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Las venas abiertas de los Bienes Comunes: Nuestros bosques

Con el pasar del tiempo los extractivismos han tendido a ensanchar cada vez más sus fronteras. La búsqueda de “riqueza” mediante el despojo y la sobreexplotación sigue marcando el destino de nuestros bienes comunes. Un buen indicador es la cantidad de denuncias ambientales que se registran en nuestro país, de estas podemos destacar que en materia forestal representan el 48%. De ese porcentaje, un 78% corresponde a actividades relacionadas con la tala y el aprovechamiento forestal. ¿Cómo comprender esta voracidad?

Ninguno de los fenómenos que podríamos citar son nuevos: tala ilegal, biopiratería, cambio de uso del suelo para ampliar las tierras de cultivo o ganadería, entre otras. Esto nos evidencia la constante y creciente presión sobre nuestros bosques, convirtiéndolos en escenarios recurrentes de conflictos y despojo, pero también nos alerta sobre la cantidad de intereses que rondan sobre estos importantes ecosistemas.

En las últimas décadas se ha desarrollado una forma de acaparamiento más sofisticada. Con el creciente protagonismo de la economía verde surgió la noción de “Capital Natural”, impulsada con los avances tecnológicos (especialmente la biotecnología), logrando no solo la mera “extracción de recursos”, sino también la incorporación de los procesos naturales; es decir, la integración plena de la naturaleza, al mercado.

Encontramos también como cómplice el “Corporativismo Ambiental”, refiriéndose a quienes ven la financiarización de la naturaleza como el camino “indicado” para el ahorro de energía, la disminución de los desechos y la compensación de su huella ecológica.

Esta tendencia introduce nociones de “eficiencia y rentabilidad” en nuestros ecosistemas; sin embargo, esto es incongruente con la complejidad que representan las interacciones en nuestros territorios naturales. Esta lógica es parte de la dinámica que desea vender la “economía verde”, es decir, una economía acrítica y sin el menor sentido político.

Los bosques albergan y protegen muchos otros bienes naturales como la biota (que incluye flora y fauna), el agua, el suelo, minerales, sumideros de carbono, entre otros. En esta lista encontramos algunos de los bienes naturales más apetecibles para un sinnúmero de corporaciones que buscan su privatización.

Indicamos lo anterior porque a través del posicionamiento de mecanismos, como los mercados de carbono o las tecnologías verdes, estos convierten lo que antes se entendía como externalidades negativas (como la contaminación o el consumo desmedido de energía) en potenciales nichos de negocios.

Estos mecanismos resultan opacos en cuanto a resultados, pero abren espacios a nuevos tipos de extractivismos: títulos de carbono (que básicamente es la privatización de bosques), plantaciones forestales (como la teca y melina), parques energéticos, minería verde, etc.

Todas estas experiencias comparten una premisa: no hay un cuestionamiento real sobre la producción o el consumo, sino a lo sumo una “ingenua” compensación. Esto tiende a solapar una homogeneización destructiva (una adaptación que no cuestiona el modelo dominante), más cercana a una “política de monocultivo” que a una política de la vida.

Durante décadas, nuestros pueblos y sus bosques han venido resistiendo ante los embates de diversos extractivismo (madereros, agroindustria, ganadería, minería, por citar algunos). Sin embargo, se ha sumado ahora la financiarización de la naturaleza.

¿Cuánto podrán resistir? Dependerá de muchos factores, así como del acompañamiento que podamos brindarles a todas esas personas defensoras ambientales, que día a día denuncian los atropellos de un sistema económico que sigue ensanchando su frontera extractiva.

El escenario es poco alentador, durante tantos años de resistencia ha prevalecido una impunidad ambiental ante los atropellos y sobreexplotación de los bosques. Hemos aprendido algo: todo abuso sobre nuestros ecosistemas conlleva una violación constante de los derechos humanos.

Pueblos y bosques caminan juntos, por esta razón, más que nunca se debe garantizar seguridad a las personas defensoras ambientales; pero también se les debe reconocer su labor de cuidado en las dimensiones legales e institucionales, ya que son la última esperanza, por no decir la última frontera de la vida.

 

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Explorando las venas abiertas de los bienes comunes: La tierra y la soberanía alimentaria – Artículo e infografía Semanario Universidad

 

¿Es lícito confundir la profundidad de una clase con el bienestar de un país?
Eduardo Galeano

Parece curioso hablar sobre la tierra en tiempos de la exacerbación tecnológica y la economía del conocimiento; sin embargo, reflexionar sobre la situación de la tierra en Costa Rica no es un asunto menor. La tierra es un bien común no renovable, que nos alberga y garantiza muchos otros (agua, bosques, biodiversidad, alimentos), que tiene un lazo intrínseco para el sostén de la vida. Por ello, resulta relevante cuestionarnos: ¿En qué situación se encuentra el uso y tenencia de la tierra?

Una de las principales dimensiones que nos ayudan a caracterizar la “salud” de la tierra en nuestras sociedades es la forma y modo en que se encuentra distribuida. Por esta razón, nos gustaría dar algunas pistas al respecto. Si miramos el Censo Agropecuario del 2014, nos enteramos de que el país cuenta con una extensión de 2,4 millones de hectáreas con fincas agropecuarias. Esto es casi el 47% de la superficie total del territorio nacional.

Según el Plan Nacional de Agricultura Familiar de Costa Rica 2020-2030, solamente el 26% de todas las fincas forma parte de la agricultura familiar. Estas se destinan a todos los usos (pasto, bosque, siembra) y su extensión promedia las 12.6 hectáreas. Otro 56% del total de la superficie con producción agropecuaria, corresponde a fincas de 100 o más hectáreas. Es significativo el número de fincas con tales dimensiones, en comparación con las de agricultura familiar, por lo que nos cuestionamos: ¿qué se está sembrando en esas grandes fincas?

Según el Censo del 2014, el 32% de la producción total corresponde tanto a cultivos agroindustriales (palma aceitera y caña azúcar) como a frutas frescas (piña, banano, melón, naranja). Ambas son actividades orientadas a la agroexportación y dependientes de grandes extensiones de tierra para su productividad y rentabilidad. En cambio, si sumamos arroz, maíz, frijol, papa y cebolla, a lo sumo se llega al 5% de la tierra sembrada, sin importar la extensión de la finca, lo cual nos permite afirmar que hay una presencia minoritaria de cultivos para el consumo local.

Si afinamos nuestra observación, nos damos cuenta de que la producción de alimentos en realidad es bastante reducida, ya que si sumamos la extensión de ganado vacuno y café, ambos representan el 50% de la producción total de estas fincas. Es así que la producción de alimentos se encuentra en una tendencia de disminución por la imposición del modelo de la agroindustria, colocando a la soberanía alimentaria en una alta vulnerabilidad.

Recordemos que con esta pandemia, la condición de las pequeñas producciones ha sido golpeada y se ha disminuido la demanda de su producción. Sus canales de distribución y comercialización se han visto perjudicados, agudizando esta tendencia a disminuir su presencia en la economía nacional, lo cual es preocupante.

Aquí encontramos dos tendencias: por un lado tenemos una mayor concentración de la tierra en pocas manos bajo producción agroindustrial, y por otro lado un modelo de agricultura familiar que se ha visto obligado a competir con la producción agroindustrial, desplazando otros cultivos y profundizando las desigualdades socioeconómicas.

Esta tendencia histórica hacia la agroindustria profundiza el uso de agroquímicos para el sostenimiento de la producción, haciendo caso omiso al impacto ambiental y las externalidades negativas. Finalmente, han sido las comunidades que viven alrededor de estas grandes plantaciones, las que se han visto directamente afectadas por la contaminación de sus fuentes de agua, o enfermedades en la piel, respiratorias y digestivas.

¿Qué nos dice todo esto? Hay una creciente desigualdad en el acceso y el tipo de actividades agropecuarias. La situación se vincula estrechamente con los extractivismos, ya que es un modelo productivo basado en la agroindustria y la ganadería de grandes extensiones, que impregnan y redefinen el sentido de las prácticas sobre la tierra, sin importar de qué tipo de extensión hablemos.

Cuando veamos las estadísticas del comercio exterior alegrándose de las grandes exportaciones de la agroindustria, recuerden que la salud de la democracia pasa también por la tierra, y como dice el dicho “quien por mucho deja lo poco, suele perder lo uno y lo otro”. La agricultura familiar campesina representa una forma de propiedad y gestión más equitativa y democrática de la tierra, si continúa esta posiciòn minoritaria y al margen de sistemas agroecológicos, seguiremos vulnerando nuestros bienes comunes naturales, y con esto el sostén de nuestra vida.

Observatorio de Bienes Comunes Agua y Tierra

Luis Andrés Sanabria Zaniboni

Puede descargar el artículo aquí.

 

Tomado de: https://semanariouniversidad.com/opinion/explorando-las-venas-abiertas-de-los-bienes-comunes-la-tierra-y-la-soberania-alimentaria/

argentina

Memorias Colectivas como Bienes Comunes: Memorias Colectivas en Argentina – Entrevista con Alba Pereyra Lanzillotto

En esta ocasión compartirnos con Alba Pereyra Lanzillotto sobre las Memorias Colecivas, y en especial la lucha por la Memoria en Argentina, abordamos con ella sobre ¿Qué es la memoria colectiva? ¿Qué territorios se disputan para su revindicación? ¿Qué prácticas están relacionadas para su cuidado?

Sentires y Saberes es un espacio del Observatorio de Bienes Comunes del Programa Kioscos Socioambientales y del Centro de Investigación y Estudios Políticos de la Universidad de Costa Rica con el fin de profundizar la reflexión en torno a los Bienes Comunes, sobre su origen, propiedad y gestión.

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Ecopedagogías en Contexto Aproximaciones y desafíos para las perspectivas educativas – João Colares

Nos acompaña el investigador y educador popular brasileño João Colares que nos comparte algunas reflexiones sobre el contexto actual de las pedagogías, sus tendencias dominantes neoliberales y los desafíos que representan para aquellos procesos que apuestan por procesos educativos mas democráticos y solidarios. Con esta motivación nos invita a reflexionas sobre la apuesta que significan las ecopedagogías y sus aportes en el contexto actual.

Artículo mencionado: MOTA NETO, J. C. DA M. N. Espiritualidade, Sensibilidades e Produção do Conhecimento em Tempos de Coronavírus: uma Escrevivência sobre o Sagrado e as Ecopedagogias Decolonias. Religare: Revista do Programa de Pós-Graduação em Ciências das Religiões da UFPB, v. 17, n. 1, p. 41-78, 28 set. 2020.

Pueden descargar el artículo en portugués de João Colares aquí

porque

¿Otro observatorio?….¡pero de bienes comunes!

Nuestro contexto está siendo remodelado por una de las mayores crisis de las que podamos tener memoria, tanto por sus afectaciones inmediatas, como por las consecuencias que llegará a extender en nuestras formas de relacionarnos. Sin embargo, algo desafía las condiciones actuales, lo común se muestra como un pilar que está defendiendo la vida, por esta razón es importante pensar cómo lo común está presente en nuestras relaciones y espacios.

Podemos empezar visitando nuestras memorias socioecológicas, ahí recordamos escuchar historias sobre los bosques, los ríos, los parques y cómo a partir del vínculo con esos entornos surgieron saberes y prácticas que enriquecieron nuestras experiencias. También en nuestro contexto ante la incertidumbre que nos envuelve o las amenazas que aparecen ante la escasez, lo común se presenta como fundamental para garantizar la vida. Una de sus dimensiones son los bienes comunes, que se evidencian como indispensables para la reproducción de la vida misma.

Los bienes comunes son lugares y relaciones que procuran medios que nos permiten vivir, alimentarnos, comunicarnos, educarnos o transportarnos entre muchas otras cosas, pero es importante tomar en cuenta que no están dados, por lo tanto están en disputa; es decir, están presentes nuestras relaciones sociales.

Esto que planteamos es parte de una discusión mayor que viene trabajando la academia y los movimientos sociales en América Latina y el mundo, la intención de construir una mirada de la naturaleza no como recurso, sino como bienes naturales, para profundizar un paradigma menos utilitario y más integral donde contemple dimensiones ecológicas, culturales y sociales.

Tal vez nos preguntemos dónde podemos encontrarlos. La respuesta es que son todas aquellas relaciones en donde nos vinculamos con la tierra, el agua, los bosques, las playas, el mar o la biodiversidad, que hoy se ven amenazadas ante la voracidad de la mercantilización centrada en su privatización, deterioro y agotamiento.

Esta erosión de los bienes comunes provoca afectaciones directas en la vida, donde sensiblemente se ve trastornado el entorno ecológico, algunos sectores interesados en el lucro tratan de aminorar esto bajos el eufemismo de “externalidades” (ecológicas, sociales y culturales), otros a su conveniencia invisibilizan estas “externalidades”, o en el peor de los casos se unen y se lo atribuyen al cambio climático para escapar de su responsabilidad.

No es menor apuntar lo anterior, es la muestra de formas y modos de despojo que permiten a sectores dominantes garantizar la concentración y reproducción de su riqueza mediante la explotación y la privatización de lo común, ya sea porque se apropian de ello o porque utilizan los espacios comunes para resolver de manera “gratuita” sus externalidades.

Por esta razón el Programa Kioscos Socioambientales y el CIEP nos invitan a conocer y ser parte del Observatorio de Bienes Comunes: Agua y Tierra para problematizar este contexto que nos interpela a todos y todas, a través de la generación de información y espacios de diálogo sobre las dimensiones y relaciones presentes en los conflictos socioambientales relacionados con el origen, propiedad y gestión de los bienes comunes.

Este proyecto que comienza pretende —a través de monitoreos, talleres en comunidades, articulación con proyectos similares de acción social e investigación— generar información oportuna y vínculos de articulación para evidenciar el estado de los bienes comunes en Costa Rica, y favorecer una mayor conciencia sobre los desafíos que representa la gestión democrática de estos bienes para nuestra sociedad.

A manera de resumen, los bienes comunes nos plantean desafíos en distintas dimensiones; políticas, sociales, culturales y económicas, por esta razón es necesario cuestionar y replantear nuestros conceptos y prácticas. La universidad nos ofrece una posibilidad de abordarlo desde una ecología de saberes, que involucre la universidad y la sociedad, ante esto queda una cuestión a responder… ¿qué desafíos nos plantean los bienes comunes a nuestros procesos organizativos?

Por Luis Sanabria / 27 mayo, 2020

Fuente: Semanario Universidad.