¿Qué pierde una sociedad cuando las voces de sus comunidades dejan de ser escuchadas? ¿Qué ocurre cuando los territorios solo aparecen en la conversación pública de manera ocasional o a través de narrativas construidas por actores externos?
El testimonio de David Menjívar Moreno, vecino de la comunidad de Birmania de Upala, invita a reflexionar sobre estas preguntas. Con más de cinco décadas de vida en la comunidad, don David destaca la importancia de que la Universidad de Costa Rica mantenga una presencia activa en los territorios, no solo para compartir conocimiento, sino también para documentar experiencias, acompañar procesos comunitarios y contribuir a que las realidades locales formen parte de la discusión nacional.
Sus palabras ponen sobre la mesa una diferencia fundamental entre los medios orientados principalmente por lógicas comerciales y la labor que realizan las universidades públicas. Mientras gran parte de la información que circula en la sociedad está condicionada por criterios de rentabilidad, audiencia o pauta publicitaria, la universidad tiene la posibilidad de acercarse a realidades que suelen quedar fuera de los focos mediáticos y generar espacios donde las comunidades puedan expresar sus preocupaciones, conocimientos y propuestas.
La relevancia de esta labor no radica únicamente en difundir información. También tiene que ver con quiénes tienen la posibilidad de participar en la construcción del debate público. Con frecuencia, las comunidades rurales, los pueblos indígenas, las organizaciones territoriales o las personas que enfrentan conflictos socioambientales aparecen en la agenda pública de forma fragmentada o excepcional. Rara vez son reconocidas como actores capaces de interpretar su propia realidad y aportar lecturas valiosas sobre los desafíos que enfrenta el país.
En este sentido, la acción social, la investigación comprometida y los espacios de comunicación impulsados desde la universidad pública contribuyen a democratizar la palabra. No se trata únicamente de hablar sobre las comunidades, sino de crear condiciones para que sus experiencias y saberes circulen en el espacio público, dialoguen con otros conocimientos y disputen narrativas construidas desde centros de poder político, económico o mediático.
Cuando un vecino como David Menjívar comparte su lectura sobre los cambios observados en Birmania de Upala, no está ofreciendo solamente un testimonio personal. Está aportando una interpretación de la realidad construida desde décadas de experiencia, observación y arraigo territorial. Reconocer el valor de estas voces amplía nuestra comprensión de los problemas colectivos y fortalece la deliberación democrática.
Las palabras de don David también recuerdan que la defensa del Fondo Especial para la Educación Superior (FEES) no se limita al financiamiento de las universidades públicas. Implica defender la posibilidad de que estudiantes, docentes e investigadores continúen desarrollando proyectos que acompañan a las comunidades, fortalezcan procesos organizativos y amplíen los espacios donde distintos sectores de la sociedad puedan hacerse escuchar.
Una democracia necesita información, pero también necesita instituciones capaces de escuchar, investigar y acompañar a las comunidades. Necesita espacios donde distintas voces puedan encontrarse, debatir y confrontar visiones sobre el presente y el futuro. La universidad pública es una de esas instituciones. Por eso su defensa no es solamente una cuestión presupuestaria: es una apuesta por el derecho de la sociedad a comprenderse a sí misma, a reconocer la diversidad de saberes que la conforman y a construir colectivamente su futuro.















