este video como parte del seguimiento que realiza el Observatorio de Bienes Comunes al caso de Calle Álvarez, en San Rafael de Guatuso. A través de testimonios de vecinos y vecinas, el material muestra cómo el aislamiento que vive la comunidad cada vez que el río crece no es solo un problema natural, sino el resultado de decisiones públicas y de años de falta de inversión en infraestructura básica.

Las voces que aparecen en el video plantean preguntas que siguen sin respuesta: por qué se aplican criterios distintos en barrios cercanos, dónde están los estudios técnicos que deberían orientar las decisiones y por qué una comunidad ubicada a pocos metros del centro del cantón continúa enfrentando condiciones de vulnerabilidad.

Este material forma parte del trabajo de documentación y acompañamiento territorial del Observatorio, y se comparte también en memoria de Don Joaquín Cruz Jirón, vecino de Calle Álvarez.

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Entre el río y el cuido mutuo: una comunidad que no se deja sola

El pasado sábado 21 de febrero visitamos esta comunidad y conversamos con Pedro Martínez de Calle Alvarez, con el propósito de conocer de primera mano las vivencias cotidianas que enfrentan ante el abandono en el mejoramiento de sus condiciones de vida. Entre las principales preocupaciones se encuentra la situación del camino: aunque la comunidad se ubica a menos de 300 metros del centro, esta vía constituye la única salida pública y se vuelve intransitable cuando el río crece, provocando inundaciones que incomunican a las familias. Esta condición afecta de manera especial a las personas adultas mayores y no es un hecho aislado ni reciente, sino una problemática persistente que evidencia la urgencia de abordar el territorio desde una perspectiva integral de gestión del riesgo.

Primeras impresiones del territorio y la vida comunitaria

El recorrido permitió reconocer una comunidad que, pese a las dificultades, ha sabido construir fuertes redes de apoyo. Más allá de las carencias materiales, se trata de un espacio de cuido mutuo, donde las personas se miran entre sí, conversan, se acompañan y expresan con cariño que es un lugar tranquilo, en el que se sienten bien. En momentos de llenas, la preocupación no se limita a la propia vivienda: las vecinas y vecinos están atentos a lo que ocurre en la casa contigua, corren a ayudarse y activan prácticas solidarias que sostienen la vida colectiva incluso en contextos de emergencia.

De la emergencia a la organización comunitaria

En este proceso, la comunidad ha venido dando un paso importante: pasar del cuido y la atención en la emergencia a la búsqueda activa de visibilización de su situación. Desde hace aproximadamente un año, vecinas y vecinos han iniciado esfuerzos de organización comunitaria orientados a incidir públicamente, gestionar espacios de participación y abrir canales de diálogo que les permitan transformar y mejorar sus condiciones de vida. Este tránsito expresa una decisión colectiva de no permanecer únicamente en el lugar de la vulnerabilidad o la espera, sino de asumirse como protagonistas de su propio desarrollo, con voz, propuesta y capacidad de incidencia sobre el territorio que habitan.

Construir vida digna desde el territorio

Las acciones comunitarias que emergen en este territorio no se limitan a responder a la emergencia, sino que expresan una apuesta cotidiana por la construcción de una vida digna. El cuido mutuo, la preocupación compartida por las personas adultas mayores, la disposición a acompañarse en momentos de dificultad y la decisión de organizarse para incidir reflejan una forma de habitar el territorio donde la vida se coloca en el centro. Estas prácticas muestran que la dignidad no se reduce a condiciones materiales, sino que también se construye a partir de relaciones de solidaridad, reconocimiento y responsabilidad colectiva frente a los riesgos que amenazan la vida común.

Gestión del riesgo: entre la experiencia comunitaria y la responsabilidad institucional

Esta experiencia pone en evidencia una disyuntiva central en las prácticas de gestión del riesgo. Por un lado, las respuestas comunitarias surgen desde el conocimiento del territorio y de las relaciones cotidianas, dando lugar a esquemas de atención construidos entre vecinas y vecinos para enfrentar la vulnerabilidad. Estas prácticas, basadas en la solidaridad y el cuido mutuo, han permitido responder de manera inmediata a situaciones que se repiten en el tiempo y que forman parte de la experiencia vivida de la comunidad.

Por otro lado, esta misma capacidad organizativa es también un llamado de atención a las instituciones. La gestión del riesgo no puede descansar únicamente en el esfuerzo comunitario ni en la buena voluntad de quienes habitan el territorio. Estas prácticas requieren ser reconocidas, fortalecidas y complementadas por enfoques institucionales que asuman su responsabilidad, garanticen la inversión necesaria y aseguren mejores condiciones de infraestructura. Solo así será posible reducir la vulnerabilidad sin desgastar los tejidos comunitarios que, día a día, sostienen el cuido de la vida.

¿Por qué hablar de esto?

La intención de estos espacios de intercambio no es acarrear responsabilidades individuales ni señalar a una institución en particular. Más bien, busca evidenciar cómo una lógica institucional acumulada a lo largo de los años ha ido produciendo espacios de abandono que, aun cuando existen personas interesadas en incidir y transformar estas condiciones, no siempre logra reconocer ni responder a las realidades concretas de las comunidades. Estos encuentros aspiran a abrir un diálogo necesario para repensar las formas de gestión, desde el reconocimiento de la experiencia territorial y el compromiso con el cuido de la vida.

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Cuando el río habla más fuerte que las carrozas: del lema a la acción en el Río Frío

Este texto es un aporte del Grupo Defensa de la Cuenca Río Frío – Caño Negro para invitar a la reflexión sobre la distancia que existe entre las buenas intenciones y las palabras frente a las acciones en territorios donde el extractivismo avanza y se intenta ocultar los daños que se producen.

El sábado 6 de diciembre, Guatuso se llenó de luces, música y celebración durante el Festival de la Luz. Entre las carrozas que recorrieron el centro del cantón, una llamó especialmente la atención: la de la ASADA de San Rafael, que llevaba el mensaje “El agua nace en la naturaleza, cuidemos sus raíces”.

Un lema necesario, inspirador y absolutamente cierto. Pero también un llamado que, en el contexto actual del Río Frío, exige algo más que aplausos y fotografías: exige coherencia.

Mientras las carrozas desfilaban, el Río Frío —uno de los afluentes vitales para la región— continúa enfrentando un proceso acelerado de deterioro. La pérdida de piedras en su cauce, la erosión, la desaparición de pozas y los impactos de la extracción de materiales muestran un panorama que contrasta con la imagen festiva. Aparte de la erosión, gran parte del río donde antes se podía acceder fácilmente por pequeñas rampas hoy presenta paredes de entre 7 y 8 metros. Esto preocupa profundamente a los vecinos que protegen el río, sobre todo porque la extracción actual se realiza a apenas un kilómetro del Parque Nacional.

La comunidad se pregunta con indignación: ¿dónde está la gran estima al Río Frío que el cantón celebra en su himno, en festividades y en nombres de salones, restaurantes y comercios? La ASADA cuenta con un salón de reuniones llamado Río Frío y un letrero frente al Banco Nacional que lo identifica, mientras restaurantes y comercios llevan su nombre como orgullo del pueblo. Sin embargo, frente a la realidad del cauce, estos símbolos parecen decorativos: un enorme muro intenta contener la furia del río cuando crece, mientras los daños se acumulan silenciosamente. Además, el río forma parte de un corredor biológico, la ruta de los Maleku, lo que suma valor ecológico a esta historia de degradación.

La mirada comunitaria es clara y profunda: el Río Frío, que alimentó familias, fue ruta de transporte y espacio de recreación, está siendo matado por la mano del hombre, la avaricia y la falta de conciencia ambiental. Durante casi 40 años, tanto la cuenca alta como la baja han sufrido extracción, dragado, pérdida de lagunas y humedales para dar paso a pastizales y cultivos de tubérculos. A pesar de ello, los grandes empresarios turísticos en las partes bajas aún explotan el río para turismo de lanchas, ignorando que su caudal está compuesto por nueve afluentes —Frío, Quéquer, Cote, Venado, Muerto, Samen, Treminio, Celeste, Quebradón, Pejibaye, Cucaracha y Venado— y que la sedimentación ha reducido drásticamente su flujo.

Los vecinos, con la ayuda de Kioscos Socioambientales de la UCR y redes sociales, saben que el río está en estado crítico, como si tuviera “metástasis” o se encontrara en etapa terminal. Ni todo el dinero del mundo, ni las instituciones que se presentan como protectoras del ambiente, pueden devolverlo a su estado original según la evidencia que arroja la Contraloría Ambiental. El daño al pueblo de Maquengal y sus alrededores es irreparable, y la tristeza y desaliento de ver cómo se pierde un río que los vio nacer es profundo y compartido.

¿Por qué tanto lema hacia el río, pero tan poca acción real para defenderlo?

El monitoreo comunitario confirma que el Río Frío está perdiendo su capacidad natural de autorregularse y su equilibrio ecológico. En los tramos intervenidos, la remoción de piedras ha provocado cambios profundos: el cauce se vuelve más angosto y, aunque transporta menos agua, las riberas se han hecho mucho más profundas, formando paredones de hasta 8 metros donde antes había rampas naturales. Este estrechamiento, sumado a la pérdida de estructura en el fondo del río, ha generado corrientes más fuertes y peligrosas, aumentando el riesgo de desbordes y representando una amenaza directa para Guatuso centro, especialmente en época lluviosa.

Allí donde la comunidad ha resistido la venta de terrenos o la entrada de maquinaria, el río se mantiene vivo; donde no, el daño es evidente. Muchos habitantes expresan una mezcla de desesperanza y falsa tranquilidad, como si el río fuera indestructible. Pero el deterioro observado demuestra lo contrario: el Río Frío sí puede desaparecer tal como lo conocimos.

El mensaje de la carroza —aunque valioso— debe convertirse en un punto de partida, no en un cierre decorativo. Guatuso necesita que sus instituciones, organizaciones y ASADAS asuman un rol activo y coherente en la defensa del Río Frío, promoviendo transparencia, vigilancia y una gestión responsable del agua como bien común. En un tiempo donde los lemas se iluminan en las calles, el desafío es lograr que también iluminen las decisiones.

Lo que el Festival no mostró, el río sí

La distancia entre los mensajes festivos y la realidad que vive el Río Frío nos recuerda por qué el monitoreo comunitario es tan necesario. Mientras los lemas invitan a cuidar el agua, el cauce muestra otra historia: desgaste, silencios institucionales y procesos extractivos que avanzan más rápido que la protección.

Hallazgos principales del monitoreo comunitario:

  • Desaparición progresiva de piedras en el cauce: las piedras grandes, medianas y pequeñas han disminuido significativamente en las partes bajas, mientras que en las zonas altas —donde la comunidad no ha permitido maquinaria ni venta de terrenos— aún se conservan.
  • Alteración profunda del cauce y debilitamiento del río: el cauce se ha desplazado hasta 80 metros y el fondo se ha llenado de material suelto, impidiendo la formación de pozas y remolinos.
  • Erosión acelerada y pérdida de estabilidad en las orillas: paredes de hasta 8 metros, suelos expuestos y vegetación ribereña en decadencia, afectando la seguridad de la comunidad.
  • Desaparición de pozas tradicionales y afectación a la vida silvestre: pozas como la Poza del Remolino han desaparecido o cambiado de lugar; la fauna acuática se desplaza hacia las partes altas, señal de un desequilibrio creciente.
  • Pérdida del espacio público y del paisaje comunitario: limita recreación, turismo local y convivencia.
  • Incongruencias con los informes técnicos: el Estudio de Impacto Ambiental de Maquengal minimiza los impactos, mientras la observación comunitaria evidencia daños acumulativos y sostenidos.
  • Fortaleza de la memoria y la observación comunitaria: la comunidad conserva la memoria de un río fuerte, sonoro y lleno de vida; su conocimiento es indispensable para la gestión de los bienes comunes.
  • Una historia de abandono y explotación sostenida: los vecinos recuerdan que durante casi 40 años, la cuenca alta y baja ha sufrido extracción, dragado, pérdida de lagunas y humedales para pastizales y cultivos de tubérculos. La institucionalidad, los concesionarios turísticos y la propia comunidad han visto cómo se degrada un río que alimentó familias, sirvió de transporte y fue espacio de recreación. Hoy, muchos temen que el Río Frío se encuentre en etapa terminal, víctima de la avaricia y la falta de conciencia ambiental.

Esta historia es larga, triste y educativa: un río que durante décadas alimentó familias, sirvió de ruta y espacio de encuentro, hoy nos recuerda que los lemas no bastan. Para el Río Frío, la coherencia, la vigilancia y la acción real son urgentes.

Grupo Defensa de la Cuenca Río Frío – Caño Negro

Diciembre, 2025

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¿Vale la pena defender el Río Frío? El Río Frío habla a través de su gente

Este video recoge las voces de vecinas y vecinos de Maquengal (Guatuso), quienes denuncian la devastación causada por la minería no metálica: pérdida de acceso al río, afectaciones en la ganadería, el turismo y un abandono institucional que profundiza la crisis.

La comunidad recuerda cómo el 2 de agosto se organizó para firmar una denuncia pública que respalda esta lucha. Lo que les sostiene es claro: la fuerza de la organización, la defensa del territorio y la convicción de que solo con incidencia política su voz será escuchada.

El Grupo de Defensa de la Cuenca del Río Frío – Caño Negro insiste: proteger el río es proteger la vida, la cultura y el futuro.

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Defensa de la Cuenca del Río Frío denuncia ante el MINAE la extracción minera en Guatuso con más de 150 firmas ciudadanas

El movimiento socioambiental Defensa de la Cuenca del Río Frío, junto a más de 150 personas del pueblo de Maquencal y comunidades aledañas en Guatuso de Alajuela, entregaron este viernes un documento de denuncia ciudadana al ministro de Ambiente y Energía, Franz Tattenbach Capra. La acción busca detener el deterioro del ecosistema del río Frío frente a décadas de extracción minera no metálica en su cauce.

En el documento entregado y respaldado por más de 150 firmas, las comunidades denuncian la “extracción irracional” de material minero no metálico en el Río Frío, la cual se ha extendido por más de tres décadas, con registros de concesiones desde 1991. Según expresaron, este modelo extractivo ha significado un “consumo excesivo en el tiempo, una extracción desmedida y una degradación absoluta del ecosistema”.

La denuncia se fundamenta en el artículo 50 de la Constitución Política de Costa Rica, que reconoce el derecho de toda persona a un ambiente sano y ecológicamente equilibrado. En ese sentido, el movimiento solicita al Ministerio de Ambiente y Energía (MINAE) que no se otorguen más concesiones sobre el Río Frío y que se realicen estudios técnico-científicos rigurosos para determinar el verdadero impacto ambiental de las actividades mineras en la cuenca.

El movimiento Defensa de la Cuenca del Río Frío insiste en que esta lucha no se trata solo de preservar el río, sino también de garantizar la calidad de vida de las generaciones presentes y futuras. Al respecto, recordaron el Principio 3 de la Declaración de Río de 1992: “El derecho al desarrollo debe ejercerse en forma tal que responda equitativamente a las necesidades del desarrollo y ambiente de las generaciones presentes y futuras”.

Con esta acción y el respaldo ciudadano expresado en las firmas, las comunidades esperan que el MINAE escuche la voz colectiva y actúe en defensa del interés público, priorizando el derecho a un ambiente sano sobre los intereses extractivos que han puesto en riesgo la vida del Río Frío y de quienes dependen de él.

Pueden ver la denuncia ciudadana aquí.

Por motivos de privacidad, no se publican en esta nota las firmas ni los números de cédula de las personas firmantes.

Un ejemplo del impacto: antes
Ahora
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Una nutria, un paredón y una advertencia: la vida silvestre también sufre el extractivismo en Maquengal

Un video grabado recientemente por personas vecinas de Maquengal muestra una escena que, aunque breve, es profundamente reveladora: una nutria intenta subir por el paredón que ha dejado la maquinaria de extracción en el cauce del Río Frío. Resbala, insiste, se esfuerza… pero lo que antes era un flujo natural de agua, hoy es una barrera hostil y artificial.

Este fragmento de vida salvaje interrumpida no es una anécdota menor. Es el reflejo de una transformación más amplia, más silenciosa y más dañina de lo que muchos imaginan.

El río transformado: del hábitat al obstáculo

La minería no metálica en cauces de ríos, como la que se ha autorizado recientemente en Maquengal, no solo extrae piedras y arena. También rompe la continuidad ecológica del río, altera su cauce natural, provoca la sedimentación excesiva, modifica los flujos de agua y cambia la estructura de los márgenes. Estas transformaciones afectan directamente a la flora y fauna que depende del río para vivir.

Las nutrias, por ejemplo, necesitan cuerpos de agua limpios, con acceso libre a ambas orillas y abundante alimento. Son especies indicadoras del estado de salud de los ríos. Cuando tienen dificultades para desplazarse o desaparecen, es señal de que algo grave está ocurriendo en el ecosistema.

El extractivismo no distingue entre seres humanos y no humanos

Lo que sucede en Maquengal no es solo un conflicto entre una empresa concesionaria y una comunidad afectada. También es una lucha por la defensa de las múltiples formas de vida que habitan el territorio.

Los paredones y cortes abruptos que deja la maquinaria interrumpen los corredores biológicos, destruyen madrigueras, contaminan el agua con sedimentos y reducen la disponibilidad de alimento. Las aves acuáticas pierden sus zonas de anidación. Los peces enfrentan cambios en la temperatura y el oxígeno del agua. Los anfibios y reptiles ven alteradas sus zonas húmedas.

En otras palabras: el modelo extractivo erosiona los cimientos mismos de la vida.

Ver para no olvidar: el video que lo dice todo

No hay voz en off. No hay grandes discursos. Solo una nutria intentando volver al río.

El trabajo minero comenzó el jueves 31 de julio, y tan solo cuatro días después, se grabó a la nutria tratando de resistir la invasión de su hábitat. La rapidez con que el impacto se hizo visible da cuenta de la gravedad del daño ambiental que provocan estas actividades.

“Están matando el Río Frío” – Testimonio de Carlos Calderón, vecino de Treminio  (La Amapola)

En medio del dolor y la indignación, Carlos Calderón comparte su testimonio sobre lo que ha significado para la comunidad la presencia de maquinaria extractiva en el cauce del Río Frío. Su voz recuerda los días en que las nutrias eran parte del paisaje cotidiano, cuando se las veía nadar, cazar y convivir cerca del puente de La Amapola. Hoy, tras el avance de la minería no metálica, esas escenas han desaparecido.

“Les quitaron su hábitat… y su fuente de alimentación”, lamenta.

Su testimonio es más que una denuncia: es un llamado urgente a detener la destrucción de la vida silvestre y a defender el río como bien común. No solo se está perdiendo biodiversidad, también se están arrebatando los vínculos afectivos, culturales y comunitarios que unen a las personas con su entorno natural.

Escuchá el testimonio completo y sumate a la defensa del Río Frío.

Defender el río es defender toda forma de vida

El caso de Maquengal es un llamado urgente a replantear las formas en que se autorizan y ejecutan los proyectos extractivos en los ríos de Costa Rica. No se trata únicamente de derechos humanos, acceso al agua o participación ciudadana. También se trata del derecho de la naturaleza a seguir existiendo.

Cada paredón que levanta la draga es un muro contra la vida.