Miners affiliated with the Central Obrera Boliviana (COB) and social organizations take part in a protest march called "Bolivia Is Not for Sale" against Decree 5503 and rising diesel and gasoline prices, as they aim to reach the city of La Paz on Monday, in Calamarca, on the outskirts of El Alto, Bolivia, January 3, 2026. REUTERS/Claudia Morales

Cuando la multitud cambia de nombre: Democracia, protesta y doble rasero en la política exterior estadounidense

Hace apenas unas semanas, el subsecretario de Estado de Estados Unidos, Christopher Landau, afirmó que las movilizaciones contra el gobierno boliviano de Rodrigo Paz constituían un “golpe de Estado en desarrollo” financiado por una alianza entre actores políticos y el crimen organizado. La declaración fue posteriormente reforzada por el secretario de Estado Marco Rubio y por el secretario de Defensa Pete Hegseth, quienes insistieron en presentar las protestas como una amenaza contra un gobierno democráticamente electo y como un intento de restaurar viejas estructuras vinculadas al narcotráfico.

Las palabras utilizadas no son menores. En un contexto regional atravesado por profundas tensiones sociales, crisis económicas, conflictos territoriales y procesos de polarización política, definir una movilización como protesta, insurrección, golpe de Estado o amenaza terrorista implica mucho más que una descripción de los hechos. Significa establecer un marco de interpretación que condiciona las respuestas posibles, delimita los márgenes de legitimidad y determina quiénes pueden ser reconocidos como actores políticos y quiénes pasan a ser tratados como enemigos.

Por ello, más allá de la situación específica que atraviesa Bolivia, las declaraciones de los funcionarios estadounidenses abren una discusión más amplia sobre la relación entre democracia, seguridad y poder. Una discusión particularmente relevante cuando se observa que muchos de los sectores políticos que hoy califican las protestas bolivianas como una amenaza para el orden democrático sostuvieron interpretaciones muy distintas frente a uno de los episodios más significativos de la historia política reciente de Estados Unidos: la toma del Capitolio del 6 de enero de 2021.

La disputa por el significado de la multitud

El asalto al Capitolio constituyó un hecho extraordinario. Miles de personas ingresaron por la fuerza al principal símbolo institucional de la democracia estadounidense con el propósito de impedir la certificación de los resultados electorales que darían la victoria a Joe Biden. Hubo enfrentamientos con la policía, ocupación de edificios públicos, amenazas a funcionarios y una interrupción temporal del proceso constitucional.

Sin embargo, lo que resulta especialmente interesante para el análisis político no es únicamente lo ocurrido aquel día, sino la disputa posterior por su significado.

Mientras amplios sectores lo describieron como un intento de insurrección o un ataque contra el orden democrático, buena parte del universo político vinculado al trumpismo impulsó una narrativa distinta. Los participantes fueron presentados como patriotas, ciudadanos preocupados por el futuro del país o víctimas de persecución política. La ocupación violenta de una institución estatal dejó de interpretarse como una amenaza a la democracia y pasó a ser leída, por determinados sectores, como una forma legítima de defenderla.

La pregunta que emerge entonces es incómoda, pero necesaria: ¿qué diferencia una protesta de una insurrección? ¿Qué convierte una movilización en una amenaza contra el orden democrático? ¿Dónde termina el derecho a la resistencia y dónde comienza el intento de subvertir las instituciones?

Las respuestas parecen variar considerablemente según quién protagonice la acción, cuáles intereses estén en juego y desde qué posición de poder se construya el relato dominante.

La geopolítica de la legitimidad

Las declaraciones de Landau, Rubio y Hegseth no pueden interpretarse únicamente como posicionamientos coyunturales frente a la crisis boliviana. Más bien forman parte de una arquitectura discursiva más amplia que hemos venido observando en los recientes documentos de seguridad de la administración Trump, donde la defensa de la democracia aparece crecientemente subordinada a criterios geopolíticos y estratégicos.

En este marco, la democracia deja de operar como una categoría aplicada de manera consistente a todos los actores y situaciones. Su significado comienza a depender de la posición que cada gobierno ocupa dentro de la estructura de alianzas, intereses y prioridades de la política exterior estadounidense. La legitimidad ya no se define exclusivamente por el origen electoral de los gobiernos ni por el respeto a procedimientos institucionales, sino también por su alineamiento con determinados proyectos de seguridad hemisférica.

Esto permite comprender por qué fenómenos similares pueden ser interpretados de formas radicalmente distintas. Cuando un gobierno es considerado un aliado estratégico de Washington, las movilizaciones que cuestionan su continuidad pueden ser presentadas como amenazas a la estabilidad, intentos de desestabilización o incluso procesos de carácter insurreccional. En cambio, cuando las protestas se producen contra gobiernos considerados adversarios o incómodos para los intereses estadounidenses, esas mismas acciones suelen ser leídas como expresiones legítimas de la voluntad popular, luchas por la democracia o procesos de resistencia ciudadana.

La cuestión de fondo, por tanto, ya no es únicamente jurídica ni institucional. Es una disputa profundamente política por la capacidad de nombrar la realidad. Lo que está en juego es quién posee la autoridad para definir cuándo una protesta constituye una expresión democrática, cuándo representa una amenaza al orden constitucional y cuándo debe ser interpretada como un intento de golpe de Estado.

De la lucha contra el narcotráfico a la securitización del conflicto social

La insistencia de los funcionarios estadounidenses en vincular las protestas bolivianas con el narcotráfico resulta particularmente reveladora porque muestra un desplazamiento que hemos venido observando en distintos escenarios de la región.

Durante décadas, América Latina y el Caribe ha sido interpretada a través de marcos que combinan seguridad, terrorismo, narcotráfico, gobernabilidad y estabilidad regional. Estas categorías han servido para justificar intervenciones, programas de cooperación militar, reformas institucionales y dispositivos de vigilancia. Lo novedoso es que actualmente comienzan a fusionarse con una intensidad cada vez mayor.

Cuando la protesta es asociada al crimen organizado, el conflicto deja de ser entendido como una disputa política relacionada con condiciones de vida, modelos económicos o desacuerdos sociales. Se transforma en un problema de seguridad. Y una vez que ocurre esa transformación, las respuestas posibles también cambian radicalmente.

La negociación pierde centralidad frente a la contención. El diálogo es sustituido por la vigilancia. Las demandas sociales dejan de analizarse desde sus causas estructurales para ser interpretadas como factores de riesgo. La política comienza a ser administrada mediante instrumentos policiales, judiciales o militares.

En este sentido, la securitización no consiste únicamente en aumentar la presencia de fuerzas de seguridad. Implica algo más profundo: redefinir la manera en que la sociedad interpreta los conflictos. Lo que antes era leído como desigualdad, exclusión o malestar social pasa a ser leído como amenaza.

¿Quiénes son los “vándalos”?

Las declaraciones del propio gobierno boliviano ofrecen otro elemento importante para esta discusión. Rodrigo Paz anunció su disposición a dialogar con diversos sectores movilizados, pero aclaró que no negociaría con quienes calificó como “vándalos”.

A primera vista podría parecer una afirmación razonable. Sin embargo, desde una perspectiva política, las categorías utilizadas para nombrar a los actores en conflicto poseen una enorme relevancia. Las palabras no son simples descripciones de la realidad. También son instrumentos que organizan la realidad. Determinan quién puede ser escuchado, quién merece reconocimiento institucional y quién queda excluido de los marcos de legitimidad.

Nombrar a una persona como ciudadana implica reconocerle derechos. Definirla como manifestante supone admitir la existencia de una demanda. Reconocerla como opositora significa aceptar que forma parte de un conflicto político legítimo. Pero cuando se la nombra como vándala, criminal o terrorista, el sentido de su acción cambia por completo.

La discusión deja de girar alrededor de las causas del conflicto y se desplaza hacia la necesidad de restaurar el orden. El problema ya no es lo que se reclama, sino la existencia misma del actor que reclama.

Por ello, una de las preguntas más importantes para comprender la coyuntura boliviana no es únicamente qué está ocurriendo en las calles. La cuestión central es quién tiene la capacidad de definir qué significa lo que está ocurriendo.

Cuando la democracia depende de quién protesta

Quizá el aspecto más inquietante de esta discusión no sea la crisis boliviana en sí misma, sino la creciente tendencia a que las categorías políticas pierdan estabilidad. Democracia, protesta, golpe de Estado, terrorismo o seguridad parecen significar cosas distintas según quién las utilice y contra quién se apliquen.

En este escenario, la disputa no se libra únicamente en las calles ni en las instituciones. También ocurre en el terreno del lenguaje. Porque quien logra imponer el significado de los acontecimientos adquiere una enorme capacidad para orientar las respuestas políticas, legitimar determinadas intervenciones y delimitar los márgenes de lo aceptable.

La pregunta que deja abierta el caso boliviano no es solamente si existe o no un intento de desestabilización. La pregunta más profunda es otra: ¿qué ocurre con la democracia cuando el poder de definir quién la defiende y quién la amenaza se concentra cada vez más en actores que también participan activamente de la disputa geopolítica?

En tiempos de securitización creciente, quizás el desafío principal consista precisamente en defender la capacidad de nombrar los conflictos desde la política antes de que sean absorbidos completamente por el lenguaje de la seguridad.

Matriz para analizar la construcción de legitimidad política
Dimensión de análisis¿Qué observar?Preguntas claveSeñales de alertaClaves para la reflexión crítica
Definición del conflictoCómo se describe la situación en disputa¿Se presenta como protesta social, crisis política, insurrección o golpe de Estado?Uso rápido de categorías extremas sin análisis de causasNombrar un conflicto también implica orientar las respuestas posibles frente a él
Producción del enemigoActores identificados como responsables de la crisis¿Quién aparece como amenaza? ¿Quién queda fuera de la legitimidad?Construcción de enemigos amplios y difusosLa figura del enemigo suele simplificar conflictos complejos
Lenguaje de seguridadConceptos dominantes utilizados por autoridades y medios¿Qué palabras se repiten? ¿Terrorismo, narcotráfico, radicalización, orden, estabilidad?Sustitución de categorías políticas por categorías securitariasLa seguridad puede desplazar el debate sobre derechos y demandas sociales
Legitimidad de la protestaTratamiento de las movilizaciones sociales¿Se reconocen sus demandas o se reducen a problemas de orden público?Invisibilización de las causas estructurales del conflictoNo toda protesta es antidemocrática ni toda estabilidad es democrática
Construcción mediáticaRelatos que circulan en medios y plataformas digitales¿Cómo se representa a quienes protestan?Estigmatización sistemática de movimientos socialesLos medios participan activamente en la producción de legitimidad
Actores reconocidosSectores considerados interlocutores válidos¿Quién puede dialogar y quién no?Exclusión previa de actores sociales organizadosLa democracia también se expresa en el reconocimiento del conflicto
Actores excluidosSectores deslegitimados¿Quién es nombrado como vándalo, criminal, extremista o terrorista?Etiquetas que sustituyen el análisis políticoLas categorías de exclusión reducen la complejidad social
Relación con intereses geopolíticosPosición estratégica del país o gobierno involucrado¿Existen intereses económicos, militares o diplomáticos en juego?Apoyo internacional selectivoLa legitimidad suele construirse también desde relaciones de poder global
Uso del narcotráfico o terrorismoAsociación entre protesta y crimen organizado¿Se presentan pruebas o solo afirmaciones generales?Expansión de categorías penales hacia actores políticosLa criminalización puede operar mediante asociaciones discursivas
Intervención internacionalParticipación de actores externos en la crisis¿Se presenta como cooperación, apoyo o defensa de la democracia?Incremento de asistencia militar o de seguridadAnalizar quién define la amenaza y quién se beneficia de esa definición
Impacto democráticoConsecuencias sobre derechos y participación¿Se amplía o se restringe el espacio para la disidencia?Militarización, vigilancia o restricciones a la protestaLa democracia se mide también por su capacidad para procesar el conflicto
Producción de consensoNarrativas que buscan instalar una interpretación dominante¿Qué lectura se intenta convertir en sentido común?Uniformidad discursiva entre gobiernos, medios y actores internacionalesAnalizar quién tiene capacidad para imponer significados
Doble rasero democráticoDiferencias en la interpretación de situaciones similares¿Se aplican los mismos criterios a aliados y adversarios?Cambios en el lenguaje según el actor involucradoComparar narrativas permite identificar sesgos y relaciones de poder
Escenarios de resistenciaEspacios donde se disputan los significados del conflicto¿Quién cuestiona la narrativa dominante?Invisibilización de voces alternativasToda coyuntura es también una disputa por el sentido
Pregunta de fondoLo que la coyuntura revela sobre el sistema político¿Quién tiene el poder de definir qué es democracia y qué es amenaza?Concentración del poder de nombrarLa lucha política también es una lucha por el significado de los acontecimientos
Preguntas orientadoras para talleres, círculos de estudio o análisis de coyuntura
  1. ¿Quién está definiendo lo que ocurre?
  2. ¿Qué actores son considerados legítimos y cuáles son excluidos?
  3. ¿Qué papel juega el lenguaje de la seguridad en la interpretación del conflicto?
  4. ¿Cómo cambia el significado de una protesta según quién la protagonice?
  5. ¿Qué intereses económicos o geopolíticos atraviesan la narrativa dominante?
  6. ¿Qué voces están ausentes o invisibilizadas?
  7. ¿Se están aplicando los mismos criterios a situaciones comparables?
  8. ¿Qué impactos tiene esta narrativa sobre la democracia y los derechos ciudadanos?
  9. ¿Cómo se relaciona esta coyuntura con procesos más amplios de securitización y criminalización de la disidencia?
  10. ¿Qué otras formas de nombrar y comprender el conflicto son posibles?
La protesta social como bien común bajo asedio

Más allá de las disputas coyunturales que atraviesan Bolivia, lo que está en juego es una transformación más profunda del lugar que ocupa la protesta social dentro de las democracias contemporáneas. Cuando las movilizaciones comienzan a ser interpretadas prioritariamente desde marcos de seguridad, terrorismo, crimen organizado o amenaza a la estabilidad, la protesta deja de ser reconocida como una expresión legítima del conflicto social y pasa a convertirse en un objeto de vigilancia, control y contención.

Esta transformación tiene implicaciones que trascienden a cualquier gobierno o coyuntura particular. La protesta social constituye uno de los bienes comunes fundamentales de toda sociedad democrática. No pertenece a una organización específica, a una ideología determinada ni a un sector político concreto. Es una capacidad colectiva construida históricamente por pueblos, movimientos sociales, sindicatos, comunidades indígenas, organizaciones estudiantiles, movimientos de mujeres y múltiples actores que han encontrado en la movilización una herramienta para defender derechos, disputar sentidos y ampliar horizontes democráticos.

Sin esa capacidad de protesta, muchas de las conquistas sociales que hoy se consideran normales simplemente no existirían. Los derechos laborales, la educación pública, la seguridad social, el sufragio universal, los derechos civiles y las luchas por la justicia ambiental surgieron precisamente de procesos de organización y movilización que, en distintos momentos históricos, fueron también acusados de alterar el orden, generar inestabilidad o amenazar intereses establecidos.

Lo que observamos actualmente es la emergencia de un escenario donde esa capacidad colectiva comienza a ser crecientemente problematizada. La nueva Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos y las declaraciones de altos funcionarios estadounidenses sugieren una ampliación de los marcos de securitización hacia ámbitos tradicionalmente pertenecientes a la esfera política. En este contexto, las demandas sociales pueden ser reinterpretadas como amenazas estratégicas, los conflictos territoriales como riesgos para la estabilidad hemisférica y las organizaciones populares como potenciales focos de radicalización.

La preocupación no radica únicamente en el uso de determinadas categorías discursivas. Lo verdaderamente significativo es que dichas categorías provienen de una potencia que continúa ejerciendo una enorme influencia política, económica, diplomática y militar sobre América Latina y el Caribe. Cuando Estados Unidos redefine las amenazas que considera prioritarias para la seguridad hemisférica, esa redefinición tiende a irradiarse hacia instituciones de seguridad, sistemas judiciales, políticas públicas, programas de cooperación y marcos regulatorios en toda la región.

Por ello, el problema no es solamente semántico. La manera en que se nombran los conflictos tiene consecuencias materiales. Las categorías de terrorismo, narcotráfico, extremismo o radicalización pueden habilitar mayores niveles de vigilancia, fortalecer mecanismos de control territorial, justificar procesos de militarización y ampliar las capacidades de intervención estatal sobre actores sociales considerados problemáticos.

En este sentido, resulta legítimo preguntarse si estamos asistiendo a una nueva fase del intervencionismo hemisférico. Ya no necesariamente basada en las formas clásicas de ocupación, tutela o intervención directa que caracterizaron otros momentos de la historia latinoamericana y caribeña, sino en mecanismos más sofisticados de producción de amenazas, alineamiento estratégico y gobernanza de la seguridad. Un imperialismo que no siempre necesita desembarcar tropas porque opera a través de doctrinas, marcos interpretativos, dispositivos tecnológicos, cooperación securitaria y narrativas capaces de definir quién representa el orden y quién encarna el peligro.

Desde esta perspectiva, la disputa por la protesta social adquiere una relevancia estratégica. Defender la protesta no implica respaldar acríticamente todas las movilizaciones ni desconocer que puedan existir expresiones violentas dentro de determinados conflictos. Implica reconocer que la posibilidad de cuestionar el poder, expresar desacuerdos y organizar respuestas colectivas constituye una condición fundamental para cualquier proyecto democrático.

La pregunta que emerge entonces no es únicamente qué ocurre en Bolivia, sino qué tipo de democracia se está configurando en el continente. Una democracia donde el conflicto social siga siendo reconocido como parte constitutiva de la vida política o una democracia crecientemente subordinada a lógicas de seguridad que transforman la diferencia en amenaza y la disidencia en sospecha.

En tiempos de crisis múltiples —económicas, climáticas, energéticas y geopolíticas— esta discusión adquiere una importancia decisiva. Porque si la protesta social deja de ser entendida como un derecho colectivo y comienza a ser administrada como un problema de seguridad, lo que se erosiona no es solamente la capacidad de movilización de determinados movimientos sociales. Lo que se pone en riesgo es uno de los bienes comunes más importantes de nuestras sociedades: la posibilidad de imaginar, disputar y construir futuros distintos.

Referencias:

Agence France Presse. (2026, 5 de junio). EEUU dice que «está vigilando» la crisis en Bolivia y anuncia una ayuda de emergencia. AFP. 

Ceceña, Ana Esther (Coord.). (2004). Hegemonías y emancipaciones en el siglo XXI. CLACSO.

Rogero, Tiago (2026, 20 de mayo). Bolivia rocked by protests as US warns of ‘coup d’état’. The Guardian.

The White House. (2025). National Security Strategy of the United States of America. The White House.

Esta publicación forma parte de la colección Geografías Herejes de los Bienes Comunes, un espacio de análisis crítico que, desde la antigeopolítica, la ecología política y la defensa de los bienes comunes, busca leer el mundo desde los territorios, las comunidades y las resistencias que sostienen la vida frente a las múltiples formas de despojo, militarización, extractivismo y dominación.

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Entre “modernización” y “enemigos del pueblo”: las narrativas en disputa tras la vigilia por la armonización eléctrica

Después de la vigilia: cuando la disputa deja de ser únicamente técnica

La discusión sobre el proyecto de “armonización” eléctrica entró en una nueva etapa después de que el gobierno no lograra reunir los 38 votos necesarios para aprobar la iniciativa en segundo debate. Lo que inicialmente había sido presentado como una discusión técnica sobre eficiencia, inversión y crecimiento energético terminó revelando un conflicto mucho más amplio alrededor del papel del Estado, el sentido de lo público y las formas legítimas de participación democrática en Costa Rica.

Horas después de la vigilia realizada frente a la Asamblea Legislativa, el Ejecutivo respondió mediante una conferencia de prensa marcada por un tono confrontativo, donde se mezclaron argumentos económicos, advertencias sobre el futuro energético del país y acusaciones dirigidas hacia quienes cuestionan el proyecto.

La conferencia no solo buscó defender una reforma eléctrica. También intentó fijar una interpretación específica del conflicto político que se está desarrollando alrededor de ella.

De un lado, se construyó la idea de un gobierno que intenta “modernizar” el país frente a sectores que supuestamente obstaculizan el desarrollo mediante miedo, desinformación y resistencia ideológica. Del otro lado, las voces que se mantuvieron durante horas frente a la Asamblea insistían en algo distinto: que la discusión eléctrica no puede reducirse únicamente a competitividad o crecimiento económico porque involucra preguntas fundamentales sobre desigualdad, solidaridad, acceso universal y control democrático de bienes estratégicos.

Lo que está ocurriendo, entonces, no es solamente un desacuerdo técnico sobre cómo organizar el sistema eléctrico nacional. Lo que aparece en disputa son distintas maneras de entender el desarrollo, el futuro de lo público y la relación entre mercado, democracia y vida colectiva.

El discurso oficial: crecimiento económico, inevitabilidad y construcción del adversario

La conferencia presidencial posterior a la votación legislativa dejó ver con claridad una narrativa política organizada alrededor de una idea central: la reforma eléctrica no sería una opción debatible, sino una necesidad inevitable para evitar el rezago económico del país.

A lo largo de la intervención, el Ejecutivo insistió repetidamente en que Costa Rica enfrenta un escenario de creciente demanda energética asociado a zonas francas, inversión extranjera y expansión económica. La reforma fue presentada como una condición necesaria para garantizar competitividad y evitar que el país pierda oportunidades frente a otros mercados regionales.

Esta forma de plantear el debate tiene implicaciones importantes. Cuando una reforma deja de presentarse como una decisión política discutible y comienza a representarse como una necesidad técnica inevitable, el espacio del desacuerdo democrático se reduce. La pregunta deja de ser “qué modelo energético queremos construir” y pasa a convertirse en “cómo adaptarnos obligatoriamente a las exigencias del mercado”.

En esa lógica, conceptos como “modernización”, “eficiencia” y “competencia” adquieren una dimensión casi moral. La apertura del mercado eléctrico aparece asociada automáticamente a progreso, innovación y futuro, mientras que las críticas quedan vinculadas implícitamente al atraso, la irracionalidad o el miedo al cambio.

La conferencia también recurrió constantemente a comparaciones históricas con el TLC, la apertura de telecomunicaciones, seguros y banca estatal. El mensaje era claro: anteriormente también existieron advertencias sobre privatización o colapso institucional y, según la narrativa oficial, esas advertencias resultaron equivocadas.

Sin embargo, esta lectura simplifica profundamente procesos históricos mucho más complejos. Las transformaciones asociadas a apertura económica continúan generando debates sobre concentración económica, precarización laboral, desigualdad territorial y acceso diferenciado a servicios. Presentar esas experiencias como éxitos indiscutibles permite desactivar críticamente cualquier discusión actual sobre los posibles efectos sociales de reorganizar servicios estratégicos bajo lógicas de mercado.

Pero quizá el elemento más preocupante de la conferencia fue la forma en que comenzó a construirse el adversario político. Sectores críticos del proyecto fueron asociados reiteradamente con “comunismo”, con intereses contrarios al desarrollo nacional e incluso con escenarios políticos vinculados a Cuba o Venezuela.

El problema de este tipo de discursos no radica únicamente en su tono polarizante. Lo verdaderamente delicado es que desplazan el conflicto desde el terreno del debate democrático hacia el terreno de la sospecha ideológica. Ya no se trata solamente de personas que cuestionan un proyecto de ley. Se trata de actores construidos discursivamente como amenazas para el progreso nacional.

Y cuando el desacuerdo político comienza a representarse como amenaza interna, el espacio democrático se vuelve considerablemente más frágil.

Lo que las voces de la vigilia estaban diciendo

Mientras la conferencia presidencial insistía en crecimiento económico, competitividad e inversión, afuera de la Asamblea Legislativa la discusión seguía desarrollándose en otros términos.

Las voces de la vigilia no hablaban únicamente sobre tarifas eléctricas o participación privada. Lo que aparecía constantemente en las conversaciones era una preocupación más amplia sobre el debilitamiento progresivo de principios históricos asociados a lo público en Costa Rica.

Muchas personas insistían en que la electricidad no puede pensarse únicamente como infraestructura o mercado porque sostiene condiciones básicas de vida cotidiana: estudiar, cocinar, trabajar, comunicarse, acceder a salud o sostener actividades económicas locales. Por eso la preocupación central no giraba solamente alrededor de “quién produce energía”, sino sobre qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a reorganizarse principalmente desde criterios de rentabilidad.

En las conversaciones aparecía repetidamente una idea importante: la privatización no necesariamente ocurre únicamente cuando una institución pública se vende directamente. También puede desarrollarse mediante procesos graduales de fragmentación institucional, apertura competitiva desigual, subordinación a dinámicas de mercado o transferencia progresiva de decisiones estratégicas hacia actores privados.

Esta diferencia es central para entender el conflicto actual. Mientras el discurso oficial reduce el debate a la pregunta “¿se está vendiendo el ICE o no?”, muchas voces críticas están discutiendo algo distinto: cómo cambian las prioridades de un sistema público cuando comienza a organizarse bajo incentivos competitivos y lógicas de mercado.

La tensión, entonces, no es únicamente jurídica o administrativa. Es una tensión sobre el sentido mismo de lo público.

Dos formas de imaginar el país

La discusión sobre la armonización eléctrica enfrenta, en el fondo, dos formas profundamente distintas de imaginar el desarrollo nacional.

Discurso oficialVoces desde la vigilia
La apertura eléctrica representa modernización y progresoLa reorganización del mercado puede debilitar principios solidarios
El crecimiento económico depende de mayor competencia energéticaEl acceso universal no puede depender únicamente de rentabilidad
La crítica al proyecto responde a miedo o desinformaciónLa crítica intenta advertir efectos sociales y territoriales
El mercado garantiza eficienciaLo público debe sostenerse desde solidaridad y planificación colectiva
La protesta aparece asociada a conflicto y desordenLa protesta es participación democrática y vigilancia ciudadana
El futuro se piensa desde competitividad globalEl futuro también se piensa desde derechos colectivos y bienes comunes
La disputa por el significado de la protesta

Otro de los elementos más significativos del momento actual tiene que ver con cómo se interpreta la movilización social.

Durante la conferencia, el gobierno enfatizó principalmente la agresión sufrida por un oficial de Fuerza Pública. Mientras tanto, desde las organizaciones presentes en la vigilia se denunciaba el arresto y agresión policial contra un estudiante que posteriormente requirió atención hospitalaria.

Aquí vuelve a aparecer una disputa narrativa profunda: ¿qué hechos se vuelven visibles y cuáles quedan desplazados?

Porque lo ocurrido durante la vigilia no puede reducirse únicamente a tensión o confrontación. La jornada estuvo marcada por conversaciones públicas, explicaciones colectivas del proyecto, intercambio entre generaciones, organización comunitaria, música, baile y acompañamiento mutuo.

La protesta social apareció allí no solamente como mecanismo de presión política, sino también como espacio pedagógico y experiencia de producción colectiva de conocimiento político. La calle funcionó simultáneamente como aula abierta, foro público y espacio de encuentro. Y quizá eso es precisamente lo que resulta más incómodo para ciertas formas de poder: la posibilidad de que personas diversas se organicen, compartan interpretaciones críticas y construyan colectivamente otras maneras de entender el país.

La olla común y la política del cuidado

Tal vez la imagen más potente de toda la jornada no ocurrió dentro de la Asamblea Legislativa ni en la conferencia presidencial posterior.

Ocurrió alrededor de la olla común.

Mientras dentro se discutía el futuro energético nacional mediante lenguajes asociados a competencia, inversión y mercado, afuera muchas personas compartían café, comida, descanso y cuidado colectivo entre desconocidos.

Y justamente allí aparece una dimensión profundamente política que suele pasar desapercibida. Porque la olla común no es únicamente alimentación. También es una forma concreta de construir vínculos sociales y sostener colectivamente la permanencia en el espacio público.

Sostener una vigilia durante horas requiere mucho más que consignas. Requiere crear condiciones materiales para permanecer juntos. Requiere cuidado. La gente preguntando quién necesitaba agua, quién llevaba demasiadas horas sin comer, quién necesitaba descansar o simplemente conversar. Todo eso formó parte de la jornada.

La olla común terminó funcionando como una pequeña metáfora de otra forma posible de entender lo público: no únicamente desde competencia individual y eficiencia económica, sino desde interdependencia, cooperación y sostenimiento mutuo.

Porque defender lo público no consiste solamente en defender instituciones estatales. También implica defender prácticas sociales donde la vida colectiva puede sostenerse desde solidaridad y cuidado compartido.

Y quizá allí se encuentra una de las preguntas más profundas que deja toda esta discusión:

¿qué tipo de sociedad se está intentando construir cuando se debate el futuro de la electricidad pública en Costa Rica?

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Voces en vigilia: defender la electricidad pública, defender lo común

Más que una grabación, este audio es el registro vivo de una vigilia construida desde la calle. Entre consignas, canciones, discusiones improvisadas, memorias del Combo ICE, denuncias, risas, cansancio y esperanza, las voces que aquí se escuchan narran una preocupación profunda por el futuro de lo público en Costa Rica. Escuchar esta vigilia es también escuchar cómo distintas personas entienden la solidaridad, la universalidad y el derecho colectivo a participar en las decisiones que afectan la vida común. Les invitamos a escuchar estas voces en protesta: voces que cuidan, cuestionan, recuerdan, explican y sostienen la presencia colectiva frente a una discusión que desborda ampliamente el ámbito eléctrico.

Una noche frente a la Asamblea

Mientras dentro de la Asamblea Legislativa avanzaba la discusión del proyecto de “armonización” eléctrica, afuera se desarrollaba otra escena política.

Una vigilia. Un espacio de encuentro.

Una conversación pública sostenida durante horas por sindicatos, estudiantes, organizaciones ecologistas, comunidades rurales, colectivos territoriales, personas defensoras de ríos, juventudes, personas jubiladas y múltiples voces que decidieron permanecer presentes mientras se discutía el futuro del sistema eléctrico nacional.

Las grabaciones de esta jornada permiten escuchar algo más que consignas. Permiten escuchar un país discutiéndose a sí mismo.

Entre intervenciones improvisadas, explicaciones técnicas, denuncias políticas, canciones, recuerdos históricos y llamados a la organización, la vigilia fue construyendo una narrativa común: la discusión sobre electricidad nunca ha sido solamente una discusión técnica.

Detrás del lenguaje de “modernización”, “competencia”, “armonización” o “mercado eléctrico”, muchas personas identifican preguntas mucho más profundas:

-¿qué significa lo público?
-¿quién decide sobre bienes estratégicos?
-¿qué ocurre cuando servicios esenciales comienzan a reorganizarse bajo lógicas de mercado?
-¿y qué tipo de sociedad se produce cuando el acceso depende cada vez más de la capacidad de pago?

La electricidad como derecho cotidiano

Uno de los elementos más presentes en las intervenciones fue la insistencia en que la electricidad no puede reducirse únicamente a una mercancía.

Durante la vigilia aparecieron constantemente referencias a la vida cotidiana:
-la posibilidad de estudiar,
de cocinar,
-de acceder a internet,
-de sostener pequeños negocios,
-de garantizar condiciones mínimas de dignidad en territorios urbanos y rurales.

Las voces insistían en algo fundamental: la electricidad no es solamente infraestructura. También es una condición material para ejercer otros derechos. Por eso muchas intervenciones conectaban directamente la defensa del sistema eléctrico público con la defensa de principios como universalidad y solidaridad.

En distintas participaciones se recordó que Costa Rica alcanzó niveles muy altos de cobertura eléctrica bajo un modelo basado en planificación pública y acceso nacional. Y justamente allí aparecía una de las preocupaciones centrales frente al proyecto de ley: el temor de que una reorganización progresiva del sistema termine debilitando esos principios históricos.

La crítica no se limitaba únicamente a la posibilidad de participación privada. La preocupación principal era otra: que la lógica del mercado termine desplazando la lógica solidaria que históricamente sostuvo la expansión del servicio eléctrico hacia comunidades rurales, territorios indígenas y zonas donde la rentabilidad privada difícilmente habría garantizado cobertura.

Como se señaló durante la vigilia, el principio de universalidad no puede separarse del principio de solidaridad.

Más allá del ICE: la disputa por lo público

Aunque la discusión inmediata giraba alrededor del ICE y del proyecto de armonización, las intervenciones constantemente ampliaban el marco del debate.

Las voces no hablaban solamente de una institución. Hablaban de una idea de país.

A lo largo de la jornada aparecieron referencias a educación pública, agua, banca estatal, seguridad social, agricultura y otros espacios percibidos como parte de una institucionalidad construida históricamente bajo principios públicos.

En muchas intervenciones, la defensa del ICE aparecía como parte de una preocupación más amplia frente al debilitamiento progresivo de lo público en Costa Rica. Y aquí emergía una idea importante repetida durante la vigilia: la privatización no necesariamente ocurre únicamente cuando una institución pública se vende de forma directa.

También puede producirse mediante procesos más graduales:
-fragmentación institucional,
-subordinación al mercado,
-apertura competitiva desigual,
-desfinanciamiento,
-o transferencia progresiva de decisiones estratégicas hacia actores privados.

Por eso varias voces insistieron en que la discusión actual debía entenderse como parte de una transformación más amplia del papel del Estado y de los bienes comunes en la sociedad costarricense.

Ríos, territorios y conflictos socioambientales

Las grabaciones también muestran cómo la discusión eléctrica se conecta con conflictos territoriales y ambientales presentes en distintas regiones del país. Personas provenientes de comunidades afectadas por proyectos hidroeléctricos privados señalaron preocupaciones relacionadas con extractivismo, presión sobre ecosistemas y conflictos comunitarios.

En varias intervenciones apareció la experiencia de comunidades que han debido enfrentar proyectos energéticos en defensa de ríos y territorios locales. Y junto con ello, surgieron referencias a experiencias centroamericanas donde procesos de apertura eléctrica han estado acompañados por conflictos socioambientales, persecución de personas defensoras y aumento tarifario.

La vigilia iba conectando así distintos procesos que muchas veces se discuten por separado:
-privatización,
-extractivismo,
-gentrificación,
-desplazamiento territorial,
-y debilitamiento de mecanismos colectivos de protección social.

La memoria del Combo ICE

Uno de los elementos más significativos de las voces en protesta es la presencia constante de la memoria. A lo largo de la noche reaparecieron referencias al año 2000 y a las movilizaciones contra el Combo ICE. Personas que participaron en aquellas luchas compartían experiencias con generaciones más jóvenes que hoy vuelven a ocupar las calles.

La memoria aparecía no solo como recuerdo, sino como herramienta política.
Como una forma de recordar que muchas instituciones públicas existentes hoy no fueron concesiones espontáneas del poder político, sino resultado de décadas de organización social, conflicto y movilización colectiva.

En múltiples momentos se insistió en algo fundamental: el ICE no pertenece a un partido político, ni a un gobierno específico, sino a procesos históricos construidos socialmente.

La calle como espacio pedagógico

Las voces también permiten observar otra dimensión frecuentemente invisibilizada de la protesta social: su capacidad pedagógica.

La vigilia fue, en muchos sentidos, una experiencia de educación política colectiva.

-Había personas explicando aspectos técnicos del proyecto.
-Otras relataban experiencias comunitarias.
-Algunas organizaban consignas.
-Otras compartían análisis económicos, ambientales o históricos.

Entre canciones, conversaciones y discursos, el espacio público se convertía en un lugar donde distintas generaciones intercambiaban experiencias, aprendizajes y formas de entender la realidad política del país.

La protesta aparecía entonces no solamente como mecanismo de presión política, sino también como espacio de producción de conocimiento colectivo. Un lugar donde se articulan memorias, diagnósticos, afectos, preocupaciones y horizontes compartidos.

Permanecer

Incluso en medio del cansancio, las tensiones y los episodios de violencia policial ocurridos durante la jornada, las voces registradas insisten constantemente en la importancia de permanecer.

-Permanecer vigilando.
-Permanecer explicando.
-Permanecer acompañándose.
-Permanecer organizándose.

La insistencia en “no aflojar” atravesó gran parte de la vigilia. Pero más allá de la consigna, lo que aparece en las grabaciones es una defensa persistente de la acción colectiva como práctica democrática. Una idea de democracia que no se reduce únicamente al voto o a la representación institucional, sino que también incluye organización social, presencia en el espacio público, vigilancia ciudadana y participación activa en decisiones que afectan la vida común.

Lo que está en disputa

Escuchar estas voces permite comprender que la discusión sobre la “armonización” eléctrica desborda ampliamente el ámbito energético.

Lo que aparece en disputa es también una forma de entender la sociedad. De un lado, una lógica que tiende a reorganizar servicios públicos bajo criterios de competencia, rentabilidad y apertura de mercados.

Del otro, una defensa de principios como solidaridad, acceso universal, planificación pública y construcción colectiva de bienes comunes.

Por eso las voces de la vigilia regresan una y otra vez a la misma idea: defender la electricidad pública no es solamente defender una institución.

Es defender la posibilidad de que ciertos aspectos fundamentales de la vida continúen organizándose desde la solidaridad y no exclusivamente desde la capacidad de pago.

La violencia como respuesta a la participación

La jornada también estuvo marcada por episodios de violencia policial ocurridos durante la vigilia.

En medio de una manifestación pública y de vigilancia ciudadana alrededor de la votación legislativa, un estudiante fue arrestado y golpeado por la Fuerza Pública, requiriendo posteriormente atención hospitalaria. Además, durante el intento de solicitar explicaciones sobre la detención, una diputada fue empujada por oficiales presentes en el lugar.

Lo ocurrido no puede entenderse como un hecho aislado ni únicamente como un “incidente” operativo. La violencia contra quienes participan en manifestaciones públicas tiene efectos políticos más amplios: produce miedo, desmoviliza y envía mensajes sobre quiénes pueden ocupar legítimamente el espacio público y bajo qué condiciones.

Resulta especialmente preocupante que situaciones de violencia ocurran precisamente en contextos donde la ciudadanía busca ejercer vigilancia democrática sobre decisiones públicas.

La protesta social cumple una función fundamental dentro de cualquier democracia:
-permite expresar desacuerdos,
-hacer visibles conflictos,
-vigilar el ejercicio del poder
-y participar políticamente más allá de los mecanismos electorales.

Por eso, cuando las respuestas institucionales frente a la organización colectiva incluyen intimidación, uso desproporcionado de la fuerza o criminalización, lo que se tensiona no es únicamente una movilización concreta, sino el propio derecho democrático a la participación pública.

La vigilia dejó una imagen profundamente contradictoria: mientras muchas personas insistían en la importancia del diálogo, la organización y la defensa colectiva de lo público, la respuesta estatal terminó incluyendo golpes, arresto y violencia.

Y justamente allí aparece una de las preguntas más incómodas que atraviesan este tipo de escenarios: ¿qué tan sólida es una democracia que percibe la protesta social como amenaza?

La olla común: cocinar la solidaridad

Pero la vigilia no estuvo compuesta únicamente por discursos, consignas o denuncias.

Durante la jornada también se organizó una olla común para las personas presentes. Entre termos de café, platos compartidos, alimentos preparados colectivamente y personas distribuyendo comida durante horas, el espacio de protesta se transformó también en un espacio de cuidado.

Lejos de ser un detalle secundario, la olla común revela una dimensión profundamente política de este tipo de movilizaciones. Porque sostener una vigilia durante horas implica mucho más que permanecer físicamente en un lugar. Implica crear condiciones materiales para que las personas puedan permanecer juntas.

Alimentarse colectivamente, compartir recursos y organizar el cuidado mutuo forman parte de una manera distinta de entender lo público. En contextos donde frecuentemente predomina una lógica individualista —donde cada persona resuelve por sí misma sus necesidades— la olla común introduce otra racionalidad:
-la de la interdependencia,
-la cooperación
-y el reconocimiento de que la vida colectiva necesita sostenerse mutuamente.

La comida compartida se convierte entonces en algo más que alimentación. Se vuelve una práctica concreta de solidaridad.

Mientras dentro de la Asamblea Legislativa se discutía una reorganización del sistema eléctrico bajo lenguajes asociados a competencia y mercado, afuera muchas personas estaban construyendo otra experiencia social: compartir comida entre desconocidos, cuidar a quienes llevaban horas en la calle, preguntar quién necesitaba agua, café o descanso, y sostener colectivamente el espacio común.

La olla común transforma el espacio público en algo distinto a un simple lugar de tránsito o confrontación. Lo convierte en un territorio de encuentro. Un lugar donde la política no ocurre únicamente en el discurso, sino también en prácticas concretas de cuidado y sostenimiento colectivo.

Y quizá allí aparece uno de los elementos más importantes de toda la jornada: la resistencia no se construye únicamente desde la denuncia. También se construye desde la capacidad de acompañarse, alimentarse y permanecer juntos incluso en escenarios de incertidumbre y desgaste.

Porque defender lo público no consiste solamente en defender instituciones. También implica defender prácticas sociales basadas en solidaridad, cooperación y cuidado mutuo.

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Cuando protestar es un derecho: lo que Bella Ciao nos obliga a recordar

Antes de empezar a leer, dale play.

Dejá que suenen los primeros acordes de Bella Ciao. Tal vez ya la conocés, tal vez la has escuchado en una marcha, en una película o en alguna conversación que hablaba de lucha. No importa. Escuchala otra vez.

Porque hay canciones que no solo se oyen: se recuerdan. Y en ese recordar, despiertan algo más profundo que una melodía. Llaman a la memoria colectiva, a historias de resistencia, a nombres que a veces no conocemos, pero que siguen ahí, sosteniendo lo que hoy entendemos como derechos.

Esta no es solo una canción del pasado. Es una invitación.

Escuchá. Y luego leemos.

Una canción que no se queda en el pasado

Hay canciones que no pertenecen solo a una época, sino a una memoria que se rehúsa a desaparecer. Bella Ciao es una de ellas. Nacida en la resistencia partisana contra el fascismo, su letra no solo narra una despedida, sino una decisión: levantarse frente a la injusticia, aun cuando el costo sea alto.

Su vigencia no es casual. Cada vez que se canta en una marcha o en un espacio organizativo, la canción deja de ser un recuerdo histórico y se convierte en una práctica política: una forma de decir que hay luchas que no han terminado.

Memoria colectiva y música como bien común

La música no solo acompaña procesos sociales: los sostiene. Canciones como Bella Ciao construyen comunidad, crean lenguajes compartidos y permiten que la memoria circule entre generaciones. No es solo lo que dicen, sino lo que hacen posible: reconocerse en una historia común.

Desde la perspectiva de los bienes comunes, esto es clave. Lo común no se reduce a recursos materiales; también incluye aquello que hace posible la vida en colectivo: la cultura, la memoria, la palabra compartida. La música, en este sentido, es un bien común social. Se mantiene viva porque se comparte, se resignifica y se vuelve a cantar en nuevos contextos.

Defender estos bienes comunes implica también reconocer que sin memoria no hay posibilidad de transformación. Una sociedad que olvida sus luchas pierde también su capacidad de imaginar alternativas.

La protesta como herencia política, no como desviación

Existe una narrativa dominante que presenta la protesta como problema: como interrupción del orden, como exceso, como amenaza. Sin embargo, muchas de las libertades actuales nacieron de contextos donde protestar era ilegal, peligroso y profundamente estigmatizado.

La resistencia antifascista —de donde emerge Bella Ciao— no fue “ordenada” ni “permitida”: fue necesaria. En ese sentido, la protesta social no es una anomalía dentro de la democracia, sino una de sus expresiones más profundas.

Protestar es, también, una forma de cuidado de lo común. Es una manera de señalar que hay condiciones de vida que están siendo vulneradas y que requieren una respuesta colectiva.

Protestar en tiempos de conservadurismo: disputar el sentido de lo legítimo

En contextos de avance del conservadurismo, la protesta social adquiere nuevas tensiones. No solo se enfrenta a condiciones materiales adversas, sino a un intento sistemático de redefinir su significado.

Se promueven discursos que:

  • -Reducen la protesta a “desorden” o “violencia”, invisibilizando sus causas.
  • -Exigen formas de participación “aceptables” que, en la práctica, desactivan el conflicto.
  • -Individualizan los problemas sociales, debilitando las respuestas colectivas.
  • -Reivindican un orden que muchas veces excluye y silencia.

En este escenario, protestar implica también disputar el sentido de lo democrático. No se trata solo de salir a la calle, sino de defender la legitimidad de hacerlo. Es afirmar que la democracia no se agota en lo institucional, sino que se construye también desde la acción colectiva.

Cuerpo, riesgo y dignidad en la acción colectiva

Protestar nunca es un acto abstracto. Implica cuerpos que se exponen, que se organizan, que sostienen la presencia en el espacio público. En contextos adversos, esto puede significar estigmatización, criminalización o incluso violencia.

Aquí la memoria de Bella Ciao vuelve a interpelar: no como una invitación al sacrificio, sino como un recordatorio de que la dignidad colectiva ha tenido costos históricos. Reconocer esto no es romantizar la lucha, sino dimensionar su profundidad.

También permite visibilizar que hoy muchas personas —líderes comunitarios, juventudes, colectivos territoriales— enfrentan estas tensiones en condiciones mucho más desiguales, sin el reconocimiento público que tuvieron otras luchas.

Gina Galeotti: la memoria insurgente de las mujeres

Hablar de la resistencia antifascista también exige nombrar a quienes han sido históricamente invisibilizadas. Gina Galeotti, conocida como “Lia”, fue una joven partisana que participó activamente en la lucha contra la ocupación nazi-fascista en Italia. Embarazada al momento de su muerte, fue asesinada en 1945 mientras cumplía tareas vinculadas a la resistencia.

Su historia rompe con una imagen reducida de la lucha política como un espacio exclusivamente masculino. Las mujeres no solo acompañaron: organizaron, comunicaron, sostuvieron redes clandestinas, arriesgaron sus vidas y, en muchos casos, pagaron con ellas.

Recuperar la figura de Gina Galeotti no es un gesto simbólico aislado. Es reconocer que la defensa de la libertad y de lo común ha estado profundamente atravesada por las luchas de las mujeres, muchas veces desde lugares no reconocidos o subvalorados.

Hoy, esta memoria dialoga con las múltiples formas en que las mujeres siguen estando en la primera línea de defensa de los bienes comunes: en territorios, comunidades, movimientos sociales. Desde la protección del agua hasta la defensa del territorio y la vida, su participación no solo es constante, sino estructural.

En contextos de avance conservador, donde también se disputan los derechos de las mujeres y sus formas de participación, esta memoria adquiere una dimensión aún más política: recordar es también resistir el borramiento.

La flor en la montaña: memoria como posibilidad

Al final de la canción, la imagen de la flor en la montaña no es un gesto romántico. Es una marca: alguien luchó por la libertad, y esa huella queda para quienes pasan después.

Esa imagen permite cerrar con una clave fundamental: la memoria no es nostalgia, es posibilidad. No se trata solo de recordar lo que fue, sino de reconocer lo que aún está en disputa.

Hoy, recuperar la protesta como herencia política implica también defender los bienes comunes que la hacen posible: el derecho a organizarnos, a expresarnos, a recordar y a imaginar colectivamente otros futuros.

Porque cuando se desacredita la protesta, no solo se cuestiona una forma de acción. Se debilita el tejido mismo que sostiene la vida en común.

Y quizá ahí radica la vigencia de Bella Ciao: en recordarnos que lo que está en juego no es solo el pasado que evocamos, sino el futuro que estamos dispuestos a construir.

Referencia:

Hobsbawm, Eric (1998). Historia del siglo XX. Barcelona: Crítica.

Hobsbawm, Eric (2011). Cómo cambiar el mundo: Marx y el marxismo 1840-2011. Barcelona: Crítica.

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Cuando decir “somos un problema” deja de ser metáfora: conflicto, aprendizaje y lo que incomoda en la toma de espacios

Una escena que se repite

Hay escenas que, aunque cambien de lugar y de momento, se sienten conocidas. Personas organizándose. Un espacio público tomado. Voces que empiezan a circular y a incomodar. Y, casi como una respuesta que no necesita anunciarse, el entorno se transforma: se vuelve más difícil, más tenso, más costoso de sostener.

Podría leerse como algo puntual. Un hecho aislado. Un problema logístico, incluso. Pero cuando estas situaciones se observan en perspectiva, lo que aparece no es la excepción, sino la repetición. Una forma de gestionar el conflicto que no pasa necesariamente por el intercambio de ideas, sino por la modificación de las condiciones en que esas ideas existen.

Del argumento al aguante

En ese desplazamiento, lo que está en juego cambia. La discusión deja de centrarse en el contenido y se mueve hacia la posibilidad misma de sostenerlo. Ya no se trata solo de qué se dice, sino de cuánto se resiste. De cuánto se aguanta cuando el entorno se vuelve adverso.

Es en ese punto donde la noción de “problema” empieza a adquirir otra densidad.

Como insiste la canción Problema cabrón:

“Soy un problema…
un problema sin resolver”

No hay matiz, no hay corrección. Hay una afirmación que incomoda porque no busca encajar.

El problema como presencia

Leída desde experiencias colectivas, esa voz deja de ser individual. Se vuelve una forma de nombrar aquello que no encaja, que no se ordena fácilmente dentro de lo previsto. Algo que incomoda no solo por lo que dice, sino por el hecho mismo de existir en ese lugar.

Más aún cuando se trata de personas que deciden organizarse y tomar espacios públicos, alterando el uso esperado, los tiempos institucionales, las formas autorizadas de participación. Ahí la incomodidad no es solo discursiva: es material, visible, imposible de ignorar.

Resuena entonces otro verso:

“Un problema para los demás…”

No porque no tenga sentido, sino porque descoloca.

La imagen que irrumpe

En ese sentido, hay una imagen particularmente sugerente en la canción:

“La piedra que rompe la protección
de la policía en la manifestación”

No como una invitación, ni como un gesto a replicar, sino como una metáfora potente. La piedra no aparece de la nada. Es expresión de una tensión acumulada. Es el momento en que algo irrumpe y quiebra una superficie que parecía estable.

Pensada desde estos procesos, esa imagen permite leer el conflicto más allá del episodio puntual. Lo que se rompe no es solo una barrera física, sino la ilusión de normalidad. Se hace visible que hay algo que no está funcionando como se esperaba.

Aprender desde la irrupción

Y ahí aparece otra capa de lectura, menos evidente pero fundamental.

Cuando personas se organizan, toman espacios públicos y sostienen procesos colectivos, también están produciendo conocimiento. Están ensayando otras formas de aprender, de relacionarse, de decidir. Son prácticas que, muchas veces sin nombrarse así, operan como ejercicios de descolonización de la educación.

Porque desplazan el centro de lo que se considera válido. El aprendizaje deja de estar únicamente en lo formal, en lo autorizado, en lo previamente estructurado. Se construye en la experiencia, en la acción, en el conflicto, en lo común.

Como sugiere la canción en otro momento:

“Con palabra’ ganamo’ mil guerra’…”

El conocimiento también se disputa. También se construye en movimiento.

Instituciones descolocadas

Esto no es menor. Y tampoco es neutral.

Estas formas emergentes tensionan estructuras institucionales que suelen estar organizadas bajo otras lógicas: más jerárquicas, más previsibles, más controladas. La toma de espacios públicos, la autoorganización, la producción colectiva de sentido, desbordan los marcos establecidos y obligan a reaccionar.

No es que las instituciones no puedan transformarse, pero hacerlo implica revisar sus propias bases. Y ahí es donde muchas veces se produce el quiebre: en lugar de abrirse, se endurecen.

La incomodidad no es solo por lo que se dice, sino por lo que se altera.

Desgastar en lugar de resolver

En ese cruce, lo que aparece no es solo una situación incómoda. Es una disputa por el sentido de lo educativo. Por quién define qué se aprende, cómo se aprende y en qué condiciones.

Tal vez por eso, en muchos casos, la respuesta no es abrir el diálogo, sino endurecer el entorno. Hacer más difícil la permanencia. Desplazar el conflicto hacia el desgaste.

Como si el problema no pudiera resolverse, pero sí cansarse.

Lo que no desaparece

Sin embargo, si algo muestran estas escenas —que no son nuevas, que se repiten— es que aquello que se nombra como “problema” no desaparece fácilmente. Se transforma. Se adapta. Vuelve.

Y en ese volver, también deja aprendizajes.

No siempre visibles de inmediato. No siempre reconocidos. Pero presentes.

Porque, al final, asumir la incomodidad de ser “un problema” puede ser también una forma de posición. Una manera de habitar el conflicto sin reducirlo, sin negarlo, sin apresurarse a resolverlo bajo las reglas de siempre.

Y quizás ahí, justamente ahí, es donde empieza a abrirse la posibilidad de algo distinto.

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Vejez, dignidad y resistencia: un cuaderno de estudio sobre la lucha de Norma Plá

Este cuaderno de estudio fue elaborado por Jimena Tercero Herrera y Daniela Díaz López, estudiantes asistentes del Observatorio de Bienes Comunes, como parte de su trabajo académico durante el año 2025 en el marco de los proyectos del Observatorio y la Caja de Herramientas. Su aporte fue fundamental para el desarrollo de este material educativo orientado a la reflexión crítica sobre derechos sociales, vejez y acción colectiva.

Desde el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica compartimos el cuaderno de estudio Vejez, dignidad y resistencia popular: Norma Plá, una voz de valentía y dignidad, un material educativo que busca reflexionar críticamente sobre la defensa de los derechos sociales, la participación ciudadana y la dignidad de las personas mayores.

Este cuaderno propone un recorrido histórico y pedagógico por la vida y la lucha de Norma Beatriz Guimil de Plá (1932–1996), una mujer trabajadora que se convirtió en uno de los símbolos más visibles de la resistencia social en Argentina durante la década de 1990. En un contexto marcado por profundas reformas neoliberales —privatizaciones, ajuste fiscal y cambios en los sistemas de pensiones— Plá emergió como una voz colectiva que denunció el deterioro de las condiciones de vida de las personas jubiladas y pensionadas.

Norma Plá: una vida marcada por la dignidad y la protesta

Norma Plá nació en el conurbano bonaerense en el seno de una familia trabajadora. Desde muy joven se incorporó al mercado laboral en empleos domésticos y tareas de cuidado, trabajos históricamente precarizados y escasamente reconocidos por los sistemas de seguridad social. Como muchas mujeres de su generación, su trayectoria laboral estuvo atravesada por la informalidad, lo que la dejó sin acceso a una jubilación digna.

Durante los años noventa, cuando las políticas neoliberales redujeron el valor real de las pensiones y transformaron el sistema previsional argentino, Plá se convirtió en una referente del movimiento de jubilados y pensionados. Su presencia constante en las calles, sus intervenciones públicas y su firmeza frente al poder político la transformaron en un símbolo de dignidad y resistencia.

Cada miércoles, frente al Congreso argentino, cientos de jubilados se reunían para reclamar pensiones dignas. Aquellas protestas —conocidas como los miércoles de los jubilados— se convirtieron en un espacio de aprendizaje colectivo, donde la experiencia de vida se transformaba en denuncia pública y en construcción de conciencia social.

La protesta como pedagogía

Uno de los aportes centrales del cuaderno es mostrar que las luchas sociales no solo denuncian injusticias: también producen conocimiento. La experiencia de Norma Plá revela cómo la protesta puede convertirse en un espacio pedagógico donde las personas aprenden a leer críticamente la realidad, a organizarse colectivamente y a disputar el sentido de los derechos.

La palabra de Plá, directa y sin mediaciones técnicas, provenía de la experiencia cotidiana de la precariedad. Al llevar esa experiencia al espacio público, logró transformar un problema individual —la pobreza en la vejez— en un debate político sobre el modelo de sociedad.

Su figura también desafió estereotipos profundamente arraigados: una mujer mayor, pobre y proveniente de los márgenes sociales ocupando el espacio público, confrontando al poder y denunciando injusticias. Su presencia mostró que la vejez no es un tiempo de silencio, sino también un territorio de lucha y participación política.

Pensar las pensiones hoy

El cuaderno invita a reflexionar sobre las desigualdades estructurales que atraviesan los sistemas de pensiones en América Latina. Tanto en Argentina como en Costa Rica, las jubilaciones reproducen muchas de las desigualdades presentes en el mercado laboral: quienes han tenido empleos formales y estables acceden a mejores pensiones, mientras que quienes trabajaron en la informalidad —especialmente mujeres dedicadas a tareas de cuidado— enfrentan mayor precariedad en la vejez.

Desde esta perspectiva, la figura de Norma Plá permite pensar la seguridad social como una conquista histórica que requiere organización, debate público y participación ciudadana para ser defendida.

Un cuaderno para estudiar, dialogar y organizarse

Este cuaderno de estudio fue elaborado como una herramienta educativa para promover el análisis crítico sobre la relación entre vejez, trabajo, género y derechos sociales. Inspirado en la tradición de la educación popular latinoamericana, busca contribuir a procesos de formación colectiva que permitan comprender las raíces de las desigualdades y fortalecer la defensa de los bienes comunes.

La historia de Norma Plá nos recuerda que los derechos no son concesiones permanentes: son conquistas sociales que se defienden en la organización colectiva, la participación y la protesta.

Su legado sigue vigente hoy, cuando los debates sobre los derechos sociales, las pensiones, los cuidados y la dignidad en la vejez continúan atravesando nuestras sociedades.

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Clases que caminan: voces del 25N, lecciones vivas desde la protesta social

Este audio es un collage de voces tomadas en plena calle durante la protesta del 25 de noviembre: una clase abierta donde la gente habla de salarios dignos, defensa de la salud y la educación pública, y del cansancio frente al autoritarismo. Registrar estas intervenciones importa porque en el espacio público también se produce conocimiento; ahí se nombran problemas, se trazan horizontes y se afirma un país que no quiere quedarse callado.
Si te interesa aprender desde la calle —ese lugar donde la ciudadanía improvisa cátedras urgentes— escuchá este mosaico de voces que enseñan mientras avanzan.

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8 N Lo que aprendimos en las calles: defender la Caja es defender la vida

A trece años de la represión del 8 de noviembre de 2012, las calles volvieron a llenarse de voces en defensa de la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS). Lo que comenzó como una conmemoración se transformó en un acto de reafirmación política y ética: la salud pública es una conquista popular que hoy enfrenta una de las coyunturas más críticas desde su fundación.

En medio de consignas, banderas y testimonios, la marcha del 8 de noviembre fue también una lección. Nos recordó que la defensa de la Caja no es un asunto técnico ni institucional, sino una lucha profundamente política y moral: lo que está en juego no es solo la sostenibilidad financiera de una institución, sino la posibilidad de sostener la vida en común en un país que se pretende solidario.

Entre las voces que marcaron la jornada, destacó el testimonio de una trabajadora del cuidado que tomó el micrófono para hablar “por quienes están en la UCI cuidando a niños en fase terminal, a sus padres y abuelos”. Su intervención recordó que la defensa de la Caja es también la defensa de quienes sostienen la vida desde el trabajo cotidiano del cuidado. Denunció que el gobierno ha negado la autorización presupuestaria para continuar con el pago de licencias a estas personas, utilizándolas como instrumento de presión política y dejando en la incertidumbre a cientos de familias. “Esto no es política, esto es amor”, expresó con la voz quebrada, denunciando la estrategia gubernamental que castiga a quienes cuidan. Su mensaje condensó uno de los sentidos más profundos de la protesta: cuidar la salud pública es cuidar a quienes cuidan, y reconocer su trabajo es una deuda ética que el país no puede seguir postergando.

Un modelo en disputa: la salud como derecho o como negocio

Las organizaciones sociales coincidieron en que el deterioro institucional no es producto del azar, sino de una estrategia deliberada de desfinanciamiento y privatización. Mientras el Estado y los grandes empleadores acumulan deudas millonarias con la CCSS, los discursos oficiales insisten en que “la Caja está quebrada”. Los movimientos lo leen al revés: la Caja está siendo quebrada por decisiones políticas que facilitan la transferencia de recursos públicos hacia intereses privados.

La CCSS encarna uno de los pilares más concretos del Estado social costarricense y un ejemplo histórico de solidaridad intergeneracional y territorial. Sin embargo, desde los años noventa, la introducción de lógicas neoliberales ha intentado subordinar la salud al mercado. En este contexto, las organizaciones recalcan que no se trata de modernizar para competir, sino de recuperar su sentido de comunidad:

“La salud no es un gasto, es una inversión social”, repitieron, recordando que detrás de cada servicio hay un principio de justicia y de vida digna.

Crisis democrática y mercantilización de lo público

La protesta de este año se desarrolló en un escenario político de creciente autoritarismo. Desde el poder se deslegitima la protesta social, se ataca a las instituciones públicas y se desmantelan espacios de participación ciudadana. Ante ello, defender la Caja se ha convertido en un acto de defensa democrática: sostener la transparencia, la solidaridad y el bien común frente a un Estado cada vez más capturado por intereses empresariales.

Los movimientos alertaron sobre los intentos de fragmentar el régimen de pensiones, reducir la autonomía institucional y abrir espacios para la contratación privada. Todos estos procesos responden a una misma lógica: convertir derechos en mercancías, transformando a la ciudadanía en clientela. En palabras de una dirigenta sindical:

“Cuando se privatiza la salud, no solo se pierde un servicio; se pierde el sentido mismo de lo público, de lo que nos une como sociedad.”

Defender la Caja, en este contexto, es también resistir la cultura de la indiferencia que pretende naturalizar la desigualdad.

Unidad popular frente a la incertidumbre electoral

De cara a las elecciones de 2026, los movimientos hicieron un llamado a superar la apatía, el miedo y la fragmentación. En los discursos emergió una idea común: la defensa de la Caja no puede ser una causa aislada, sino parte de una estrategia más amplia por la justicia social y la democracia.

La unidad popular —entre sindicatos, juventudes, movimientos feministas, campesinos, indígenas y estudiantiles— se plantea como una tarea urgente para enfrentar el avance de proyectos autoritarios y ultraconservadores que amenazan los derechos conquistados.

“Defender la Caja es defender la vida, el trabajo y la dignidad del pueblo costarricense”, afirmaron desde el Frente Nacional por la Seguridad Social.

Esa dignidad implica también denunciar el discurso que intenta dividir al país entre quienes “producen” y quienes “reciben”. La seguridad social, recordaron, es un pacto colectivo que garantiza que nadie quede fuera, y no una dádiva del poder.

Horizonte común: volver a colocar la vida en el centro

La seguridad social en Costa Rica se encuentra en una encrucijada. Entre la tecnocracia que la reduce a cifras actuariales y la política que la usa como botín, los movimientos sociales plantean otro horizonte: recuperar la confianza en lo público, fortalecer la participación social en la gestión institucional y exigir que el Estado asuma plenamente sus obligaciones financieras.

Defender la Caja hoy es también repensar el modelo de país. Es preguntarnos si queremos una sociedad donde la salud, la educación y la vejez estén determinadas por la capacidad de pago o por el derecho a vivir con dignidad.

El 8 de noviembre nos recordó que los derechos se conquistan y se sostienen colectivamente. Que la calle sigue siendo el espacio donde la democracia respira. Y que mientras haya un pueblo dispuesto a levantar la voz, seguirá viva la promesa de justicia social que dio origen a la Caja Costarricense de Seguro Social.

Porque en Costa Rica, como se volvió a escuchar con fuerza:
“La Caja no se vende, la Caja se defiende.”

Palestina en las calles de Costa Rica: la solidaridad como principio

Entre las voces que se alzaron el 8 de noviembre, también resonó con fuerza la solidaridad con el pueblo palestino y en denuncia del genocidio en curso. En medio de las banderas y las consignas en defensa de la Caja, surgieron palabras de denuncia frente al genocidio en Gaza y de apoyo a quienes hoy resisten la ocupación y la violencia.

Las y los manifestantes recordaron que la defensa de la vida no conoce fronteras: que no se puede luchar por la salud pública y la justicia social sin alzar la voz ante la muerte injusta de otros pueblos. Desde esa conciencia, la causa palestina fue abrazada como parte de una misma lucha global por la dignidad humana y los derechos colectivos.

Esa conexión reafirma un principio que atraviesa toda la jornada: la solidaridad como bien común. En las calles de San José, Palestina se hizo presente no solo como consigna internacionalista, sino como recordatorio de que defender la vida, en cualquier territorio, es una responsabilidad compartida.

La protesta social: un bien común que sostiene la democracia

Entre las voces que recorrieron las calles, una frase quedó grabada en la memoria colectiva:

“La protesta social es un derecho; la represión, un delito.”

Esa afirmación resume con claridad lo que está en juego en momentos como este. La protesta no es un desorden que interrumpe la vida pública, sino una de sus expresiones más genuinas. Es el espacio donde el pueblo defiende lo que le pertenece y recuerda al poder que la soberanía no se delega por completo.

En Costa Rica, donde las conquistas sociales nacieron de la organización y la calle, la protesta sigue siendo un bien común social: una práctica colectiva que mantiene viva la democracia, permite disputar el sentido de lo público y afirmar que los derechos no se mendigan, se ejercen.

Frente a la criminalización de la disidencia y los intentos de reducir la política a la obediencia, salir a las calles es una forma de cuidar lo común. Porque cuando el pueblo se organiza y se hace escuchar, no solo defiende instituciones como la Caja: defiende el derecho mismo a tener voz, a construir futuro y a decidir en colectivo.

La protesta como memoria viva

El 8 de noviembre no solo convoca a la defensa de la Caja, sino también a la memoria de quienes resistieron la represión de 2012. A trece años de aquel episodio, las calles siguen siendo un espacio donde el recuerdo se transforma en acción. Las personas que marcharon este año no lo hicieron solo para reclamar derechos, sino para rendir homenaje a quienes fueron golpeados, judicializados y perseguidos por ejercer el suyo.

Conmemorar en la calle es una manera de decir que la historia sigue abierta. La protesta se convierte así en un acto de memoria social, donde las experiencias del pasado alimentan la conciencia colectiva y fortalecen la resistencia frente a nuevas formas de autoritarismo. Cada pancarta y cada consigna recuerdan que los derechos sociales —como la salud, la educación y la seguridad social— fueron conquistados por la organización popular y solo se mantienen vivos cuando el pueblo los defiende.

El 8 de noviembre es, por tanto, una fecha de lucha, pero también de gratitud: un recordatorio de que la memoria no pertenece a los archivos, sino a las calles donde sigue latiendo la esperanza.

🎧 Escuchá las voces del 8 de noviembre

El Observatorio de Bienes Comunes acompañó la manifestación y registró el pulso vivo de la jornada: consignas, discursos y emociones que dieron forma a un testimonio colectivo en defensa de la Caja y de la vida. Este registro sonoro es una invitación a volver a las calles con el oído y el corazón, a escuchar lo que se dijo, lo que se sintió y lo que aún resuena. Porque la memoria también se construye con sonido, y cada voz grabada recuerda que los bienes comunes se defienden juntas, desde la palabra y desde la calle. Pueden escucharlo aquí.

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“La Caja no se vende, la Caja se defiende”: voces desde la calle en defensa de la vida

El Observatorio de Bienes Comunes acompañó la manifestación del 8 de noviembre, una jornada donde miles de personas volvieron a ocupar las calles para defender la Caja Costarricense de Seguro Social (CCSS), símbolo de la solidaridad y de la justicia social en el país.

El audio compartido —un collage de voces y consignas— recoge la fuerza de un movimiento diverso que reunió a sindicatos del magisterio, organizaciones estudiantiles, feministas, campesinas e indígenas, así como personas usuarias y trabajadoras de la Caja. En cada intervención resonó la memoria del 8 de noviembre de 2012, cuando la represión estatal intentó acallar una protesta en defensa de la CCSS. Trece años después, la herida sigue viva, pero también la convicción de que la salud no es un negocio, sino un derecho.

Entre las voces se insistió en que la deuda del Estado y las políticas neoliberales amenazan la sostenibilidad de la institución, mientras crece la tentación de privatizar lo público. En el marco de un nuevo proceso electoral, las organizaciones alertaron sobre el riesgo de que la caja, la educación y las universidades públicas se conviertan nuevamente en botín político o terreno de ajuste.

Defender la Caja —recordaron desde el Frente Nacional por la Seguridad Social— es defender la vida digna, el trabajo decente, el derecho a la salud y la memoria de quienes, desde hace más de ocho décadas, hicieron posible un modelo solidario.

🎧 Escuchá aquí el testimonio sonoro de la jornada: un eco colectivo que recuerda que los bienes comunes también se defienden desde la calle.

 

Palestina también resuena en las calles de Costa Rica

Durante la manifestación del 8 de noviembre, entre las consignas en defensa de la Caja Costarricense de Seguro Social, también se alzaron voces solidarias con el pueblo palestino. En medio de tambores, banderas y discursos, la causa por la salud pública se entrelazó con la denuncia del genocidio en Gaza, recordando que la defensa de la vida no tiene fronteras.

Estas intervenciones afirmaron que la lucha por la justicia social y los bienes comunes es inseparable de la solidaridad internacionalista: cuando un pueblo es atacado, todos los pueblos que resisten sienten la herida. Desde Costa Rica, las voces que defienden la Caja se sumaron al clamor global por un alto al fuego y por el respeto a la dignidad del pueblo palestino, reafirmando que la vida —en cualquier territorio— nunca debe ser una mercancía ni un objetivo de guerra.

La memoria sonora de la protesta

Registrar y compartir los sonidos de una manifestación es también una forma de hacer memoria. Cada consigna, cada tambor y cada voz guardada en estos archivos sonoros reconstruye la historia viva de las luchas sociales y permite que las generaciones futuras escuchen lo que se quiso silenciar. Estos testimonios son parte del patrimonio político y afectivo del país: resguardan la emoción colectiva, la resistencia y la palabra de quienes defienden lo común. Escuchar es, también, una forma de cuidar la memoria.

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Rebelión Popular en Panamá: Voces desde la Resistencia

El pasado sábado 5 de julio, el Partido Revolucionario de las y los Trabajadores (PRT) organizó un conversatorio virtual e híbrido para analizar la crítica situación social y política que atraviesa Panamá. La actividad reunió a destacadas voces del pensamiento y la militancia latinoamericana: Giovanni Beluche (académico y dirigente sindical), Priscilla Vásquez (Propuesta Socialista Panamá – UIT-CI), David Morera (PRT Costa Rica – Sección de la Liga Internacional Socialista), y Paola Zeledón (Pan y Rosas / La Izquierda Diario).

El evento abordó el contexto de movilización social panameña que ha estallado en respuesta al intento de reinstalar un proyecto minero rechazado por el pueblo, la criminalización de luchadores sociales, la crisis del sistema de pensiones, y la represión brutal encabezada por el gobierno de José Raúl Mulino. Las ponencias destacaron la valentía del pueblo panameño frente a un modelo neoliberal autoritario, apoyado por el imperialismo estadounidense y respaldado por sectores empresariales locales.

Los y las expositoras señalaron que la ofensiva represiva no ha logrado apagar la llama de una rebelión que articula a trabajadores bananeros, docentes, estudiantes, pueblos indígenas y sectores urbanos en lucha. También se enfatizó el papel de la solidaridad internacional, la importancia de rechazar cualquier salida burguesa a la crisis y la necesidad de construir alternativas políticas desde abajo, con independencia de clase.

Durante la actividad, se recordó el legado de resistencia de Panamá y se denunció la instalación encubierta de bases militares, la impunidad de la clase política y la violencia ejercida contra mujeres y comunidades originarias. En un ambiente de análisis crítico y compromiso militante, se reiteró el llamado a romper el cerco mediático y a sostener activamente la solidaridad desde Centroamérica y más allá.

Este encuentro fue una muestra clara de que las luchas en Panamá no son locales ni aisladas: son parte de una batalla continental contra el autoritarismo, el saqueo y la subordinación imperialista. Y como afirmó uno de los panelistas, “la clase trabajadora panameña ha dado un ejemplo a todo el continente: la lucha no ha terminado, apenas comienza”.

Panamá hoy: entre la resistencia popular y el endurecimiento autoritario

La situación actual en Panamá es el resultado de una profunda crisis del modelo neoliberal impuesto desde hace décadas, agudizada por un gobierno que responde a los intereses del capital transnacional y del imperialismo estadounidense. Bajo la administración de José Raúl Mulino, el país ha entrado en una etapa de represión abierta, concentración del poder y despojo de derechos sociales, especialmente contra quienes se movilizan.

En los últimos meses, Panamá ha vivido un levantamiento popular multisectorial sin precedentes recientes. Las calles han sido ocupadas por educadores, estudiantes, comunidades indígenas, trabajadores bananeros, movimientos feministas y ambientalistas. Las demandas han sido claras: derogación de la Ley 421 que precariza las pensiones, rechazo a la reapertura del proyecto minero Cerro Colorado, defensa del río Indio frente a la amenaza de embalses, y oposición a la instalación de nuevas bases militares estadounidenses en suelo panameño.

Estas luchas, sin embargo, han sido enfrentadas con una brutal represión de Estado. Se han documentado detenciones arbitrarias, agresiones sexuales, desapariciones y asesinatos, especialmente contra mujeres, jóvenes y personas indígenas. Sindicatos combativos como el SUNTRACS han sido criminalizados, y líderes sociales enfrentan persecución, exilio o prisión. La represión no solo busca desarticular las protestas, sino también imponer miedo como estrategia política.

A pesar de este contexto, la lucha panameña ha demostrado una resiliencia histórica. Las raíces de esta resistencia se hunden en procesos previos: la gesta por la recuperación del Canal, la lucha contra la invasión militar estadounidense de 1989, y las huelgas sindicales de las últimas décadas. Hoy, esa memoria vuelve a florecer en un pueblo que no está dispuesto a ser silenciado.

Esta crisis también expone el agotamiento del modelo político panameño: un sistema profundamente desigual, sin garantías democráticas reales, y con una economía que favorece a una élite oligárquica mientras más del 50% de la población vive en condiciones de informalidad y pobreza. La supuesta “prosperidad panameña”, muchas veces mostrada como ejemplo por organismos financieros, esconde una profunda fractura social, especialmente en las zonas rurales, indígenas y empobrecidas.

En este contexto, las movilizaciones no solo son un acto de defensa: son una apuesta por un nuevo horizonte democrático y popular. La lucha en Panamá interpela al resto de Centroamérica y del continente, recordándonos que frente al avance del autoritarismo y el capital, la unidad, la solidaridad y la organización desde abajo son la clave para sostener la esperanza y abrir caminos nuevos.

La protesta social: bien común que teje comunidad e identidad

Más allá de la coyuntura panameña, el encuentro impulsado por el PRT permitió reflexionar sobre un aspecto fundamental para los pueblos de Nuestra América: la protesta social como un bien común. En un contexto de creciente autoritarismo y criminalización de la disidencia, la protesta no es solo un derecho: es una práctica colectiva que crea vínculos, fortalece identidades populares y reconstruye lo común en medio de la fragmentación impuesta por el modelo neoliberal.

Las voces participantes en el conversatorio subrayaron que las luchas que hoy movilizan a docentes, comunidades indígenas, trabajadores bananeros, juventudes y mujeres en Panamá no surgen del vacío: brotan de una memoria colectiva de dignidad y organización que se actualiza en cada marcha, huelga o bloqueo. Así, la protesta se convierte en territorio simbólico y afectivo, donde el pueblo se reconoce, se encuentra, y reafirma su potencia transformadora.

Proteger y acompañar estas expresiones es fundamental. No solo porque enfrentan regímenes autoritarios, sino porque son semillas de otro mundo posible, donde los pueblos no se resignan al despojo ni a la obediencia, sino que reafirman su derecho a decidir sobre su destino y sobre los bienes comunes que sostienen la vida.

Desde esta mirada, la protesta social es parte del patrimonio vivo de los pueblos, una fuente de aprendizaje democrático, un acto de cuidado mutuo y una herramienta esencial para la defensa de la justicia social, ambiental y territorial.

Tejiendo puentes: el valor político de los conversatorios internacionales

La realización de este tipo de encuentros por parte del Partido Revolucionario de las y los Trabajadores (PRT) de Costa Rica no es un gesto menor. En medio de un contexto regional marcado por el avance de proyectos autoritarios, la fragmentación social y la criminalización de la protesta, generar espacios de diálogo entre pueblos y organizaciones representa un acto profundamente político y necesario.

Este conversatorio sobre la situación en Panamá no solo brindó información y análisis de coyuntura. También permitió fortalecer la identidad latinoamericana y caribeña de las resistencias, haciendo visibles las conexiones que existen entre las luchas sociales en ambos países y en toda la región. En un momento en que el capital y el autoritarismo avanzan de manera transnacional, la solidaridad y la articulación desde abajo también deben ser internacionales.

El hecho de que una organización costarricense convoque y escuche activamente a voces panameñas en lucha –y que lo haga con una perspectiva crítica, desde la independencia de clase y el internacionalismo– es una apuesta por construir tejidos de confianza, memoria compartida y acción común. Estos espacios permiten que quienes resisten en un territorio sepan que no están solos ni aislados, y que su lucha resuena más allá de las fronteras impuestas.

Además, fortalecen la pedagogía política popular: invitan a reflexionar, a cuestionar el modelo dominante, y a ensayar nuevas formas de organización y acompañamiento entre pueblos. Son, en sí mismos, actos de construcción de lo común continental, donde la palabra, la escucha y la reflexión se convierten en herramientas para la emancipación colectiva.

En tiempos donde los gobiernos endurecen sus fronteras y los medios silencian la protesta, la iniciativa de espacios como estos se vuelve un gesto urgente de cuidado político, de memoria viva y de apuesta estratégica por una América Latina unida desde sus luchas, no desde los discursos institucionales.