No hay una receta para construir lo común. El camino se construye en la práctica, en la escucha y en la organización, pero también en diálogo con las condiciones concretas de cada territorio. Esta es una de las ideas que atraviesan las reflexiones compartidas por compañeras y compañeros zapatistas en los encuentros y Semilleros realizados durante 2026 en el CIDECI-Unitierra y en el Semillero “Comandanta Ramona”. En estas intervenciones, lo común no aparece como un modelo terminado ni como una fórmula que pueda trasladarse de una comunidad a otra. Aparece, más bien, como una práctica que se ensaya, se discute, se corrige y se sostiene colectivamente; un proceso cuyo sentido se construye desde las experiencias concretas de quienes lo viven.
Hablar de una metodología de lo común no significa elaborar un manual con pasos que puedan aplicarse de la misma manera en cualquier territorio. Significa, más bien, preguntarse cómo las comunidades construyen sus propias formas de hacer, aprender y organizarse a partir de lo que viven, de los problemas que enfrentan y de los saberes que ya poseen.
Esta perspectiva parte de una premisa fundamental: la práctica colectiva no es únicamente el espacio donde se aplica el conocimiento; también es uno de los lugares donde ese conocimiento se produce. Se aprende haciendo, experimentando, equivocándose, encontrando soluciones y volviendo a intentar. La teoría, en este sentido, no antecede necesariamente a la acción: puede surgir de ella, regresar a ella y transformarse nuevamente a partir de la experiencia: La práctica no es el lugar donde se aplica el conocimiento: también es el lugar donde el conocimiento se construye.
Aprender haciendo
Si el conocimiento se produce en la práctica, entonces el error adquiere otro significado. No necesariamente representa un fracaso ni una interrupción del camino. Puede ser, por el contrario, una oportunidad para comprender lo ocurrido, revisar las decisiones tomadas y encontrar nuevas formas de continuar.
Cuando algo no funciona, la respuesta no consiste necesariamente en abandonar el proceso. Consiste en observar, corregir, aprender y volver a intentar. Es en ese movimiento —entre acción, reflexión y nueva acción— donde se va construyendo una experiencia colectiva capaz de producir sus propios aprendizajes.
Por eso, la metodología de lo común se distancia de la idea de un manual universal. Un manual supone que existe una respuesta previamente elaborada que puede trasladarse de un lugar a otro. Pero ninguna comunidad parte de cero ni vive las mismas condiciones: cada una tiene su historia, sus necesidades, sus conocimientos, sus conflictos, sus capacidades y sus formas particulares de organización.
Cada realidad requiere respuestas situadas.
De ahí que la creatividad, la adaptación e incluso la improvisación no sean elementos secundarios del proceso. Son capacidades necesarias cuando se trabaja con realidades que cambian y que no pueden ser completamente previstas de antemano. Aprender haciendo supone, también, aprender a modificar el camino.
Y modificar el camino exige reconocer algo más: toda práctica ocurre en un territorio y en un tiempo determinados. No basta, entonces, con preguntarse qué hacer. También es necesario preguntarse para quién, dónde y pensando en qué horizonte.
Pensar más allá del presente
Esta dimensión temporal aparece con fuerza en las reflexiones zapatistas a través de una invitación a pensar en un horizonte de 120 años. La imagen desplaza la mirada de los resultados inmediatos hacia varias generaciones y obliga a considerar que algunas decisiones de hoy solo mostrarán sus consecuencias mucho después.
Construir lo común implica, entonces, preguntarse qué estamos dejando a quienes vendrán: a los hijos, los nietos, los bisnietos y los tataranietos.
Este horizonte transforma también la manera de entender la acción colectiva. No todas las transformaciones producen beneficios visibles para quienes las comienzan. Algunas tareas pueden requerir años o incluso generaciones antes de mostrar plenamente sus frutos. Trabajar para el común significa aceptar esa dimensión del tiempo y actuar aun cuando los resultados no sean inmediatos: Construir lo común también significa trabajar para quienes todavía no han llegado.
Pensar a largo plazo no significa, sin embargo, imaginar que todas las comunidades avanzarán al mismo ritmo. Algunas pueden estar comenzando mientras otras llevan décadas construyendo alternativas. Hay procesos que avanzan, retroceden, se detienen y vuelven a comenzar. El tiempo de lo común tampoco es uniforme.
Esta atención al tiempo conduce nuevamente al territorio. Si los procesos tienen ritmos diferentes, es porque también se desarrollan en condiciones diferentes. Por eso, cualquier metodología que pretenda construir lo común debe comenzar por reconocer el lugar concreto desde el cual se actúa.
Cada territorio tiene su propio camino
Una metodología de lo común no puede separarse de las condiciones materiales, históricas y culturales de cada territorio. La geografía, las tradiciones, las formas de organización, los saberes disponibles y los tiempos de cada comunidad forman parte del problema y, al mismo tiempo, de las posibilidades para construir respuestas.
Por eso no se trata de trasladar un modelo de un territorio a otro. Lo que puede compartirse son experiencias, preguntas, principios y aprendizajes; el camino concreto debe construirse en cada lugar.
De ahí la importancia de una afirmación presente en estas reflexiones: “No estamos dando receta.”
La experiencia zapatista, desde esta perspectiva, no aparece como un modelo terminado que deba copiarse. Puede ser una fuente de aprendizaje precisamente porque muestra la importancia de construir desde las condiciones propias. Su valor no está en ofrecer una fórmula, sino en abrir preguntas sobre cómo organizarse, cómo aprender y cómo sostener procesos colectivos.
Esto supone también evitar el paternalismo. Reconocer que cada territorio tiene su propio camino implica confiar en las capacidades que ya existen en las comunidades y asumir que las respuestas no necesariamente deben llegar desde fuera.
Pero reconocer el territorio no significa únicamente reconocer una geografía o una identidad. También significa mirar cómo se sostiene materialmente la vida en ese territorio: quién produce, quién cuida, quién transforma, quién sabe y de qué manera todas esas actividades se relacionan.
La conexión comienza en lo material
Hablar de comunidad no debería quedarse en el terreno de las ideas. La interdependencia se vuelve visible cuando observamos aquello que hace posible la vida cotidiana.
Quien trabaja la tierra produce alimentos; otras personas producen herramientas, cuidados, conocimientos u otros bienes necesarios para sostener la vida colectiva. Cada actividad se relaciona con otras y ninguna existe completamente aislada “Yo soy trabajador del campo, produzco la alimentación…”
La frase nos permite desplazar la discusión desde una idea abstracta de comunidad hacia una pregunta concreta: ¿qué necesitamos unas personas de otras para vivir?
La respuesta muestra que la interdependencia no es una aspiración. Ya existe en el trabajo cotidiano. Lo que está en juego es cómo reconocerla y, sobre todo, cómo organizar el trabajo y la vida de acuerdo con ella.
Así, construir lo común no consiste solamente en afirmar que dependemos mutuamente. Consiste en crear formas de organización capaces de hacer visible esa relación y de fortalecerla.
Pero para reorganizar las relaciones sociales no basta con modificar estructuras externas. También es necesario revisar algunas de las ideas y hábitos que hemos aprendido a considerar normales.
Desaprender para recuperar otros saberes
Construir de otra manera requiere, en ese sentido, un ejercicio de desaprendizaje. Hay formas de relacionarnos que pueden obstaculizar la construcción de lo común: la competencia permanente, el individualismo, la búsqueda de resultados inmediatos, determinadas jerarquías y una lógica de consumo que puede convertir las relaciones en intercambios entre individuos aislados.
Desaprender no significa quedarse sin conocimientos. Significa preguntarse qué hemos aprendido, qué relaciones reproducen esos aprendizajes y qué otros saberes han quedado desplazados o desvalorizados.
Ahí adquieren particular importancia los conocimientos que permanecen en las comunidades. Las personas mayores, por ejemplo, conservan experiencias vinculadas con la tierra, el trabajo, la organización comunitaria y formas de vida que pueden dialogar con otros conocimientos y con los desafíos del presente.
El propósito no es rechazar la ciencia ni establecer una oposición simple entre conocimiento científico y saberes ancestrales. El desafío consiste en ponerlos en diálogo con la experiencia cotidiana y preguntarse para qué y al servicio de quién se produce el conocimiento.
El desafío es construir una ciencia al servicio de la vida y del común.
Este ejercicio de desaprender y recuperar saberes también abre un espacio para imaginar otras formas de relación. Si queremos transformar la manera en que convivimos, necesitamos experimentar no solo en el trabajo y en la organización, sino también en aquellas actividades que construyen vínculos cotidianos.
Crear nuevas formas de relacionarnos
El arte, el juego y el deporte pueden parecer ámbitos alejados de las discusiones sobre organización y comunidad. Sin embargo, también allí se aprenden formas de relacionarse con otras personas.
La pregunta, por tanto, no es únicamente qué actividades realizamos, sino qué relaciones producen esas actividades.
Una práctica puede organizarse alrededor de la competencia individual, colocando el énfasis en quién gana y quién pierde. Pero también puede transformarse en una experiencia colectiva en la que se reconozcan la cooperación, la participación y el valor del grupo.
La cuestión de fondo es: ¿Cómo crear actividades que fortalezcan la cooperación en lugar de reproducir permanentemente la competencia?
No hay una respuesta predeterminada. Y esto nos devuelve a una de las ideas centrales de la metodología de lo común: también aquí hay que experimentar. Crear otras relaciones requiere espacios donde sea posible probar, equivocarse, modificar y volver a intentar.
Sin embargo, experimentar con otras formas de relación no significa que el camino esté libre de obstáculos. Las transformaciones encuentran resistencias, incertidumbres y, especialmente, miedo.
Frente al miedo, organización
Toda transformación enfrenta obstáculos. El miedo puede aparecer cuando una situación parece demasiado grande, cuando las posibilidades de cambio parecen escasas o cuando el costo de actuar resulta incierto.
El problema no es simplemente sentir miedo. El problema aparece cuando ese miedo termina convirtiéndose en resignación y hace parecer inevitable aquello que podría ser transformado.
Frente a ello, la organización adquiere un papel central. Organizarse permite compartir responsabilidades, reunir generaciones, poner en común conocimientos y construir acuerdos. Pero no se reduce a crear una estructura formal: también puede convertirse en una manera cotidiana de relacionarse y de enfrentar colectivamente aquello que una persona aislada difícilmente podría resolver: “La organización permite transformar el miedo en capacidad colectiva para actuar”.
La organización, entonces, conecta varias de las dimensiones anteriores. Permite convertir la experiencia en aprendizaje compartido, relacionar capacidades distintas, sostener procesos en el tiempo y construir respuestas adecuadas a las condiciones de cada territorio.
De ahí que la pregunta no sea solamente qué nos preocupa o qué nos da miedo, sino qué hacemos colectivamente frente a ello.
Dos caminos: resignarse u organizarse
En este punto aparece una disyuntiva sencilla, pero decisiva: aceptar que “no se puede” o decidir no resignarse.
La resignación puede surgir cuando los problemas parecen demasiado grandes, cuando se piensa que corresponde a otras personas resolverlos o cuando el futuro se convierte en una razón para posponer indefinidamente la acción.
La otra posibilidad consiste en organizarse y comenzar desde el presente, aun sin contar con todas las respuestas.
Organizarse no significa tener un plan completo ni saber de antemano cuál será el resultado. Significa asumir que las respuestas pueden construirse colectivamente mediante la práctica. Por eso, la organización no es únicamente una decisión inicial: es un ejercicio permanente de aprendizaje, ajuste y creación.
Y si organizarse significa construir respuestas colectivas, entonces también exige una capacidad que atraviesa todo el proceso: escuchar.
Escuchar también es una forma de aprender
La construcción de lo común requiere diálogo, pero dialogar no significa simplemente hablar. Significa estar dispuesto a reconocer que otras personas pueden utilizar palabras diferentes, tener experiencias distintas o haber llegado a una conclusión semejante siguiendo otro camino.
Una de las imágenes más sugerentes de estas reflexiones es la de quienes toman nota de una palabra que no conocen y después buscan su significado para completar el “rompecabezas”. La imagen expresa una disposición fundamental: escuchar incluso cuando no comprendemos inmediatamente y mantener abierta la posibilidad de aprender.
Escuchar implica, por tanto, suspender la necesidad de tener una respuesta inmediata. También supone aceptar que el conocimiento puede encontrarse en lugares, experiencias y personas que no reconocemos inicialmente como fuentes legítimas de saber.
El diálogo no tiene como objetivo que todas las personas piensen exactamente igual. Puede consistir, más bien, en reconocer diferentes caminos hacia problemas, experiencias o conclusiones compartidas.
En ese sentido, escuchar no es una etapa posterior a la organización. Es una de las condiciones que permiten organizarse de otra manera.
Nueve claves para pensar una metodología de lo común
Al recorrer estas reflexiones aparece una serie de principios que no funcionan como pasos de un método cerrado, sino como pistas para orientar la práctica:
- Partir de la práctica. El conocimiento también se construye haciendo, experimentando y aprendiendo de los errores.
- Pensar a largo plazo. Las transformaciones deben considerar a las generaciones futuras y no limitarse a los resultados inmediatos.
- Reconocer cada territorio. No existen soluciones idénticas para todas las comunidades; las respuestas deben construirse desde condiciones concretas.
- Construir desde la interdependencia. La vida cotidiana muestra cuánto necesitamos de otras personas y de otros trabajos.
- Desaprender. Es necesario cuestionar formas de relación basadas en el individualismo, la competencia y la inmediatez.
- Crear. El arte, el juego y otras prácticas pueden convertirse en espacios para experimentar relaciones diferentes.
- Enfrentar el miedo. El miedo puede reconocerse sin permitir que se convierta en una razón para paralizarse.
- Organizarse. La organización permite transformar preocupaciones individuales en capacidad colectiva.
- Escuchar. El diálogo requiere reconocer otros saberes, experiencias y caminos.
Estas claves no deben entenderse como una secuencia rígida. Se cruzan y se retroalimentan. Se aprende haciendo, pero también escuchando; se organiza desde las condiciones de cada territorio; se piensa el presente desde las generaciones futuras; se desaprenden relaciones para poder crear otras nuevas.
Por eso, más que un método acabado, lo que aparece es una forma de caminar.
El camino se construye al andar
Una metodología de lo común no ofrece respuestas prefabricadas. Su propuesta consiste, precisamente, en construir respuestas desde los territorios, a partir de la experiencia, la organización, la escucha y el diálogo.
Es un proceso que requiere tiempo y que no puede separarse de la capacidad de aprender de los errores. Supone aceptar que algunas respuestas tendrán que modificarse, que algunos caminos no funcionarán y que las condiciones cambiarán. La incertidumbre no es, entonces, una falla del proceso: forma parte de él.
En última instancia, la pregunta no es cuál es el método correcto, sino cómo construir colectivamente formas de vida capaces de sostenerse en el tiempo y de dejar una herencia distinta a quienes vendrán.
Como recuerdan estas reflexiones: “Hay que organizarse… si no, no hay herencia buena que le vamos a dejarle a los hijos, los nietos, los bisnietos y los tataranietos.”
La frase devuelve la mirada al comienzo. Si no existe una receta, tampoco existe un camino completamente trazado. Lo que existe es la posibilidad de construirlo colectivamente: aprendiendo de la práctica, reconociendo los territorios, pensando más allá del presente, recuperando saberes, creando otras relaciones, enfrentando el miedo, organizándose y escuchando.
El camino se construye mientras se camina, se aprende y se organiza.
Referencias:
Subcomandante Insurgente Moisés. (2026, 9 de agosto). Compartición “El Común Hoy” (o sea cómo va lo del Común actualmente en las comunidades zapatistas). YouTube.
Subcomandante Insurgente Moisés, & Capitán Insurgente Marcos. (2026, 23 de julio). Palabras del Subcomandante Insurgente Moisés y el Capitán Insurgente Marcos. Semillero Guerra contra la Humanidad (Las poblaciones y la naturaleza bajo asedio). YouTube.















