En la manifestación del 3 de septiembre, las voces que se encontraron frente a la CCSS hablaron de deudas, autonomía, privatización y decisiones políticas. Pero, por encima de todo, hablaron de algo más elemental: de la vida que la seguridad social sostiene y del cuidado como responsabilidad colectiva.
Antes de leer, escuchemos
Antes de entrar en esta reflexión, queremos invitarle a hacer algo sencillo: escuchar.
Escuchar las voces que se encontraron en la calle el 3 de septiembre. Escuchar sus historias, sus preocupaciones y sus llamados. Escuchar también la música, las consignas, la cimarrona, las risas y ese humor que aparece incluso cuando lo que está en juego se siente tan serio.
Porque una protesta no es solamente indignación.
También es encuentro. Es la posibilidad de reconocerse en otras personas, de compartir una preocupación y convertirla en palabra, canto, consigna o celebración. En medio de las amenazas que las personas participantes identifican sobre la seguridad social, aparecen también la alegría de estar juntas, la esperanza de que todavía es posible defender lo común y la convicción de que la vida merece ser cuidada colectivamente.
Por eso este audio no es solamente un registro de una manifestación. Es también un pequeño paisaje sonoro de una protesta: las voces que reclaman, las voces que recuerdan, las voces que agradecen, las voces que se indignan y las voces que se ríen mientras siguen resistiendo.
Hay humor frente al poder. Hay música en medio del conflicto. Hay personas que llegan desde sus lugares de trabajo, estudiantes, trabajadores, pacientes, comunidades y organizaciones que se encuentran alrededor de una preocupación compartida.
Y quizás ahí haya algo importante que escuchar. La defensa de la vida no siempre tiene el rostro de la solemnidad. A veces también canta, baila, se ríe y hace bromas.
Así que, antes de seguir leyendo, les invitamos a darle unos minutos al audio.
Escuchemos primero. Después podemos preguntarnos qué hay detrás de esas voces. Porque cuando escuchamos con atención, descubrimos que no solamente están diciendo “la Caja se defiende”.
Están hablando de aquello que hace que una sociedad pueda cuidar de quienes la conforman.
Están hablando de la vida.
Hay momentos en que una institución deja de ser solamente una institución.
Se vuelve una historia familiar. Un hospital al que alguien llegó de madrugada. Una cirugía que salió bien. Un tratamiento que pudo recibirse a tiempo. Una persona que nació. Otra que pudo seguir viviendo.
Eso es lo que aparece una y otra vez en las voces recogidas durante la manifestación del 3 de septiembre en defensa de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS).
Entre consignas, música, discursos y llamados a ocupar la calle, emerge una pregunta que va mucho más allá de la coyuntura: ¿qué estamos defendiendo cuando defendemos la seguridad social?
Una de las voces lo cuenta desde una experiencia íntima. Su hermana había entrado a un quirófano y, horas después, le pidió que llevara un mensaje a la manifestación: estaba viva gracias a la atención recibida en un hospital de la Caja. En esa historia aparece una dimensión difícil de reducir a cifras: la seguridad social puede ser, literalmente, la diferencia entre la vida y la muerte.
Otra voz, desde el trabajo cotidiano de la salud, lo plantea de otra manera. Una médica especialista recuerda que defender la Caja también significa permanecer en los hospitales, atender a cada paciente y sostener la calidad de la atención. La defensa de la institución no ocurre únicamente en las calles: también sucede cada día en los lugares donde se cuida, se diagnostica, se acompaña y se intenta sanar.
Ahí aparece uno de los hilos más fuertes de esta protesta: la Caja es pensada como una institución del cuidado.
No como una empresa más. No solamente como un sistema que presta servicios. En una de las intervenciones se la nombra como una institución solidaria y como una columna vertebral de la paz social del país.
Y quizá ahí esté una de las claves para escuchar lo que ocurre en la calle.
Una defensa que comienza antes de que podamos hablar
La seguridad social aparece en los relatos como algo que acompaña la vida entera.
Una persona recuerda que todos hemos nacido en hospitales de la Caja. Otra habla de quienes necesitan sus servicios para enfrentar enfermedades y operaciones que sus ingresos jamás podrían pagar. Una joven recuerda que ella misma vino al mundo gracias a la institución.
La Caja aparece así como una infraestructura que sostiene la vida incluso antes de que podamos reconocerla como tal.
Está allí cuando nacemos, cuando enfermamos, cuando necesitamos una cirugía, cuando una familia atraviesa una emergencia. Está allí también para quienes no podrían convertir una enfermedad en una cuenta que pagar.
Por eso, cuando las personas en la calle dicen que la Caja “es de todos”, no están hablando únicamente de propiedad institucional. Están hablando de interdependencia.
Dependemos de otras personas para sostener nuestra vida. Y una sociedad decide organizar parte de esa dependencia mediante instituciones comunes.
La seguridad social es, en ese sentido, una manera concreta de decir que la salud de una persona no debería depender exclusivamente de su capacidad individual de pago.
El cuidado frente a la lógica de la mercancía
Varias de las voces expresan una preocupación por la posibilidad de que la salud termine siendo tratada cada vez más como una mercancía.
La amenaza que se nombra es la privatización, pero detrás de esa palabra aparece una preocupación más profunda: ¿qué sucede cuando aquello que necesitamos para vivir comienza a organizarse principalmente según la capacidad de pago?
Una de las intervenciones lo expresa de manera directa al recordar que existen lugares donde las personas pueden quedar fuera de la atención porque no tienen dinero para pagarla. En contraste, reivindica la existencia de una institución capaz de financiar tratamientos y operaciones que resultarían inaccesibles para buena parte de la población.
La discusión, entonces, no es únicamente sobre quién administra hospitales o cuánto cuesta determinado servicio. Es también una discusión sobre qué consideramos un derecho y qué estamos dispuestos a convertir en negocio.
Las amenazas que aparecen en las voces
La protesta no se construye solamente desde una defensa nostálgica de lo que existe. Las personas señalan problemas y amenazas concretas.
Una de las principales preocupaciones es el dinero que el Estado adeuda a la Caja y el impacto que ese financiamiento insuficiente tiene sobre su capacidad de responder a las necesidades de la población. Otra preocupación recurrente es la autonomía institucional y la intervención política en las decisiones de la CCSS.
También aparece el temor frente a la privatización y la tercerización, así como la preocupación por el debilitamiento de capacidades institucionales, por la disponibilidad de infraestructura, equipos y personal y por las decisiones que puedan afectar el funcionamiento de la institución.
Y hay una preocupación que atraviesa varias intervenciones: qué ocurre con la democracia cuando las instituciones públicas y sus mecanismos de autonomía y control son debilitados.
Por eso algunas voces no hablan únicamente de salud. Hablan también de división de poderes, de legalidad, de autonomía y de la posibilidad de que la ciudadanía pueda exigir cuentas a quienes gobiernan.
La defensa de la Caja aparece así conectada con una pregunta mayor: ¿qué instituciones necesitamos para cuidar la vida y qué condiciones democráticas necesitamos para proteger esas instituciones?
Una herencia que no se guarda en una vitrina
Hay otra palabra que aparece en la protesta y que vale la pena detenerse a escuchar: herencia.
Una de las participantes dice que la Caja es una herencia de Costa Rica y que, como toda herencia, tiene que ser cuidada.
Pero una herencia no es solamente algo que recibimos. También es algo que dejamos.
Por eso la pregunta no debería ser únicamente qué hemos recibido de la seguridad social, sino qué estamos haciendo hoy para que otras personas puedan recibirla mañana.
En la manifestación aparecen jóvenes, estudiantes, personas trabajadoras, organizaciones sindicales, comunidades y personas usuarias de los servicios de salud. Una de las voces jóvenes lo expresa justamente como una responsabilidad con quienes vienen: defender la Caja es también defender las posibilidades de futuro de hijos, padres y nuevas generaciones.
La herencia, entonces, deja de ser una mirada hacia el pasado.
Se convierte en una responsabilidad con el futuro.
Cuidar lo común
Quizá por eso la palabra que mejor atraviesa este conjunto de voces no sea “defensa”.
Sea cuidado.
-Cuidar la salud de quien no conocemos.
-Cuidar una institución que puede necesitarnos hoy, aunque ayer no la necesitáramos.
-Cuidar los recursos que hacen posible que un hospital funcione.
-Cuidar a quienes trabajan en ellos.
-Cuidar la autonomía de las instituciones públicas.
-Cuidar también las reglas democráticas que permiten exigir responsabilidades.
-Y cuidar aquello que una sociedad decidió construir colectivamente para que la enfermedad, el accidente o el nacimiento no se conviertan automáticamente en una condena económica.
En la calle, entre una consigna y una cimarrona, eso es lo que parecen estar diciendo muchas de estas voces: la seguridad social no se defiende solamente porque sea una institución histórica. Se defiende porque expresa una decisión colectiva sobre cómo queremos vivir juntos.
-Una decisión que coloca la vida antes que la capacidad de pago.
-Una decisión que reconoce que necesitamos de otras personas.
-Una decisión que convierte la solidaridad en una política pública.
La pregunta que queda abierta
Las voces del 3 de septiembre no son uniformes. Hay enojo, indignación, memoria, humor, preocupación y también alegría. Hay críticas al gobierno, llamados a la movilización y distintas interpretaciones sobre las amenazas que enfrenta la Caja.
Pero en medio de esa diversidad aparece algo común. Una y otra vez, las personas hablan de quienes nacieron, quienes fueron atendidos, quienes sobrevivieron, quienes necesitan un tratamiento, quienes trabajan en los hospitales y quienes todavía no han necesitado la Caja pero saben que algún día podrían hacerlo. Hablan, en definitiva, de la vida.
Y quizá por eso defender la seguridad social nos obliga a hacernos una pregunta que va más allá del 3 de septiembre:
¿Qué tipo de sociedad queremos construir cuando llegue el momento en que cualquiera de nosotros necesite que alguien nos cuide?
Porque una sociedad solidaria no se mide solamente por lo que puede comprar cada persona por separado. También se mide por aquello que somos capaces de garantizar colectivamente. La Caja, en ese sentido, no es solamente un lugar al que vamos cuando enfermamos. Es una forma de decir que la vida de las otras personas también nos importa.
Porque protestar no significa dejar de reír
Y en medio de la indignación también hubo espacio para reír, jugar y crear. Porque la protesta social no solo se expresa en discursos y consignas: también se construye desde el humor, la sátira, la música y la imaginación popular.
Este video recoge precisamente ese otro rostro de la movilización: la capacidad de convertir la calle en un espacio de encuentro, de crítica y también de alegría. Una forma de decir que defender lo público también puede hacerse con creatividad, con irreverencia y con una sonrisa.
Porque hasta para protestar, el pueblo sabe inventarse sus propias formas de decir: aquí estamos y aquí seguimos.









