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Talamanca no está en venta – Pronunciamiento del Colectivo Antonio Saldaña frente al Acuerdo Transpacífico

Desde Talamanca, las familias productoras indígenas conocemos las dificultades de sostener nuestro trabajo y vivir dignamente de lo que producimos. Durante años hemos cultivado la tierra, diversificado nuestros productos y mantenido una relación con la naturaleza que forma parte de nuestra vida y nuestra identidad. Sin embargo, hoy enfrentamos precios injustos, intermediarios que condicionan nuestra comercialización y la falta de respuestas concretas de las instituciones públicas. Nuestra experiencia nos ha enseñado que producir no siempre significa poder vivir dignamente de nuestro trabajo.

Ante esta realidad, rechazamos la incorporación de Costa Rica al Acuerdo Transpacífico (CPTPP) y exigimos que no sea aprobado. Nos preocupa que se profundice un modelo económico que presenta la apertura comercial como una oportunidad para todos, mientras nuestras comunidades siguen enfrentando condiciones desiguales para producir, comercializar y sostener sus economías. ¿De qué sirve abrir nuevos mercados si quienes trabajamos la tierra continuamos recibiendo precios que no reconocen nuestro esfuerzo? ¿Quiénes se benefician realmente de estas reglas comerciales y quiénes terminan pagando sus consecuencias?

No queremos que el futuro de nuestros pueblos dependa de decisiones económicas tomadas sin considerar nuestras realidades. La tierra no es solamente un espacio para producir mercancías; es territorio, memoria, cultura y sustento de nuestras comunidades. Nuestras formas de producción, nuestros conocimientos y nuestras relaciones con la naturaleza tienen valor más allá de las ganancias que puedan generar en el mercado. Defenderlos significa también defender nuestro derecho a decidir cómo queremos vivir y qué futuro queremos construir.

Por eso, no aceptamos que las promesas de crecimiento económico justifiquen compromisos comerciales cuyos efectos sobre nuestras comunidades deben examinarse con seriedad. La experiencia del banano en Talamanca nos recuerda que aumentar las oportunidades de comercialización no garantiza, por sí mismo, justicia económica. Sin condiciones dignas para producir y vender, quienes trabajamos terminamos asumiendo los costos mientras otros concentran los beneficios.

Exigimos al Gobierno de Costa Rica y a la Asamblea Legislativa que no aprueben la incorporación al CPTPP. Demandamos que se respeten los derechos de los pueblos indígenas, nuestra autonomía y nuestras formas de producción, y que ninguna decisión de esta magnitud se tome ignorando las voces de quienes habitamos y sostenemos estos territorios.

No hablamos desde el rechazo al intercambio entre pueblos, sino desde la defensa de relaciones económicas justas, donde nuestro trabajo sea valorado y nuestras comunidades no queden subordinadas a los intereses de las grandes empresas. Queremos mercados que respeten a quienes producen, instituciones que respondan a nuestras necesidades y políticas que fortalezcan nuestras capacidades, en lugar de profundizar las desigualdades existentes.

Desde el Colectivo Antonio Saldaña reafirmamos nuestro compromiso con la defensa de la dignidad de las familias productoras indígenas y con el derecho de nuestros pueblos a construir su propio futuro. Talamanca no necesita que decidan por ella: necesita respeto, justicia económica y autonomía para vivir dignamente.

Nuestra tierra no es una mercancía. Nuestro trabajo no puede seguir siendo menospreciado. Nuestro futuro no se negocia a nuestras espaldas.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

Octubre de 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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¿En qué momento nos acostumbramos a que desconozcan lo que somos?

Una reflexión del Colectivo Antonio Saldaña sobre la autonomía indígena, los saberes ancestrales y la defensa de la vida

Hay algo que nos debe preocupar profundamente: que nos acostumbremos a ver cómo se desconocen nuestros derechos, nuestras decisiones y nuestras formas de vida, como si no estuviera pasando nada.

Como Colectivo Antonio Saldaña, sentimos dolor cuando observamos que, frente a decisiones que afectan a nuestros pueblos, parece que poco a poco nos vamos acostumbrando a la indiferencia. El Gobierno y las instituciones toman decisiones, se establecen restricciones y se desconocen prácticas tradicionales y culturales, mientras la vida cotidiana continúa como si nada estuviera ocurriendo.

Pero sí está ocurriendo algo. Y necesitamos hablarlo.

Cuando se desconocen nuestras prácticas tradicionales, no se está despreciando solamente una costumbre o un conocimiento particular. Se está poniendo en cuestión nuestra cosmovisión, nuestra filosofía ancestral, nuestra historia, nuestra autonomía y nuestra identidad. Se está cuestionando nuestro derecho a existir como pueblos con conocimientos, formas de organización y maneras propias de comprender y cuidar la vida.

Para abrir esta reflexión, queremos poner en común tres situaciones que nos invitan a pensar qué lugar ocupan realmente los pueblos indígenas en las decisiones que afectan sus vidas.

1. Cuando nuestros conocimientos no encuentran lugar en los servicios de salud

El pasado 6 de octubre de 2026, el medio Delfino.cr informó que la Comisión Permanente Especial de Derechos Humanos de la Asamblea Legislativa archivó el proyecto de ley 24.506, que buscaba reconocer las prácticas tradicionales de los pueblos indígenas en los servicios de salud.

La iniciativa contemplaba el reconocimiento de la medicina tradicional indígena, las prácticas de las parteras durante el embarazo y el parto, y el respeto a las prácticas culturales relacionadas con la muerte y los funerales.

La mayoría que apoyó el archivo señaló preocupaciones sobre los riesgos sanitarios, la regulación y la supervisión de estas prácticas. Una propuesta de minoría, por su parte, planteó modificaciones para atender algunas de esas observaciones y mantener vivo el proyecto.

Pero esta noticia nos deja una pregunta que va más allá de lo ocurrido en la Asamblea Legislativa: ¿por qué sigue siendo tan difícil construir servicios de salud que reconozcan las condiciones culturales, territoriales y sociales de los pueblos indígenas?

En Talamanca conocemos las dificultades que enfrentan muchas familias para acceder a una atención médica digna y oportuna. Personas adultas mayores, familias con necesidades de atención compleja y personas que requieren medicamentos o tratamientos se encuentran con obstáculos relacionados con la distancia, la falta de recursos y la rigidez de los procedimientos institucionales.

En ocasiones, las propias personas trabajadoras de la salud reconocen estas dificultades, pero señalan que sus posibilidades de actuación están limitadas por los protocolos y los recursos disponibles.

Por eso, el problema no puede reducirse a una discusión entre medicina convencional y medicina tradicional. Necesitamos preguntarnos cómo construir servicios de salud que respondan a las necesidades de las comunidades, respeten sus conocimientos y garanticen la atención necesaria.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo establece, en su artículo 25, que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario, planificarse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, y considerar sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Entonces, ¿por qué el reconocimiento de estas realidades continúa encontrando tantas dificultades?

Nuestros conocimientos no son piezas de museo. Son parte de nuestra vida, de nuestra historia y de las formas en que hemos aprendido a cuidar de nuestras familias y comunidades.

Reconocerlos no significa renunciar a la atención médica necesaria. Significa construir relaciones respetuosas entre conocimientos y garantizar que las decisiones sobre nuestra salud no se tomen ignorando quiénes somos y dónde vivimos.

2. Cuando las decisiones de nuestras comunidades no son respetadas

En agosto de 2026, comunidades bribris de Talamanca se movilizaron hasta las oficinas centrales de la Dirección Nacional de Desarrollo de la Comunidad (DINADECO), en San José.

Según informó el Observatorio de Bienes Comunes de la Universidad de Costa Rica, más de 60 personas de distintas comunidades participaron en la protesta del 20 de agosto. Exigían que DINADECO atendiera la decisión de la Asamblea de la Asociación de Desarrollo Integral del Territorio Indígena Bribri de Talamanca (ADITIBRI) de destituir a su presidenta.

El conflicto se relaciona con un contrato firmado en septiembre de 2024 con una empresa privada para la venta de certificados de créditos de carbono basados en la cobertura forestal del territorio. De acuerdo con la información publicada, la Asamblea de ADITIBRI había anulado el contrato desde 2024 y, en mayo de 2026, una nueva asamblea decidió destituir a la presidenta. Las personas manifestantes denunciaron que DINADECO no había tramitado esa decisión.

Aquí aparece una cuestión fundamental: ¿qué significa la autonomía indígena si las decisiones adoptadas por las comunidades encuentran obstáculos para hacerse efectivas ante las instituciones del Estado?

La autonomía no puede reducirse a una palabra que aparece en las leyes o en los discursos oficiales. Tiene que expresarse en la posibilidad real de que los pueblos discutan sus asuntos, tomen decisiones colectivas y ejerzan control sobre aquello que afecta su vida.

Cuando una comunidad cuestiona un contrato, exige que se respete una decisión de su asamblea o reclama información sobre una negociación, no está planteando un asunto administrativo aislado. Está defendiendo su derecho a participar en las decisiones que comprometen su presente y su futuro.

También debemos preguntarnos qué sucede cuando los mecanismos institucionales terminan alejando las decisiones de los espacios comunitarios donde deberían discutirse.

¿Quién tiene la última palabra sobre los asuntos que afectan al territorio? ¿Qué ocurre cuando la voluntad expresada en una asamblea no encuentra respuesta? ¿Cómo se garantiza que las estructuras de representación actúen conforme a los acuerdos y las decisiones de las comunidades?

Estas preguntas son necesarias porque la autonomía se construye y se defiende cotidianamente. Requiere información accesible, participación efectiva, transparencia y respeto por las decisiones colectivas.

No basta con afirmar que los pueblos indígenas tienen derechos. Es necesario que existan condiciones para ejercerlos.

3. Cuando proteger el bosque puede significar perder el control sobre el territorio

La discusión sobre los contratos de carbono también nos obliga a mirar más allá de las instituciones nacionales y preguntarnos qué intereses están entrando en nuestros territorios.

En agosto de 2025, durante un conversatorio solicitado por la comunidad de Alto Coén, personas bribris y cabécares de Talamanca analizaron los mecanismos de compensación de emisiones de carbono, en particular el Plan Ambiental Forestal Territorial (PAFT) y el Contrato de Reducción de Emisiones Forestales (CREF).

En ese encuentro se discutieron las condiciones de estos instrumentos, sus implicaciones para los usos tradicionales del bosque y las posibilidades reales de las comunidades de decidir sobre su implementación.

La preocupación no era que el bosque dejara de ser importante. Todo lo contrario: se trataba de defender una relación con la naturaleza que no puede reducirse a la cantidad de carbono que capturan los árboles.

Como señaló Filidencio Cubillo durante la protesta de agosto de 2026: «Es parte de nuestra cosmovisión, cuidar la naturaleza, porque en la naturaleza, en los bosques es que se encuentra nuestro alimento, la medicina, nuestras viviendas».

Estas palabras nos recuerdan que el bosque no es únicamente una superficie que captura carbono y que puede generar certificados para vender en los mercados internacionales. Es también un espacio de vida, de memoria, de alimentación, de medicina y de reproducción cultural.

Por eso, cuando los contratos establecen restricciones sobre el uso de los bosques, necesitamos preguntarnos qué consecuencias pueden tener para las comunidades que han construido históricamente sus formas de vida en relación con ellos.

¿Puede hablarse de conservación si las comunidades pierden capacidad para decidir cómo relacionarse con sus propios territorios?

¿Quién define qué significa proteger un bosque: las personas que han vivido y cuidado ese territorio durante generaciones, las instituciones que diseñan los programas o las empresas que compran certificados de carbono?

¿Quién obtiene los beneficios económicos y quién asume las restricciones y los riesgos?

Los cuestionamientos expresados en Talamanca apuntan a un problema de fondo: la conservación no puede convertirse en una nueva forma de limitar la autonomía indígena ni de subordinar las relaciones con la naturaleza a las necesidades de los mercados.

Los mecanismos de compensación de emisiones deben examinarse considerando sus condiciones concretas, sus efectos y las posibilidades reales de participación de las comunidades. No basta con que un proyecto se presente como ambientalmente beneficioso para dar por hecho que también lo es para los pueblos que habitan los territorios involucrados.

Cuidar el bosque no puede significar desconocer a quienes han construido su vida junto a él.

La protección de la naturaleza y la autonomía de los pueblos no deberían presentarse como objetivos incompatibles. El desafío es reconocer los conocimientos, las decisiones y las formas de manejo territorial de las comunidades, en lugar de imponerles condiciones definidas desde fuera.

4. Tres situaciones, una preocupación compartida

¿Qué tienen en común el archivo de un proyecto sobre medicina tradicional, los reclamos de las comunidades bribris ante DINADECO y las preocupaciones por los contratos de carbono?

Aunque se trata de situaciones diferentes, todas nos invitan a examinar una cuestión fundamental: ¿quién tiene la capacidad de decidir sobre nuestras vidas, nuestros conocimientos y nuestros territorios?

En la salud, la pregunta aparece cuando los servicios no responden adecuadamente a las condiciones culturales y territoriales de las comunidades, o cuando los saberes tradicionales encuentran dificultades para ser reconocidos.

En el gobierno del territorio, aparece cuando las comunidades reclaman que se respeten las decisiones de sus asambleas y que las instituciones atiendan su voluntad.

En la conservación de los bosques, aparece cuando los acuerdos con actores externos pueden establecer condiciones que afectan los usos tradicionales y la capacidad comunitaria de decidir sobre el territorio.

No debemos confundir estas situaciones ni asumir que todas responden exactamente a los mismos mecanismos. Cada una tiene su historia, sus actores y sus particularidades. Sin embargo, juntas nos permiten reconocer una preocupación común: el reconocimiento de los derechos indígenas no puede quedarse en el papel, sino que debe expresarse en las relaciones cotidianas entre los pueblos, las instituciones y los demás actores que intervienen en sus territorios.

La autonomía no existe plenamente si otras personas deciden qué conocimientos son válidos, qué prácticas pueden mantenerse, qué usos del bosque están permitidos o qué decisiones comunitarias merecen ser atendidas.

Y aquí necesitamos insistir en algo: no estamos hablando de privilegios, sino del respeto a los pueblos indígenas como sujetos colectivos de derechos, con historia, conocimientos, autoridades, formas de organización y capacidad para decidir sobre su futuro.

5. ¿Cómo llegamos a acostumbrarnos a la indiferencia?

Hay algo que nos duele y que necesitamos reconocer.

Cuando vemos que se toman decisiones que afectan a nuestros pueblos y sentimos que nada cambia, podemos terminar pensando que no vale la pena hablar, reclamar o participar. Cuando los procedimientos son complicados, las respuestas no llegan y nuestras voces parecen no tener suficiente peso, el cansancio puede convertirse en silencio.

Pero necesitamos preguntarnos qué sucede cuando ese silencio comienza a parecer normal.

¿En qué momento dejamos de sentir como propio lo que afecta a nuestra comunidad? ¿Cuándo empezamos a pensar que la pérdida de una práctica tradicional, la falta de atención médica o una decisión sobre nuestros bosques son asuntos separados de nuestra vida cotidiana?

La indiferencia no debe entenderse simplemente como una falta de interés de las personas. También debemos mirar las condiciones que la alimentan: el desgaste de las luchas, las dificultades para obtener respuestas, la falta de información, las divisiones internas y la sensación de que las decisiones importantes siempre se toman en otros lugares.

Por eso, esta reflexión no pretende señalar a nuestras comunidades ni responsabilizarlas por todo lo que ocurre. Busca abrir una conversación sobre cómo recuperar nuestra capacidad de escucharnos, reconocernos y organizarnos.

Porque la defensa de los derechos no comienza únicamente cuando presentamos una denuncia o participamos en una movilización. También comienza cuando compartimos lo que está ocurriendo, cuando conversamos con las personas mayores, cuando transmitimos nuestros conocimientos a las nuevas generaciones y cuando creamos espacios para discutir las decisiones que afectan a nuestra vida colectiva.

Necesitamos mantener vivas nuestras preguntas y construir respuestas en común.

No podemos permitir que el cansancio nos haga olvidar el valor de lo que defendemos. Tampoco podemos dejar que nuestras diferencias nos impidan reconocer las preocupaciones que compartimos.

La organización comunitaria necesita información, conversación y participación. Necesita que las personas puedan comprender qué está en juego, expresar sus preocupaciones y decidir juntas cómo actuar.

6. Defender lo que somos también es defender nuestro futuro

Nuestra identidad no es una herencia inmóvil que debemos conservar sin cambios. Es una historia viva que se transmite, se transforma y se reconstruye en las relaciones entre las generaciones, en el cuidado de los territorios y en las decisiones que tomamos como pueblos.

Defender nuestras prácticas tradicionales no significa rechazar cualquier conocimiento nuevo. Defender la autonomía no significa renunciar al diálogo con otras instituciones. Defender los bosques no significa aceptar que otras personas decidan por nosotros cómo debemos vivir en ellos.

Significa que esos diálogos, acuerdos y decisiones deben construirse desde el respeto, con participación efectiva y reconociendo nuestra capacidad para decidir.

Queremos servicios de salud que respondan a las necesidades de nuestras familias. Queremos instituciones que respeten nuestras decisiones comunitarias. Queremos que la conservación de los bosques no se convierta en una excusa para restringir nuestros derechos o abrir la puerta a nuevas formas de apropiación de los territorios.

Y, sobre todo, queremos que nuestras voces sean escuchadas antes de que las decisiones estén tomadas.

No podemos aceptar que nuestra historia sea tratada como algo que ya pasó, que nuestros conocimientos sean vistos como obstáculos o que nuestra relación con la naturaleza sea reducida a un valor económico.

Nuestros saberes están vivos. Nuestros territorios están vivos. Nuestras comunidades siguen pensando, actuando y construyendo sus propios caminos.

Por eso, frente a estas situaciones, necesitamos preguntarnos cómo fortalecer nuestra organización, cómo acompañar las luchas de nuestras comunidades y cómo hacer que las nuevas generaciones conozcan las historias que nos han traído hasta aquí.

No podemos permitir que el desconocimiento se vuelva costumbre, ni que la indiferencia termine pareciéndonos normal.

El dolor que sentimos ante estas situaciones también puede convertirse en una oportunidad para conversar, recuperar la memoria y fortalecer los vínculos que sostienen nuestra vida colectiva.

Porque defender nuestros derechos no es solamente reaccionar ante lo que otros hacen. Es también afirmar quiénes somos, qué valoramos y qué futuro queremos construir.

Una pregunta para conversar en nuestras comunidades

Queremos dejar abierta esta reflexión para que no termine en estas palabras.

Cuando se archiva una iniciativa que busca reconocer nuestros conocimientos, cuando una comunidad tiene que movilizarse para exigir que se respeten sus decisiones o cuando se establecen condiciones que pueden afectar nuestra relación con los bosques, tenemos razones para detenernos y conversar.

¿Qué podemos hacer, desde nuestras familias, nuestras comunidades y nuestras formas de organización, para que el desconocimiento de nuestros derechos no se convierta en algo que terminemos aceptando en silencio?

¿Qué necesitamos recuperar para fortalecer nuestra autonomía? ¿Cómo podemos transmitir nuestros conocimientos y nuestra historia a las nuevas generaciones? ¿Qué espacios debemos construir para que las decisiones sobre nuestra salud, nuestra cultura y nuestros territorios se tomen con nuestra participación real?

No tenemos que responder estas preguntas en soledad. Podemos hacerlo escuchándonos, compartiendo nuestras experiencias y construyendo acuerdos.

La defensa de nuestros derechos también se sostiene en esa capacidad de reconocernos como parte de una historia común y de actuar colectivamente para que siga viva.

9 de octubre del 2026

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Tierra recuperada, permanencia en riesgo

Jannia Fernández, Jimena Tercero, Monserrat Espinoza y Zuiri Méndez

TC-590 Defensa Comunitaria de Territorios

En la Finca San Andrés y Crün Shurín, Térraba, la historia de la tierra no se cuenta como un asunto del pasado. Se entrelaza con las historias de vida de quienes la habitan: está en las casas levantadas por las familias, en las parcelas que se regeneran y en las personas que participaron en los procesos de recuperación. También permanece en los conflictos que, años después, siguen marcando la vida en el territorio, escenario de una disputa por la tierra, los servicios básicos y el rol de la Asociación de Desarrollo Integral (ADI).

Actualmente, el «Reglamento Interno de Acceso y Tenencia de la Tierra del territorio indígena de Térraba» impulsado desde la ADI de Térraba está en el centro de las preocupaciones de la comunidad. Este reglamento interno podría tener injerencia directa sobre quienes habitan fincas recuperadas, incluida su permanencia y posibles mecanismos de desalojo. Así quedó expuesto durante las reuniones realizadas el 5 y 6 de septiembre, cuando miembros de ambas comunidades compartieron los antecedentes del conflicto y sus preocupaciones frente a una supuesta consulta del reglamento.

Nos han dado la tierra.
Recuperamos la tierra.

La recuperación de Finca San Andrés ocurrió en 2015. Según explicaron, San Andrés había sido adquirida al igual que la finca Volcancito, por el Instituto de Desarrollo Agrario (IDA ahora INDER). Esta gestión se dio en el marco de regresar tierras que estaban en manos no indígenas al territorio indígena de Térraba.

De acuerdo con los participantes, está adquisición fue entregada a la ADI de Térraba, sin embargo Volcancito fue repartido en manos de personas no indígenas y que personas beneficiadas terminaron vendiendo a personas no indígenas. Por lo que según relataron, queriendo evitar que en San Andrés se repitiera la misma situación que en Volcancito y sumando la necesidad de que la tierra se entregará a personas no indígenas, fue que un grupo ingresó a la finca en 2015 para asegurar la tierra a cerca de 40 familias indígenas brörán.

En el caso de Crün Shurín, la recuperación se llevó a cabo en el 2018. Crün Shurín significa «Tierra de Venados» y fue realizada por 16 familias brörán. Según los relatos, las tierras estaban en manos de un terrateniente que se dedicaba a la ganadería extensiva. Luego de la recuperación que implicó la vivencia de múltiples violencias y amenazas, han logrado ir restaurando el espacio para que la biodiversidad se regenere.

Según las personas participantes, la ADI de Térraba no ha respetado la Base de datos creada junto al Tribunal Supremo de Elecciones (TSE) y el Consejo de Mayores Brörán, donde se reconocen doce troncos genealógicos pertenecientes al pueblo térraba/brörán. Señalan que la ADI tampoco ha hecho esfuerzos para regresar el territorio a manos de personas indígenas. Según Jorge Cole en el año 1976, el 88% del territorio estaba en manos de personas no indígenas (2009).

Un reglamento que podría abrir paso al despojo

Según lo expresado durante las reuniones, el «Reglamento Interno de Acceso y Tenencia de la Tierra del territorio indígena de Térraba» es impulsado desde la ADI de Térraba, cuya dirigencia, según señalaron los participantes, mantiene una continuidad de más de 30 años. Para Macedonio, Pedro y Jorge de la recuperación Crún Shurín, representa otro mecanismo institucional que podría utilizarse para expulsarles de la tierra recuperada.

Para algunos miembros de la comunidad, el problema no es únicamente la existencia del reglamento, sino el poder que podría otorgar a personas no indígenas para tomar decisiones sobre las personas y la tierra en la que habitan. También se cuestionó que una normativa interna permita medidas que afecten derechos fundamentales sin garantizar el debido proceso.

Un reglamento no es una ley y un reglamento no puede ir en contra de una ley, expresó uno de los participantes. La preocupación también se relaciona con quién tendría autoridad para aplicar esas medidas. Otro asistente lo resumió así: La asociación no puede ser juez y parte.

También se mencionó que el reglamento podría contemplar expulsiones del territorio por periodos de entre cinco y diez años, y cuestionaron que decisiones de esa magnitud puedan tomarse sin acuerdos con la comunidad.

Resaltando que el problema no radica únicamente en establecer reglas, sino en que éstas respeten la Ley Indígena y las formas propias mediante las cuales los pueblos indígenas toman sus decisiones.

La ADI y el acceso a servicios básicos como forma de presión

Pero primero, ¿Qué es una ADI?. Las Asociaciones de Desarrollo Integral (ADI) son figuras que el Estado reconoce como agentes legales para impulsar el desarrollo de comunidades. Sin embargo, en el caso de territorios indígenas tienen una particularidad, pues la tierra es de carácter comunal. En los territorios indígenas la tierra que pertenece a cada familia no se registra en planos catastrados, más bien, lo que se reconoce en el Registro Civil es el plano catastrado de todo el territorio designado por ley para cada pueblo indígena en particular.

Por lo que, el Estado entrega una potestad a las ADIs en territorios indígenas para administrar la tierra. Esta decisión ha llevado a muchos tipos de conflictos, pues las ADIs, según señalaron integrantes de Crün Shurín y Térraba, son organizaciones impuestas sobre formas organizativas propias.

El acceso a servicios básicos fue otra de las dificultades señaladas, ya que la ADI entrega reconocimientos de identidad indígena para que puedan acceder a servicios básicos. Algunos habitantes aseguraron haber enfrentado problemas para obtener electricidad y agua potable, y otros continúan sin estos servicios porque, según mencionaron, la ADI obstaculiza su obtención. Nos están negando servicios básicos que para nosotros son funcionales, por ejemplo, poner la electricidad, manifestó uno de los participantes.

La experiencia de Ballvina muestra cómo estas dificultades para acceder a servicios básicos han tenido consecuencias directas en la vida cotidiana de las familias. Al recordar la situación con su madre, señaló que durante años permaneció sin acceso a electricidad ni agua: Nos niega la luz, durante cinco años, no se pudo poner una refri, no se pudo poner una lavadora, ni el agua, el agua siempre la trasladé desde Buenos Aires a aquí para poder tener a mi mamá, hasta que al fin ella descansó, nos cuenta.

Según explicó, su madre no pudo disfrutar de esas condiciones básicas durante el tiempo que permaneció allí.

Los testimonios coinciden al afirmar que la ADI tiene a su disposición un arsenal de herramientas de coacción con el fin de intimidar voces disidentes dentro de la comunidad: desde la promesa de tierras y bonos de vivienda a personas indígenas y no indígenas, hasta una tramitología alienante por parte del SENASA si se busca diversificar la actividad económica.

En palabras de Dixiana: La gente tiene que someterse si quiere acceder a servicios básicos.

En ese contexto, también señalan las presiones que atribuyen a la ADI y cuestionan la poca regulación que, según consideran, ejerce DINADECO (Dirección Nacional de Desarrollo de la Comunidad) sobre las Asociaciones de Desarrollo. A esto se suma la preocupación por el distanciamiento de las autoridades respecto a la comunidad indígena.

El sentimiento entre las y los habitantes reunidos era compartido: aquel de la rabia frente a la violación de su autonomía, autogestión y cosmovisión frente a un organismo con profundas raíces coloniales establecido como régimen disciplinario de cuerpos y territorios.

Autoridades tradicionales fuera de la discusión

La pregunta sobre quién debe participar en las decisiones relacionadas con la vida comunitaria fue un hilo conductor de las conversaciones. Varias voces insistieron en la importancia del Consejo de Mayores dentro de las estructuras tradicionales de autogobierno indígena y cuestionaron la concentración de decisiones en la ADI cuando sus consecuencias afectan a las comunidades.

Uno de los mayores dijo no haber tenido acceso al reglamento: Ese reglamento no lo he visto y pertenezco al Consejo de Mayores. Yo no lo he visto, no me lo han pasado.

Para él, la discusión debía involucrar primero a los mayores. Los mayores (…) deberían primero ver eso para poder conversar con la juventud, manifestó.

Los adultos mayores sostienen la comunidad mediante la transmisión de saberes y herencia cultural; paradójicamente, un mamotreto legal como el que promueve la ADI lo que hace es dejarlos fuera de las decisiones sobre el futuro de nuestros pueblos, donde justamente ellos deberían estar en el centro de todo.

Durante las reuniones también insistieron en que cualquier organización que intervenga en estos asuntos debería respetar la Ley Indígena y las formas propias de organización comunitaria, y que las decisiones deben construirse con la participación del pueblo y mediante acuerdos.

También se cuestionan las formas de comunicación, ya que no están adaptadas a las necesidades de toda la comunidad, especialmente de las personas mayores que no saben leer. Según señalaron, esto limita su acceso a la información y dificulta un diálogo más directo entre la ADI y las personas del territorio, así como el reconocimiento de sus formas de organización y sus tradiciones.

Autogestión y autonomía para una vida digna

Pese a las dificultades, los recuperadores destacaron el trabajo de las familias para establecerse y mantener activas las tierras recuperadas. Las viviendas, las parcelas y los cultivos reflejan un proceso que, según explicaron, han construido y sostenido mediante su propio esfuerzo y aprendizaje.

Muy orgulloso de la gente de aquí, de San Andrés, no esperando que la Asociación nos dé las cosas […] nosotros podemos hacer las cosas, expresó uno de ellos.

Durante un recorrido por la parcela de Gerald, uno de los recuperadores de Finca San Andrés, fue posible observar parte de ese proceso. En un terreno antes utilizado como potrero, ha desarrollado por cuenta propia un sembradío de cacao que mantiene y amplía mientras aprende sobre su manejo. Además de su aprendizaje autodidacta, ha buscado recomendaciones sobre qué especies sembrar y cómo organizar los cultivos, entre ellas la incorporación de guaba junto al cacao.

Con el paso del tiempo, el terreno también ha recuperado parte de su cobertura vegetal: donde antes predominaba el potrero, actualmente se observan cultivos y una mayor presencia de vegetación que ha surgido naturalmente gracias a la protección de las personas indígenas. El proceso muestra cómo algunas familias no solo han ocupado las tierras recuperadas, sino que han aprendido a trabajarlas y transformarlas mediante sus propios recursos y conocimientos adquiridos en el camino.

En Crün Shurín, la autogestión también se ha expresado en la organización comunitaria. Durante la reunión, los habitantes recordaron que en la finca se han impulsado clases para recuperar palabras del idioma indígena, procesos de trabajo junto con universidades y espacios de organización colectiva, entre ellos la creación de un sindicato. También señalaron que varias familias se han establecido allí de forma permanente y que incluso han nacido niños dentro de la recuperación. Para ellos, permanecer en la tierra implica no solo habitarla, sino construir comunidad y sostener prácticas culturales y organizativas propias.

Conflictos impuestos pero salidas colectivas

Después de más de una década, en San Andrés y Crün Shurín se ven las consecuencias de la imposición de formas organizativas que no son propias de los pueblos indígenas. El reglamento, las atribuciones del Estados hacia las ADIs en territorios indígenas y las formas de la ADI de Térraba, visibiliza las herramientas de cohesión que pueden aplicar estas instancias sobre la población indígena.

Las personas participantes piden gobernar su territorio de acuerdo con sus tradiciones e ideales y continuar con procesos como el saneamiento de las tierras, la construcción de comunidad y el rescate cultural.

El reto para las comunidades de San Andrés y Crún Shurín es uno colectivo y contrarreloj, pero como susurró Doña Ballvina, ellos y ellas al ser quienes se ven directamente afectados, no pueden darse el lujo de ser pesimistas.

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Comunidades bribris protestan contra DINADECO por irrespeto a autonomía indígena

Zuiri Méndez y Andrea Espinoza

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Clementino Villanueva se levantó a las 3:00 am para viajar desde la comunidad de Meleruk en Territorio Bribri de Talamanca hacia las oficinas centrales de DINADECO en San José.

Al igual que Filidencio Cubillo y más de 60 personas de distintas comunidades de este territorio indígena en Caribe Sur, protestaron el jueves 20 de agosto porque las jefaturas de DINADECO no han tramitado la destitución de la presidenta de la ADITIBRI.

La presidenta firmó un contrato el 14 de septiembre del 2024 con la empresa GGI Grupo GOICO Internacional, por la venta de certificados de créditos de carbono basados en cobertura forestal del territorio. Este convenio se realizó sin consulta previa, libre e informada.

Desde el 2024 la Asamblea de ADITIBRI anula el contrato, sin embargo el conflicto continuó y por esto que el 8 de mayo del 2026 realizaron una nueva Asamblea donde la mayoría votó por destituir a la presidenta.

Clementino indicó que se está irrespetando la autonomía indígena tutelada por legalidad nacional e internacional. Primero cuando DINADECO no está acogiendo la voluntad de la Asamblea general de la ADITIBRI. Y segundo, por firmar un contrato sin realizar la debida consulta.

Bonos de carbono, restricciones culturales y puertas a extractivismos

Restringirnos de las zonas boscosas para el uso de bonos de carbono, atenta contra nuestra dignidad y soberanía alimentaria. Por eso estamos aquí, y esperamos que DINADECO escuche nuestra petición y que el estado costarricense reconsidere su posición. No estamos mendigando nada, estamos aquí exigiendo nuestros derechos, señaló Filidencio.

Las críticas a los mercados de bonos de carbono ha generado críticas dentro del territorio bribri de Talamanca desde el 2010, cuando inició el Programa de REDD+ para territorios indígenas, en cual se estaba planteando según las poblaciones, sin un debido proceso de consulta.

Los bonos de carbono se venden a partir del carbono que capturan grandes masas de árboles, por lo que en los contratos que se firman, usualmente se impide que se realice cualquier alteración que vaya a afectar la captura del carbono. Esto implica que las poblaciones que viven con los bosques, no puedan tocarlos.

En ese sentido genera serias dudas sobre las restricciones que este tipo de proyectos pueda traer sobre los usos tradicionales sobre los bosques, pues son las zonas boscosas que sostienen la materialidad y cosmovisión de sus vidas. Así indica Filidencio: Es parte de nuestra cosmovisión, cuidar la naturaleza, porque en la naturaleza, en los bosques es que se encuentra nuestro alimento, la medicina, nuestras viviendas.

Clementino por su parte, señaló que la firma de estos contratos con empresas privadas pone en riesgo la poca selva que tienen, la protección de los ríos y las montañas. Y señala: Si los traidores entregan nuestros recursos a las transnacionales, no solo es el carbono, sino ya da pie para que exploten el oro, las minas, madera, gas. Estamos abriendo la puerta sin darnos cuenta que todo eso va a suceder a futuro. Y cuando eso pase ¿A dónde iremos todas las familias indígenas? Por eso estamos defendiendo lo poquito que tenemos.

Un lucha que continúa

A la protesta asistieron mujeres, menores de edad y personas adultas mayores provenientes de las comunidades de Kachabli, Korbita, Suretka, Meleruk, Rancho Grande, Volio, entre otras. Clementino indicó: Y si en caso que DINADECO no llegue con las personas negociadoras a un feliz término, la próxima vamos a tener invadido todo esto, no va a pasar ni carro. Talamanca ha sido siempre luchador defendiendo sus recursos naturales.

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¿Qué obstaculiza la atención médica en los territorios indígenas? Una reflexión urgente desde Talamanca – Colectivo Antonio Saldaña

Desde los territorios indígenas Bribri y Cabécar de Talamanca seguimos observando con preocupación múltiples dificultades para acceder a una atención médica digna, oportuna y ajustada a la realidad de nuestras comunidades.

Las situaciones que viven muchas familias no son casos aislados. Son experiencias que se repiten y que revelan profundas limitaciones del sistema de salud cuando este intenta responder desde protocolos rígidos, sin considerar las condiciones sociales, geográficas, económicas y culturales propias de los territorios indígenas.

Adultos mayores, personas con padecimientos complejos y familias enteras enfrentan obstáculos para recibir tratamientos, medicamentos o seguimiento médico adecuado. En algunos casos, el personal de salud expresa tener voluntad de ayudar, pero señala que no cuenta con recursos suficientes, medicamentos específicos, camillas, transporte o posibilidades de actuar fuera de lo que permiten los protocolos institucionales.

La situación de doña Matilde Fernández, así como otros casos que viven cotidianamente las comunidades, deja preguntas urgentes:

  • ¿Por qué continúan existiendo barreras para recibir atención médica adecuada en los territorios indígenas?
  • ¿Cómo es posible que una persona deba desplazarse largas distancias para recibir un medicamento que no existe en su EBAIS?
  • ¿Por qué los protocolos parecen imponerse sobre las necesidades humanas y comunitarias?
  • ¿No deberían las instituciones adaptar sus mecanismos de atención a la realidad territorial de Talamanca?

Estas preocupaciones no surgen únicamente desde la experiencia comunitaria. También encuentran respaldo en el marco jurídico nacional e internacional que obliga al Estado costarricense a garantizar una atención diferenciada y culturalmente pertinente para los pueblos indígenas.

El Convenio 169 de la Organización Internacional del Trabajo (OIT), ratificado por Costa Rica mediante la Ley N.º 7316, establece que los gobiernos deben garantizar a los pueblos indígenas servicios de salud adecuados o proporcionarles los medios que les permitan organizar y prestar dichos servicios bajo su propia responsabilidad y control.

Además, el artículo 25 de dicho convenio señala que los servicios de salud deben organizarse, en la medida de lo posible, a nivel comunitario y planearse y administrarse en cooperación con los pueblos interesados, tomando en cuenta sus condiciones económicas, geográficas, sociales y culturales.

Precisamente ahí surge una profunda preocupación e indignación para las comunidades indígenas de Talamanca. Porque si un Estado como el costarricense —que históricamente ha proyectado una imagen internacional de institucionalidad, cobertura social y compromiso con los derechos humanos— continúa teniendo tantas dificultades para hacer efectiva esa “medida de lo posible”, entonces es necesario preguntarse qué lugar ocupan realmente los territorios indígenas dentro de las prioridades nacionales.

¿Cómo puede seguir considerándose “difícil” adaptar servicios de salud a las realidades territoriales cuando existen obligaciones legales, tratados internacionales ratificados y décadas de experiencia institucional acumulada? ¿Por qué sigue pareciendo excepcional o inviable construir mecanismos de atención acordes con las condiciones culturales y geográficas de los pueblos indígenas, cuando precisamente eso es lo que establecen los compromisos internacionales asumidos por el país?

Las comunidades indígenas no están solicitando privilegios. Están exigiendo que se cumpla un derecho reconocido por la legislación nacional e internacional: recibir atención médica pertinente, accesible y humanamente adecuada a sus condiciones de vida.

La Constitución Política de Costa Rica también reconoce el derecho a la vida, la salud y la dignidad humana como principios fundamentales que deben orientar toda acción institucional. A esto se suma la obligación de las instituciones públicas de garantizar igualdad real en el acceso a servicios esenciales, especialmente para poblaciones históricamente excluidas.

Por ello, resulta necesario preguntarse si los actuales protocolos institucionales realmente responden a las condiciones del territorio indígena o si, por el contrario, terminan profundizando barreras de acceso y exclusión.

No se trata de señalar únicamente al personal médico o administrativo, que muchas veces también trabaja bajo limitaciones estructurales. Se trata de reconocer que existe un problema más profundo que requiere voluntad institucional, diálogo y soluciones construidas junto a las comunidades.

Por eso consideramos urgente abrir una mesa de diálogo territorial donde participen comunidades indígenas, personal de salud, autoridades de la CCSS e instituciones vinculadas, con el fin de identificar obstáculos reales y construir mecanismos de atención más humanos, pertinentes y accesibles.

La salud no puede depender únicamente de protocolos que desconocen la realidad de los territorios. La salud debe partir del respeto a la dignidad humana, del reconocimiento cultural y de la responsabilidad del Estado de garantizar atención para todas las personas.

Colectivo Antonio Saldaña

Talamanca, Costa Rica

13 de mayo del 2026

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Pueblo Ngäbe de Sixaola en su lucha por territorio

En este video escuchamos de primera mano los testimonios de personas del pueblo indígena Ngöbe asentado en Sixaola, quienes denuncian el abandono institucional, la discriminación y la negación sistemática de sus derechos.

Las entrevistas fueron grabadas durante el conversatorio “Situación actual del pueblo Ngäbe de Sixaola en su lucha por territorio”, realizado en la Universidad de Costa Rica el 14 de junio de 2025.

Las y los participantes abordan con claridad y firmeza problemáticas como:

Obstáculos para acceder a ayudas sociales y servicios básicos.

Falta de atención en salud y acceso seguro al agua.

Condiciones de explotación laboral en las fincas bananeras y plataneras.

La ausencia de un territorio reconocido que garantice su existencia como pueblo.

Más que relatos aislados, estas voces revelan un patrón sostenido de exclusión y racismo estructural que vulnera a más de 10.000 personas Ngöbe en la zona sur del Caribe costarricense. Este material busca amplificar su llamado: reconocimiento, justicia territorial y el cumplimiento de los compromisos internacionales que el Estado costarricense ha firmado, como el Convenio 169 de la OIT.

Organizaron el Proyecto de Acción Social Movimientos socioterritoriales del Caribe Sur: El pueblo Ngäbe de Sixaola — Escuela de Geografía y Programa Kioscos Socioambientales de la Vicerrectoría de Acción Social (VAS) — con el respaldo del Laboratorio de Geografía Humana de la Escuela de Geografía y la Subcomisión de Coordinación con Pueblos y Territorios Indígenas del CONARE.

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Conversatorio en Talamanca: Mecanismos de compensación de emisiones de carbono bajo la lupa comunitaria

En el marco del trabajo del TCU 590 del Programa Kioscos Socioambientales de la UCR, se realizó un conversatorio a petición de la comunidad Alto Coén, para conocer el contenido aprobado en el Plan Ambiental Forestal Territorial (PAFT) y el Contrato de Reducción de Emisiones Forestales (CREF) por la Asociación de Territorio Cabécar de Talamanca (ADITICA).

El encuentro, reunió a personas líderes, mayores y vecinas de Alto Coen, Barrio Escalante y personas interesadas de territorio bribri, para desmenuzar en colectivo, los aspectos técnicos, legales y culturales de estos instrumentos, así como sus impactos en la autonomía comunitaria.

El PAFT y el CREF: qué son y cómo operan

El PAFT es un plan que cada territorio indígena debe elaborar para acceder a fondos internacionales destinados a la conservación de bosques. En estos planes las comunidades indígenas deben decidir cómo se van a utilizar los fondos que provienen de REDD+. Sin una PAFT no es posible acceder a un CREF.

El CREF es el contrato mediante el cual se formaliza la venta de “servicios ambientales” —como la captura de carbono— a terceros, a cambio de financiamiento condicionado. En Costa Rica, el Fondo Nacional de Financiamiento Forestal (FONAFIFO), adscrito al Ministerio de Ambiente y Energía (MINAE), es la institución encargada de administrar estos contratos y canalizar los recursos.

Las cláusulas del CREF incluyen restricciones estrictas sobre el uso del bosque y obligan a las comunidades a vigilar, denunciar y sancionar cualquier actividad que contravenga los servicios ambientales de los bosques en contrato (Cláusula Sexta de LM-01-50-0705-2023, LM-01-50-0975-2023 y LM-01-50-0976-2023).

La elaboración de los PAFT se origina en la Estrategia Nacional REDD+, y busca atender 5 temas especiales que fueron decididos en una “consulta indígena nacional” realizada entre el 2011 y el 2015.

Sin embargo, en el conversatorio integrantes de las comunidades indígenas cuestionaron que la participación en la consulta nacional fue limitada, y que en la elaboración del PAFT aprobado, se repitió un patrón similar, lo que restringió la capacidad de las comunidades para decidir qué proyectos implementar y cómo hacerlo.

Actores y responsabilidades

En la discusión se hizo hincapié en que el Ministerio de Ambinete y Energía (MINAE), como autoridad ambiental nacional, tiene la responsabilidad de garantizar que cualquier plan o contrato que afecte territorios indígenas se elabore en cumplimiento de derechos como la consulta previa, libre e informada, reconocida en el Convenio 169 de la OIT.

El Fondo Nacional de Financiamiento Forestal (FONAFIFO), por su parte, no solo administra los pagos y contratos, sino que también negocia con instituciones internacionales y define procedimientos que inciden directamente en la vida comunitaria.

El Banco Mundial y el Fondo Verde del Clima, son en el caso de los CREF firmados, los principales agentes financiadores y deben asegurar que los fondos destinados se utilizan para los objetivos planteados.

Condiciones externas y autonomía interna

Las y los participantes señalaron que estos instrumentos responden a una lógica global: países y empresas que contaminan pagan para que otros —en este caso, territorios con bosques— compensen sus emisiones.

El financiamiento se presenta como incentivo para la conservación, pero trae consigo condiciones: prohibición de usos tradicionales (cacería, agricultura, ganadería, aprovechamiento de madera), vigilancia constante y administración centralizada de los recursos.

Esto, en la práctica, significa que los pueblos indígenas pueden perder control sobre sus territorios y sobre sus formas históricas de manejo, incluso sin vender la tierra formalmente.

La consulta previa: obligación legal, reto político

La consulta previa es un derecho reconocido por el Convenio 169 de la OIT, que establece que cualquier medida que afecte a los pueblos indígenas debe contar con su consentimiento informado.

En el caso del PAFT y el CREF, varias voces denunciaron que el proceso fue incompleto, sin acceso a información clara, con participación reducida y en algunos casos, sin la traducción ni contextualización necesarias para que las comunidades comprendieran plenamente las implicaciones de lo que se aprobaba.

Esta ausencia de consulta real ha derivado en conflictos internos, pérdida de confianza hacia las asociaciones que firmaron los contratos y tensiones entre comunidades y autoridades estatales.

La importancia de un posicionamiento propio

Un eje central del conversatorio fue la necesidad de que los pueblos indígenas definan su propio posicionamiento frente a estos mecanismos.
Esto implica:

  • Elaborar planes e instrumentos propios que partan de las formas de uso y manejo tradicional del bosque.

  • Establecer condiciones claras para cualquier acuerdo, priorizando el beneficio directo a la comunidad y no solo a estructuras administrativas.

  • Garantizar que las consultas no sean meros trámites, sino procesos de diálogo culturalmente pertinentes, con tiempo, traducción y transparencia.

La experiencia ancestral de los pueblos bribris y cabécares en la gestión de sus territorios demuestra que existen formas efectivas de conservación que no requieren la imposición de marcos externos ajenos a la cosmovisión indígena.

Más que conservación: un debate sobre soberanía

Más allá de la retórica ambiental, el PAFT y el CREF plantean un debate de fondo:
¿Quién decide sobre el uso del territorio indígena? ¿Quién se beneficia de los contratos de carbono? ¿Cómo se equilibran las obligaciones globales de conservación con el derecho a la autodeterminación?

Las personas participantes coincidieron en que, sin una base sólida de información y organización comunitaria, estos instrumentos corren el riesgo de convertirse en una nueva forma de despojo, donde se restringen prácticas culturales y se concentra el control en actores externos.

Asociaciones de desarrollo indígena: su lugar en la negociación y la información

El conversatorio también abrió una reflexión sobre el papel de las Asociaciones de Desarrollo Indígena como entidades firmantes y administradoras de estos contratos.
Se cuestionó su legitimidad cuando no existe un mandato claro de la comunidad para negociar, así como su capacidad —o voluntad— para informar de manera completa y transparente sobre los alcances y condiciones de los acuerdos.
La opacidad en la gestión de la información y la centralización de decisiones en pocas manos alimenta tensiones internas y debilita la capacidad de los pueblos para defender colectivamente sus derechos territoriales.
Se planteó la urgencia de democratizar los mecanismos de información y asegurar que toda negociación sea precedida por procesos amplios de socialización y debate comunitario.

Falsas soluciones climáticas y mercantilización de la naturaleza

Finalmente, las y los participantes advirtieron que instrumentos como el PAFT y el CREF forman parte de lo que se conoce como falsas soluciones climáticas:

  • Permiten que los sectores más contaminantes evadan sus responsabilidades reales, comprando “compensaciones” en lugar de reducir sus emisiones.

  • Trasladan los costos y riesgos a las comunidades, que pueden enfrentar sanciones y demandas si se incumplen las cláusulas contractuales.

  • Promueven la mercantilización de la naturaleza, reduciendo bosques y territorios a “servicios ambientales” con valor monetario, desconectados de sus significados culturales, espirituales y comunitarios.

Esta lógica choca con las formas y modos de vida ancestrales, donde la relación con la naturaleza no se basa en propiedad privada ni en transacciones comerciales, sino en vínculos de reciprocidad, cuidado y equilibrio.

Para muchas personas presentes, aceptar estos mecanismos sin cuestionarlos es abrir la puerta a una progresiva pérdida de control sobre el territorio y a la subordinación de las prácticas culturales a reglas impuestas desde fuera.

Puntos críticos sobre el PAFT y el CREF en territorios indígenas

Consulta previa deficiente

Procesos incompletos, con baja participación y poca información.

Falta de traducción y contextualización cultural.

Decisiones tomadas por grupos reducidos, sin mandato pleno comunitario.

Restricciones al uso tradicional del bosque

Prohibición de cacería, agricultura, ganadería y aprovechamiento de madera en zonas bajo contrato.

Obligación de denunciar a miembros de la comunidad que incumplan las cláusulas.

Riesgo de criminalizar prácticas culturales ancestrales.

Concentración de la administración de recursos

Un alto porcentaje de los fondos se destina a gastos operativos de asociaciones y no directamente a proyectos comunitarios.

Poca transparencia en la distribución y uso de los recursos.

Condiciones externas que limitan la autonomía

Financiamiento condicionado por Banco Mundial, y otros, con prioridades predefinidas.

FONAFIFO y MINAE como ejecutores nacionales que no garantizan procesos plenamente participativos.

Posible subordinación de la gestión territorial a estándares externos.

Ausencia de instrumentos propios

Falta de planes elaborados desde las formas de manejo tradicional indígena.

Necesidad de posicionamiento político propio que defina condiciones, prioridades y mecanismos de control.

Riesgo de despojo indirecto

Aunque no se vende la tierra, se restringe su uso y se transfieren derechos sobre servicios ambientales.

Posibilidad de pérdida de control territorial a largo plazo.

Galería del evento
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Dignidad Indígena en Resistencia: El Legado de Presbere y Saldaña

El Colectivo Antonio Saldaña, con profundo respeto por la historia viva de los pueblos indígenas de Talamanca, participó este sábado 5 de julio en una conmemoración en honor a dos figuras fundamentales de la resistencia indígena en Costa Rica: Pablu Presbere y Antonio Saldaña. Más que una evocación del pasado, esta actividad es un llamado a reconocer la memoria como fuerza política, como herramienta de lucha y como raíz viva de los pueblos que siguen defendiendo su existencia con dignidad.

Presbere y Saldaña no son solo nombres en la historia. Son rostros de una resistencia que no ha sido derrotada. Presbere, líder de la rebelión indígena de Talamanca en 1709- 1710, se levantó contra el sistema de misiones y el poder colonial español que pretendía someter a los pueblos a la evangelización forzada, al despojo cultural y a la militarización de los territorios. Su captura, tortura y ejecución pública buscaban enviar un mensaje de escarmiento, pero su gesta se convirtió en símbolo de la defensa de la autonomía, de la espiritualidad propia y del derecho a decidir cómo habitar la tierra.

Antonio Saldaña, último rey bribri, asesinado en 1910, resistió un nuevo ciclo de colonización: el avance del Estado-nación costarricense y el poder de las compañías bananeras, que con alianzas políticas e intereses extranjeros pretendían absorber el territorio indígena para sus proyectos económicos. Saldaña no fue una figura folklórica ni decorativa: fue un articulador político, un líder que tejió alianzas y defendió la continuidad de su pueblo frente al empuje del capital y la lógica republicana que negaba la existencia de otras formas de gobierno y de vida.

Ambos líderes encarnan historias de lucha, pero también denuncian un silencio: el silencio impuesto por los discursos oficiales de la historia, por un sistema educativo que celebra a Juan Santamaría o Juan Rafael Mora, pero oculta sistemáticamente a quienes resistieron el colonialismo y el despojo en sus múltiples formas. Esta invisibilización no es casual: responde a un proyecto de país que sigue sin reconocer a sus pueblos originarios como sujetos políticos, territoriales y culturales con derechos plenos.

La memoria colectiva, entonces, no es un ejercicio nostálgico ni una pieza de museo. Es un acto de justicia y de lucha. Recordar a Presbere y Saldaña es recuperar claves para entender el presente: la continuidad del racismo estructural, el despojo territorial, la criminalización de defensores indígenas, el abandono estatal y la resistencia diaria de quienes defienden sus ríos, sus montañas, su lengua y su forma de vida. Es también una crítica a la idea de progreso que sigue negando el valor de lo indígena, de lo comunal, de lo no blanco, de lo no occidental.

Por ello, desde el Colectivo Antonio Saldaña se propone declarar el 4 de julio como Día de la Resistencia Indígena en Costa Rica. Se solicita al Ministerio de Educación Pública la inclusión de las gestas de Presbere y Saldaña en los programas de estudio, así como la elaboración de materiales didácticos interculturales que permitan a niñas, niños y jóvenes conocer las raíces de un país que no nació homogéneo ni mestizo, sino profundamente diverso. También se plantea al Ministerio de Cultura y Juventud la creación de réplicas del Museo de Talamanca en los territorios indígenas, para que sean los propios pueblos quienes cuenten su historia desde sus voces, símbolos y lenguajes.

Reivindicar estas memorias es romper con siglos de ocultamiento. Es descolonizar la historia y abrir camino hacia una sociedad donde la justicia y la dignidad no dependan del origen, el idioma o la espiritualidad. Que Pablu Presbere y Antonio Saldaña no sean más héroes silenciados, sino semillas vivas de una resistencia que florece en la defensa del territorio, la cultura y la vida misma.

Autonomía, memoria y territorio: el camino que seguimos caminando

Cerrar esta conmemoración no es poner punto final, sino reafirmar un compromiso. En contextos marcados por el racismo, la exclusión estructural y el despojo sistemático, la organización autónoma de los pueblos indígenas ha sido y sigue siendo un acto de resistencia profunda. Es en esa autonomía donde florece la fuerza para defender el territorio, cuidar la memoria colectiva y construir caminos propios hacia la vida digna.

En ese horizonte se inscribe la labor del Colectivo Antonio Saldaña, que desde Talamanca impulsa procesos de revitalización cultural, denuncia del olvido histórico e incidencia política con perspectiva comunitaria. A través de su accionar, el colectivo no solo mantiene viva la memoria de líderes como Presbere y Saldaña, sino que actualiza su legado en la defensa cotidiana de los derechos territoriales, la autonomía organizativa y la dignidad de los pueblos.

Este colectivo es ejemplo de cómo la memoria no se queda en la nostalgia, sino que se vuelve herramienta para disputar sentidos, abrir espacios y sembrar futuros. Es desde abajo, desde los territorios, donde se están escribiendo las páginas más honestas de transformación social en nuestro país.

Honramos hoy no solo a quienes resistieron hace siglos, sino a quienes siguen resistiendo con sabiduría, coraje y propuesta. Que este ejercicio de conmemoración se multiplique en acciones, alianzas y políticas que reconozcan lo que por justicia corresponde: el derecho de los pueblos indígenas a decidir sobre su presente y su porvenir.

Porque sin autonomía, no hay justicia. Sin memoria, no hay futuro. Y sin territorio, no hay vida.

¿Qué entendemos por resistencia indígena? Una mirada desde Abya Yala

Hablar de resistencia indígena en América Latina y el Caribe no es solo mirar al pasado: es reconocer una lucha continua, profunda y diversa contra la colonización, el racismo y el despojo. Desde el primer momento en que los pueblos originarios enfrentaron la invasión europea, comenzó un proceso de defensa de sus territorios, culturas, lenguas, cosmovisiones y formas de vida.

En muchos casos, como en Talamanca, la resistencia no fue derrotada. Se transformó, se replegó, se expresó en rebeliones abiertas como las de Pablu Presbere o en procesos políticos como los liderados por Antonio Saldaña. Pero también continúa en las luchas actuales por el derecho a la tierra, la autonomía, el acceso a la educación y la salud desde perspectivas propias, y la preservación de la madre tierra frente al extractivismo y el neoliberalismo.

 

Desde el altiplano andino hasta la selva amazónica, desde el Caribe afroindígena hasta el Cono Sur, los pueblos originarios han tejido una resistencia viva que no se limita a sobrevivir, sino que propone otras formas de habitar el mundo. Hoy, en tiempos de crisis climática, colapso social y despojo territorial, su palabra y su lucha se vuelven aún más urgentes para todos los pueblos.

Reconocer esta historia en Costa Rica —a través de figuras como Presbere y Saldaña es también reconocernos como parte de una memoria colectiva de lucha anticolonial, que no ha terminado y que sigue llamándonos a defender la vida con dignidad.

Referencias:

Solórzano Fonseca, Juan Carlos. (2011). La rebelión de los indígenas bajo la dirección de Pablo Presbere (Talamanca 170S-1710). Cuadernos de Antropología, (21), 1–38.

 Universidad de Costa Rica. https://doi.org/10.15517/c.a.v0i21.5482

Díaz Arias, David, C Solórzano Fonseca, Juan Carlos. (s.f.). Conquista, colonización y resistencia indígena en Costa Rica. Universidad de Costa Rica.

Galería

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
Pablo-Presbere

Presente vivo, memoria que lucha: conmemoramos a Pablo Presbere y Antonio Saldaña

Esta nota fue elaborada por el Colectivo Antonio Saldaña, como parte de los esfuerzos por mantener viva la memoria, el legado y las luchas de nuestros líderes y lideresas ancestrales.
Porque resistir también es recordar, escribir y compartir desde nuestras voces.

Hoy, 4 de julio, conmemoramos el Día de Pablu Presbere, símbolo de resistencia y dignidad de los pueblos originarios.

“Para el pueblo bribri, no es un aniversario lo que celebramos. Es nuestra forma de vivir. Es memoria en acción, cada día, cada río, cada palabra que guardamos.”

En el corazón del territorio, seguimos caminando con el legado de nuestros grandes líderes: Pablo Presbere y Antonio Saldaña, quienes hasta hoy, siguen retumbando como símbolo de resistencia y compromiso con la vida. No los recordamos sólo por lo que hicieron, sino por lo que somos gracias a ellos.

Para muchos de nosotros, este territorio sigue siendo un paraíso natural. Vivimos dentro de un tesoro que heredamos y cuidamos porque nuestros ancestros lucharon por él. Ese legado no está en los libros, ni en papeles; está en la montaña, en los ríos, en la medicina, en las casas, en la comida, en el idioma… en todo lo que es nuestro y que aún respiramos.

Conmemoramos a Pablo Presbere no como una fecha aislada, sino como un acto continuo de resistencia y amor. Su lucha permitió que las generaciones actuales vivamos con más dignidad, con menos miedo y con más raíz.

No es fácil explicarlo, porque no es una historia que se dice: es un sentimiento que se vive todos los días. Porque para nosotros, no basta con predicar; lo que importa es accionar. Y accionar es cuidar la memoria, guardar la cultura, proteger el idioma, fortalecer los clanes, y mantener viva la esencia bribri.

Por eso existe el Colectivo Antonio Saldaña: como un espacio para seguir tejiendo esa memoria viva. Desde nuestros territorios, acompañamos procesos comunitarios, fortalecemos el conocimiento ancestral y defendemos la dignidad del pueblo bribri frente a las amenazas del olvido, la discriminación y la imposición cultural. Nuestra labor no es académica ni institucional: es espiritual, política y comunitaria. Nos mueve el compromiso con nuestras raíces y con las generaciones que vienen.

A través de encuentros, caminatas, reflexiones colectivas y acciones de defensa territorial, el colectivo busca mantener encendida la llama de lo que somos. Cada actividad es un acto de resistencia. Cada palabra en bribri, cada historia recuperada, cada joven que decide caminar con orgullo su identidad, es parte de esa lucha. No trabajamos solos: caminamos con los mayores, con las mujeres sabias, con los niños y niñas, con quienes sueñan un territorio libre y pleno. Porque la memoria no se hereda por sangre, sino por acción colectiva.

El legado de lucha no se hereda en papeles, sino en actos

El sistema que nos rodea ha tratado de borrar este legado. Nos dicen que el idioma bribri no sirve para encontrar trabajo, que nuestras medicinas no tienen valor, que nuestras formas de vida son atraso. Nos enseñan a olvidar. Pero nosotros sabemos que no es casualidad: es parte de un sistema que busca nuestra desaparición cultural.

Hoy, no hay balas ni cadenas como en el pasado, pero hay una muerte lenta: al idioma, a la identidad, a la medicina, a la educación propia. Lo sentimos cuando a las personas jóvenes les cuesta mantener el idioma. Cuando se nos dice que el buen vivir bribri, ya no sirve. Cuando se nos empuja a abandonar nuestras formas de conocimiento por otras impuestas.

Resistencia cotidiana, memoria para cuatro generaciones

En la tradición bribri, existe una norma profunda: cada generación tiene el deber de guardar, cuidar y conservar para su cuarta generación. Lo que hoy hacemos no es para nosotros, es para quienes vendrán. Nuestros abuelos lo hicieron por nosotros. Hoy, nos toca a nosotros hacerlo también.

Por eso, seguimos luchando. Contra el olvido. Contra las empresas. Contra instituciones públicas que no reconocen nuestra existencia. Seguimos luchando para que nuestras raíces no se corten.

Celebramos porque vivimos

El día de Pablo Presbere no es una efeméride más. Es una reafirmación de vida. Un acto político y espiritual. Es recordar que no somos un pueblo vencido. Que seguimos aquí, sembrando memoria, cuidando el territorio, hablando nuestro idioma, resistiendo con dignidad.

Gracias a quienes acompañan esta lucha. Gracias a quienes nos ayudan a escribir, a quienes escuchan. Este camino no es fácil, pero está lleno de sentido. Y como decimos entre nosotros:

“No tenemos todo escrito, pero sí lo guardamos en la memoria.”

Educación sin memoria propia: ¿cuál historia estamos enseñando?

Hablar del legado de Pablo Presbere y Antonio Saldaña no es sólo recordar el pasado: es exigir que su historia sea contada desde nuestra propia voz, desde la cosmovisión bribri y no como una «versión alternativa» dentro de los márgenes del sistema educativo nacional.

Cuando el Ministerio de Educación Pública (MEP) reduce nuestras memorias a un párrafo en los libros o las convierte en un relato exótico dentro de un temario oficial, lo que está haciendo es reproducir el colonialismo epistemológico. No se trata solo de lo que se dice, sino de quién lo dice y desde dónde se dice.

La historia de Pablo Presbere, por ejemplo, suele contarse desde una visión nacionalista y oficialista, donde se le reconoce como un “líder indígena rebelde”, pero sin profundizar en su rol como defensor del territorio, la espiritualidad bribri y el derecho a la autodeterminación. Es una historia despolitizada, neutralizada, vaciada de su raíz.

Esto fortalece formas sutiles (y no tan sutiles) de racismo y colonialismo, porque le dice a la niñez y juventud indígena que su forma de ver el mundo no tiene lugar en la escuela.

Que su idioma, sus luchas y sus memorias no son ciencia ni historia, sino «cultura», algo menor, anecdótico.

El resultado es una fractura profunda entre el conocimiento escolar y el conocimiento comunitario, entre la historia enseñada y la historia vivida. Esa ruptura alimenta el desarraigo, el olvido y, en última instancia, la desaparición de formas de vida que han sostenido estos territorios por siglos.

Por eso, no basta con nombrar a Pablo Presbere en el currículo escolar. Lo urgente es transformar la educación pública para que reconozca y respete las memorias desde dentro, no como añadidos, sino como parte del corazón mismo de lo que entendemos por conocimiento, historia y dignidad.

La memoria no es un favor. Es un derecho. Y su negación es otra forma de violencia colonial.

¿Quién fue Antonio Saldaña?

Antonio Saldaña fue el último rey del pueblo indígena de Talamanca, una figura de liderazgo comparable a un guía o autoridad ancestral en su comunidad. Su papel fue crucial en la defensa de la cultura, las tierras y los derechos de su pueblo frente a la expansión de intereses externos, especialmente de compañías bananeras.
 
Según la historia, Saldaña fue asesinado en 1910 en circunstancias no completamente esclarecidas. Se dice que fue envenenado durante una actividad social, en un acto de traición impulsado por quienes veían en su resistencia una amenaza a sus intereses económicos.
 
Su muerte representó un duro golpe para la lucha indígena, pero su legado sigue vivo como símbolo de resistencia y dignidad para los pueblos originarios de la región.
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Protocolo sin voz: la denuncia del Colectivo Antonio Saldaña ante la exclusión indígena en la construcción del protocolo de consulta en Costa Rica

Colectivo Antonio Saldaña alza la voz: basta de falsas consultas en territorios indígenas

Desde el territorio indígena bribri de Talamanca, queremos expresar de forma clara y directa nuestro rechazo al modo en que se han venido desarrollando los procesos para establecer “protocolos” de consulta indígena en Costa Rica. Consideramos que se trata de un proceso profundamente excluyente, que reproduce las mismas lógicas coloniales e impuestas que durante décadas nos han marginado de las decisiones que nos afectan directamente.

A pesar de que la Ley Indígena y el Convenio 169 de la OIT son muy claros en el reconocimiento del derecho de los pueblos indígenas a ser consultados de forma libre, previa e informada sobre cualquier proyecto que afecte nuestros territorios, la realidad es que dicho derecho ha sido constantemente ignorado o manipulado por los gobiernos de turno.

En nuestro territorio, por ejemplo, solo en una ocasión se intentó impulsar una propuesta de protocolo de consulta en conjunto con el gobierno. Fue durante las administraciones de Luis Guillermo Solís y Carlos Alvarado. En ese momento se presentó un proyecto con una solicitud de apenas 18 millones de colones para facilitar un proceso de consulta real, adaptado a nuestras condiciones. A pesar de ello, el gobierno solo realizó una reunión y luego abandonó completamente el proceso. Nunca se retomó ni se dio respuesta a nuestras solicitudes posteriores.

Nosotros vivimos en un territorio extenso, con 33 comunidades y una población aproximada de 16 mil personas. No contamos con transporte público interno, ni con infraestructura adecuada para realizar grandes reuniones. Hay ríos que cruzar en bote, personas mayores que requieren traducción, y una serie de condiciones que hacen extremadamente difícil la participación si no hay una logística adaptada a nuestra realidad. Sin embargo, estas condiciones nunca son tomadas en cuenta por las instituciones.

En lugar de ello, hemos sido testigos de cómo sucesivos gobiernos impulsan protocolos sin nuestra participación, y cuando no aceptamos esas condiciones, simplemente nos excluyen del proceso. Así fue con el decreto emitido por el gobierno anterior: como el territorio bribri de Talamanca no firmó ni estuvo de acuerdo con el contenido, quedamos fuera del decreto. Desde entonces, nadie nos ha vuelto a consultar sobre el tema.

Nosotros vivimos en un territorio extenso, con 33 comunidades y una población aproximada de 16 mil personas. No contamos con transporte público interno, ni con infraestructura adecuada para realizar grandes reuniones. Hay ríos que cruzar en bote, personas mayores que requieren traducción, y una serie de condiciones que hacen extremadamente difícil la participación si no hay una logística adaptada a nuestra realidad. Sin embargo, estas condiciones nunca son tomadas en cuenta por las instituciones.

En lugar de ello, hemos sido testigos de cómo sucesivos gobiernos impulsan protocolos sin nuestra participación, y cuando no aceptamos esas condiciones, simplemente nos excluyen del proceso. Así fue con el decreto emitido por el gobierno anterior: como el territorio bribri de Talamanca no firmó ni estuvo de acuerdo con el contenido, quedamos fuera del decreto. Desde entonces, nadie nos ha vuelto a consultar sobre el tema.

Lo que está haciendo actualmente la Asamblea Legislativa, sin una vinculación efectiva con los territorios, es repetir los errores del pasado. Nos preocupa que se siga confiando el trabajo a consultorías externas, las cuales tienen un histórico de hacer procesos superficiales, sin consultar realmente a la población. Hemos visto casos en los que se contratan consultores con sumas de hasta 40 millones de colones, quienes realizan una o dos reuniones con muy poca participación, y luego presentan informes diciendo que hicieron «consulta».

En nuestro territorio han pasado decenas de consultorías en temas ambientales, sociales, de niñez, entre otros, sin que hasta el día de hoy tengamos un solo resultado positivo o un proyecto que realmente beneficie a la comunidad. Por el contrario, hemos sido usados para justificar el uso de recursos sin que haya ningún cambio real. Es una burla.

Nos preocupa, además, que se esté utilizando la información previa como si fuera consulta. Esto es una manipulación inaceptable del principio de consulta libre, previa e informada. La información no puede sustituir la consulta real.

Nuestra posición es clara: no nos oponemos a los proyectos en nuestros territorios. Lo que exigimos es que estos proyectos sean buenos, pertinentes y adaptados a nuestras necesidades y realidades. Lo que queremos es que se cumpla el derecho a ser consultados de verdad, y no solo en el papel.

Llevamos años solicitando esto de manera individual y colectiva. No es un capricho. Es un derecho. Sin embargo, seguimos viendo cómo nuestras necesidades se ignoran y se manipulan. Hoy, nuestro territorio enfrenta problemas graves de infraestructura, transporte, economía y producción. Vivimos porque sembramos. Sobrevivimos porque seguimos siendo autosostenibles. Pero eso no significa que no tengamos derecho a ser escuchados.

Hasta el día de hoy, sentimos que hemos sido utilizados por los gobiernos para justificar sus agendas, pero nunca como interlocutores válidos. Exigimos que se nos respete y que cualquier protocolo de consulta sea construido desde y con los territorios.