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La Escuela de la Protesta Social: fui a cubrir un plantón y terminé aprendiendo cosas

Pueden escuchar el audio aquí

Soy Cartman. Trabajo en el Observatorio de Bienes Comunes. Muy a mi pesar.

No recuerdo haber solicitado este puesto, pero aquí estoy. Y como si trabajar en el Observatorio no fuera suficiente castigo, de vez en cuando me mandan a observar cosas. Esta vez tocó un plantón.

La instrucción, según recuerdo, era bastante sencilla: ir, escuchar, registrar y después contar qué había pasado. Yo pensé que sería una de esas actividades en las que uno llega, mira unas pancartas, escucha un par de discursos y puede regresar tranquilamente a sus asuntos.

No contaba con la Escuela de la Protesta Social.

Porque eso fue lo que encontré en la calle. Una escuela sin matrícula, sin pupitres y sin ninguna posibilidad de solicitar un cambio de grupo. Las pizarras eran los carteles. Las clases aparecían cada vez que alguien tomaba el micrófono. Y, para mi desgracia, las personas que estaban ahí tenían bastante que decir.

Así que escuché.

Y después de escuchar varias veces el audio que quedó registrado durante la jornada, tengo que admitir algo que preferiría mantener en secreto: un plantón puede ser bastante más complejo que un grupo de personas protestando.

Lo primero que me enseñaron fueron los carteles. Yo había pensado que eran simplemente carteles, pero aparentemente hasta eso requiere más atención de la que estaba dispuesto a ofrecer. En cada uno había una manera de nombrar el presente: una demanda, una preocupación, una denuncia, una pregunta o una frase capaz de condensar en pocas palabras algo que, en un discurso, podría tomar veinte minutos.

Por eso las calles también tienen pizarras.

Los carteles no explican toda una coyuntura, pero dejan rastros de ella. Son pequeñas piezas de memoria instantánea. Registran aquello que alguien consideró suficientemente importante como para escribirlo y levantarlo frente a otras personas. Y cuando se juntan muchos, empiezan a mostrar algo más: las preocupaciones, los lenguajes y hasta el sentido del humor con los que una movilización intenta hacerse escuchar.

Eso me interesó. No demasiado, claro.

No quiero que en el Observatorio crean que estoy disfrutando. Pero sí lo suficiente para entender que la protesta también escribe.

Después vino mi segunda sorpresa. Yo esperaba encontrar una concentración marcada por la solemnidad, porque aparentemente tenemos la costumbre de imaginar que protestar significa poner cara seria durante varias horas. Pero había música, canciones, aplausos, encuentros y solidaridad. Había alegría.

En una de las intervenciones se habló precisamente de la importancia de la solidaridad, el compañerismo y la ciudadanía, y también aparecieron voces de personas adultas mayores que reivindicaron su presencia y su participación en la defensa de derechos y de aquello que consideran construido colectivamente.

Ahí tuve que corregir otra de mis ideas. La protesta no solamente se alimenta de la indignación.

También necesita encuentro.

La gente se reúne porque algo le importa, pero también porque encontrarse con otras personas puede producir solidaridad, confianza y hasta alegría. Parece una cosa sencilla, pero tiene consecuencias importantes: una movilización no es solamente una suma de reclamos individuales, sino un espacio donde esos reclamos empiezan a reconocerse como asuntos compartidos.

Cartman aprendió eso. No pongan “Cartman aprendió eso” en ningún informe oficial.

Luego llegó la memoria, y ahí la cosa cambió.

Una de las intervenciones comenzó a recuperar nombres de mujeres: Luisa Carrasco, Luisa González, Carmen Lyra, Ángela Acuña, Yolanda Oreamuno, Chavela Vargas, Adela González y Cristina Zeledón. Después de cada nombre aparecía un “presente”. La intervención no se quedó en las figuras más conocidas, sino que también recordó a mujeres cuyos nombres no siempre ocupan un lugar visible en los relatos históricos: quienes trabajan en casas, hospitales, fábricas, campos y montañas y que, desde esos lugares, también sostienen la vida cotidiana.
Entonces entendí por qué una protesta puede ser también una forma de memoria.

No se trata solamente de recordar por recordar. Se trata de traer al presente las luchas que hicieron posible que algunas cosas que hoy consideramos derechos llegaran a existir. La memoria permite conectar lo que ocurre ahora con quienes estuvieron antes, con sus luchas, sus derrotas, sus conquistas y sus preguntas.

Una de las voces del plantón lo planteó desde la historia de la democracia costarricense y de las luchas por la educación pública, los derechos sociales, las libertades, la paz y la división de poderes.

Y ahí apareció una frase que, pese a mi natural resistencia a tomarme estas cosas demasiado en serio, me pareció difícil de ignorar: nuestra dignidad, nuestra rabia y nuestra rebeldía tienen historia.

Quizá esa sea una de las razones por las que las protestas insisten tanto en recordar nombres. Porque decir “presente” no solamente habla de alguien que ya no está. También dice que aquello por lo que esa persona luchó sigue formando parte de la conversación.

La memoria, entonces, no queda detrás.

Camina con la protesta.

Pero la jornada no tenía una sola memoria ni una sola voz. Y esa fue otra de las cosas que tuve que aprender.

En el audio aparecen personas adultas mayores, activistas, estudiantes y personas trans, entre otras voces, hablando desde experiencias diferentes. Una intervención de la Asociación Trans Vida reivindicó la presencia de las personas trans y de quienes desafían las normas de género, rechazando que sus vidas fueran reducidas a una supuesta “ideología” y defendiendo su lugar como personas y ciudadanía. También hubo un llamado a detener la confrontación y abrir espacios de diálogo.

Eso hizo que el plantón adquiriera otra dimensión.

Protestar también es decir quiénes están. Quiénes tienen algo que decir. Quiénes quieren ser escuchados. Y quiénes consideran que determinadas discusiones sobre el país también les pertenecen.

No todas las voces del audio dicen exactamente lo mismo. Tampoco tienen las mismas experiencias ni las mismas prioridades. Pero comparten un espacio público y, durante un momento, participan de una conversación colectiva.

Eso es importante porque a veces hablamos de “la protesta” como si fuera una persona con una sola opinión. No lo es.

La protesta tiene voces. Y esas voces pueden coincidir, complementarse, tensarse e incluso contradecirse. Escucharlas juntas permite entender algo que una fotografía no muestra: la diversidad interna de quienes salen a la calle.

También se habló mucho de democracia.

Y aquí debo reconocer que pensé en esconderme detrás de una pancarta.

Las intervenciones vincularon la democracia con la libertad de expresión, los derechos humanos, la independencia de poderes, la institucionalidad, la educación pública, la paz y la participación ciudadana. Una de las voces cuestionó la idea de que la democracia se limite al momento de votar y reivindicó la posibilidad de organizarse, expresarse y participar en el espacio público.

También aparecieron críticas al Gobierno y preocupaciones relacionadas con el Poder Judicial, las garantías sociales y otras instituciones públicas.

Aquí hay que escuchar con cuidado. Las expresiones políticas fuertes que aparecen en el audio pertenecen a quienes participaron en el plantón. No son afirmaciones institucionales del Observatorio ni deben confundirse con hechos verificados simplemente porque fueron pronunciadas desde un micrófono. Pero sí forman parte de la memoria de esa jornada. Y eso también importa.

Porque un registro de protesta no solamente conserva argumentos con los que podemos estar de acuerdo. Conserva también el lenguaje de la confrontación, las preocupaciones, las exageraciones, las certezas y los temores que circulan en un momento determinado.

Escuchar es, en este caso, una forma de aproximarse a cómo una parte de la ciudadanía estaba leyendo el presente.

Y llegó.

Y entonces, cuando ya estaba bastante cansado de escuchar hablar de democracia, derechos, institucionalidad, memoria y paz, apareció el humor. Por fin. Ahí sí me sentí como pez en el agua.

Había canciones, consignas, bombas y juegos de palabras. Una de las canciones convertía la coyuntura política en una burla repetitiva; en otros momentos, las críticas aparecían acompañadas por humor y recursos propios de la tradición satírica de las protestas.
Y descubrí que la sátira también cumple una función política.

Puede señalar una contradicción sin necesidad de explicarla durante media hora. Puede quitarle solemnidad al poder. Puede transformar una crítica en una frase que se recuerda y circula. Puede hacer reír a quienes están ahí y, al mismo tiempo, dejar una pregunta incómoda.

La protesta puede estar profundamente preocupada por lo que está ocurriendo y aun así reírse.

De hecho, quizá justamente porque está preocupada necesita hacerlo.

Yo, personalmente, considero que esta fue la mejor parte de la clase.

No porque me guste la protesta. No porque me guste trabajar en el Observatorio. Y definitivamente no porque alguien me haya pedido escribir esta nota.

Simplemente porque era la materia para la que estaba mejor preparado.

Cuando terminó la jornada, volví al Observatorio con una conclusión bastante molesta: había ido pensando que debía registrar una protesta y terminé registrando algo mucho más difícil de resumir.

Había memoria. Había preocupación. Había distintas identidades y experiencias. Había defensa de derechos. Había una discusión sobre democracia y sobre el papel de las instituciones. Había solidaridad. Había alegría. Y había humor.

Todo ocurriendo al mismo tiempo. Por eso quizá sería demasiado sencillo decir que aquel plantón fue solamente una expresión de descontento. Lo que quedó grabado en el audio muestra algo más complejo: personas diferentes entrando al espacio público para contar cómo estaban viviendo el momento, qué les preocupaba, qué querían defender y qué país imaginaban.

Eso es lo que me interesa conservar. No una versión ordenada en la que todos piensan lo mismo. No una conclusión que resuelva el plantón en tres frases. Sino las voces.

Porque después de que la plaza se vacía, los carteles se guardan y las personas regresan a sus casas, todavía queda algo que puede volver a escucharse.

Una canción. Un nombre. Un “presente”. Una denuncia. Una carcajada. Una preocupación. Una idea de democracia. Una voz diciendo que está ahí. Y eso también es memoria.

Así que, después de todo, quizá sí fui a una escuela. Solo que no me avisaron. Y como aparentemente en el Observatorio creen que estas cosas son importantes, ahora me toca dejar la tarea. Escuchen el audio completo del plantón.

No se queden con mi versión. Yo ya hice bastante. Fui. Escuché. Tomé notas. Y escribí esto.

El resto está en las voces. Ahí están las canciones, las intervenciones, los nombres, los “presentes”, las demandas, el humor y las distintas maneras en que quienes participaron intentaron explicar qué estaba pasando. Yo solamente hice el favor de ponerlo por escrito.

Muy a mi pesar, claro.

Galería
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El oficio de mover un país: relatos de trabajadores ferroviarios

¿Qué significa haber trabajado en el ferrocarril? ¿Qué saberes se construyen a lo largo de años de oficio? ¿Qué ocurre cuando esas memorias se encuentran con una generación que nunca vio pasar el tren?

Estas fueron algunas de las preguntas que acompañaron el encuentro realizado el pasado 17 de mayo de 2026 en Finca 5, donde extrabajadores ferroviarios compartieron sus experiencias de vida, sus recuerdos y reflexiones sobre el trabajo en el ferrocarril, en una jornada que reunió memoria, comunidad y diálogo intergeneracional.

Más allá de reconstruir una historia institucional del tren, el encuentro buscó escuchar las voces de quienes sostuvieron cotidianamente el funcionamiento de la línea férrea: maquinistas, trabajadores de mantenimiento y personas que dedicaron parte importante de sus vidas al ferrocarril. A través de sus relatos fue posible conocer las condiciones de trabajo de la época, los desafíos que enfrentaban, los conocimientos que desarrollaron en el oficio y los vínculos humanos que se construían alrededor del tren.

Los saberes que nacen del trabajo

Una de las reflexiones que atravesó la jornada fue la importancia de reconocer los saberes construidos en el trabajo.

Muchas veces se habla del ferrocarril desde la infraestructura, las locomotoras o las políticas públicas, pero menos atención reciben las personas que hicieron posible su funcionamiento. Sin embargo, detrás de cada recorrido existían conocimientos especializados, aprendizajes acumulados durante años y formas de resolver problemas que difícilmente se encuentran en manuales o documentos.

Escuchar a los exferrocarrileros permitió reconocer que el trabajo también produce conocimiento. Conocimiento sobre los territorios, sobre las comunidades, sobre las máquinas, pero también sobre la cooperación, la responsabilidad y el cuidado colectivo.

En tiempos donde suele privilegiarse el conocimiento técnico certificado o el conocimiento académico, estos relatos recuerdan que los oficios también generan formas valiosas de comprender el mundo. Los saberes ferroviarios son parte de un patrimonio vivo construido desde la experiencia, la práctica cotidiana y la relación permanente con las personas y los territorios.

Un encuentro entre memorias y generaciones

Uno de los momentos más significativos ocurrió cuando los exferrocarrileros conocieron los dibujos y cuentos elaborados por los niños y niñas de la Escuela de Finca 5 como parte del proceso Memorias en Movimiento.

La escena tuvo una fuerza especial. De un lado, personas que dedicaron años de su vida al ferrocarril. Del otro, una generación que nunca vio pasar el tren, pero que sigue encontrando en el puente ferroviario y el vagón espacios para imaginar historias, jugar y construir vínculos con su comunidad.

Los dibujos permitieron abrir una conversación sobre cómo las memorias continúan viajando entre generaciones. Aunque los trenes dejaron de pasar hace años, las historias, los recuerdos y los significados asociados a estos espacios siguen presentes en la vida comunitaria.

Para muchos de los exferrocarrileros fue emocionante descubrir cómo su trabajo y legado continúan vivos en la imaginación de la niñez. A su vez, los niños y niñas nos recuerdan que la memoria no es únicamente conservación del pasado, sino también creatividad, imaginación y futuro.

El territorio que habitan estas niñas y niños también está atravesado por las memorias de sus familias, de sus vecinos y de las generaciones que crecieron junto al ferrocarril. El puente, el vagón y los espacios que hoy forman parte de su vida cotidiana son también escenarios de historias familiares, de arraigos comunitarios y de experiencias que continúan circulando en conversaciones, recuerdos y relatos compartidos.

De esta manera, el territorio se convierte en un disparador de la imaginación. Las niñas y los niños construyen sus propias interpretaciones sobre el tren, el puente y la comunidad a partir de los lugares que recorren, las historias que escuchan y los vínculos que tejen cotidianamente. Aunque no hayan vivido directamente el tiempo del ferrocarril, habitan espacios cargados de memoria que siguen alimentando nuevas formas de pertenencia e identidad comunitaria.

Escuchar para construir futuro

El encuentro también permitió conversar sobre los desafíos actuales de Finca 5 y sobre la importancia de generar espacios donde las distintas generaciones puedan encontrarse y dialogar.

Escuchar a las personas mayores no es solamente un ejercicio de nostalgia. Es una oportunidad para recuperar experiencias, aprendizajes y formas de comprender el territorio que pueden contribuir a enfrentar los retos del presente.

Las historias compartidas durante la jornada mostraron que la memoria no es un ejercicio pasivo. Recordar implica seleccionar aquello que consideramos valioso, reconocer trayectorias de esfuerzo colectivo y construir puentes entre experiencias distintas.

En tiempos donde muchas historias locales corren el riesgo de desaparecer, estos espacios permiten reconocer que la memoria es una herramienta para fortalecer la identidad comunitaria, valorar los saberes populares y construir nuevas formas de participación.

La fuerza que tiene recordar

El proceso vivido en Finca 5 nos recuerda que las memorias no permanecen inmóviles. Se transforman, se comparten y siguen produciendo sentidos para quienes habitan los territorios.

Recordar el ferrocarril no significa únicamente hablar del pasado. Significa reconocer el trabajo de quienes ayudaron a construir comunidades, valorar los conocimientos que dejaron y abrir espacios para que nuevas generaciones puedan encontrarse con esas historias.

También significa reconocer que la memoria puede convertirse en una herramienta para fortalecer los vínculos comunitarios, recuperar el sentido de pertenencia y abrir conversaciones sobre los futuros que queremos construir colectivamente.

En Finca 5, las voces de los exferrocarrileros, las preguntas de la comunidad y la creatividad de la niñez mostraron que el pasado no está desconectado del presente. Por el contrario, sigue ofreciendo aprendizajes, preguntas y posibilidades para quienes continúan habitando estos territorios.

Porque hay trenes que dejan de pasar.

Pero también hay memorias que continúan recorriendo los rieles del tiempo.

Compartimos a continuación el video de este encuentro, como un reconocimiento a las personas que hicieron del ferrocarril una forma de vida y a las comunidades que siguen encontrando en estas memorias una fuente de aprendizaje, identidad y esperanza.

Agradecemos profundamente a la Asociación de Ferrocarrileros de Costa Rica, a la Asociación Amantes del Tren Costa Rica y al Comité de Seguridad Comunitaria de Finca 5 por hacer posible este encuentro de memorias, saberes y comunidad.

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Entre leña, humo y memoria: aprender el fuego – Bienes Comunes en Corto

Volver al corazón de nuestros saberes cotidianos

A veces creemos que las conversaciones importantes son aquellas que hablan de política, economía o grandes acontecimientos históricos. Sin embargo, hay diálogos aparentemente pequeños que terminan revelando algo esencial sobre quiénes somos. Hablar sobre cómo se hace el fuego para cocinar puede parecer una práctica simple y utilitaria, pero detrás de esa acción cotidiana habita una memoria profunda de afectos, aprendizajes y formas de cuidar la vida.

En la conversación con Paul Gutiérrez, de Finca 5, el fuego aparece no solamente como una herramienta para cocinar, sino como una herencia recibida de su padre y su madre. El relato va mostrando cómo ciertos saberes no se aprenden en manuales ni en instituciones formales, sino en la cercanía de la vida compartida: mirando, acompañando, practicando y escuchando. El fuego se aprende entre voces, entre silencios, entre tiempos compartidos.

Quizá por eso la comida hecha en fogón “sabe distinto”. No únicamente por el humo o la leña, sino porque ahí también se cocinan recuerdos, afectos y vínculos. En muchas comunidades, cocinar ha sido históricamente una práctica de encuentro: un espacio donde se conversa, se transmite experiencia y se fortalece el tejido familiar y comunitario. El fogón no solo alimenta el cuerpo; también alimenta la memoria.

En un tiempo marcado por la velocidad, la fragmentación y el aislamiento, volver la mirada hacia estas prácticas cotidianas puede ayudarnos a repensar nuestras propias conversaciones. ¿De qué hablamos cuando compartimos la comida? ¿Qué historias sobreviven alrededor de una cocina? ¿Qué saberes estamos dejando de transmitir cuando la vida cotidiana pierde sus espacios de encuentro?

Defender estos conocimientos no significa rechazar la modernidad ni idealizar el pasado. Significa reconocer que existen formas de conocimiento profundamente humanas que sostienen nuestra capacidad de cuidar, disfrutar y convivir. Muchas veces los grandes cambios comienzan justamente ahí: en la manera en que nos reunimos, cocinamos, escuchamos y compartimos el tiempo con otras personas.

Entre leña, humo y memoria, el fuego nos recuerda algo sencillo pero urgente: la vida también se sostiene en esos pequeños gestos donde el cariño se vuelve práctica cotidiana.

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Monseñor Óscar Romero: Voz de Justicia y Esperanza

Monseñor Óscar Arnulfo Romero es un referente en la lucha por los derechos humanos en América Latina. Como arzobispo de San Salvador, alzó su voz contra la violencia, la represión y las injusticias que azotaban a los más pobres y vulnerables. Desde el púlpito, denunció las violaciones de derechos humanos y se convirtió en un faro de esperanza para su pueblo en medio de la crisis social y política.

Su mensaje y su práctica representaron el compromiso con la opción preferencial por los pobres, que no se limitó al discurso, sino que implicó la disputa de sentidos y espacios en defensa de la vida humana en todas sus dimensiones: esa práctica de libertad que garantiza el acceso a la salud, la educación y el trabajo digno.

Su valentía le costó la vida el 24 de marzo de 1980, cuando fue asesinado mientras oficiaba misa. Sin embargo, su legado sigue más vigente que nunca. Su mensaje de amor, justicia y paz continúa inspirando a quienes luchan por un mundo más equitativo y humano, así como a aquellos comprometidos con la memoria y la reparación frente a las injusticias que, desde la impunidad y el poder, buscan perpetuar los privilegios.

Este es un esfuerzo que realizamos para rescatar el pensamiento y la práctica latinoamericana y caribeña, enraizados en nuestros pueblos en la búsqueda y lucha por una vida digna. Con él, reforzamos el compromiso con una visión de los bienes comunes, enfrentando los legados racistas, coloniales y machistas que han estructurado nuestras sociedades. Es desde las prácticas de liberación de los diversos sujetos —individuales y colectivos— que se han construido alternativas para sociedades más justas

A través de esta infografía, te invitamos a conocer su vida, su lucha y las palabras que lo convirtieron en un hombre del pueblo, que vivió y murió por una vida digna para todos y todas.

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