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Cuando un río se convierte en cantera: cuatro años acompañando la defensa del Río Frío

Hace aproximadamente cuatro años, el Observatorio de Bienes Comunes comenzó a acompañar y documentar la situación que atraviesa la cuenca del Río Frío–Caño Negro, en la Zona Norte de Costa Rica. Desde entonces, múltiples recorridos, conversaciones comunitarias, registros territoriales y espacios de intercambio han permitido observar no solo las transformaciones físicas del río, sino también las tensiones políticas y territoriales que se profundizan alrededor de su futuro.

La reciente gira realizada por el Observatorio al territorio permitió dar seguimiento a un proceso que las comunidades llevan años denunciando: la expansión de un modelo extractivo sobre el río y la ausencia de una discusión amplia sobre las consecuencias sociales, ecológicas y económicas que esto implica para las poblaciones locales.

Lejos de tratarse de una problemática aislada, el caso del Río Frío refleja disputas cada vez más visibles en distintas regiones del país, donde comunidades cuestionan formas de desarrollo basadas en la explotación intensiva de bienes naturales sin participación efectiva de quienes habitan los territorios.

Un río transformado: cambios acumulados y pérdida territorial

A lo largo de estos años, las comunidades han señalado cómo la extracción intensiva de materiales ha alterado profundamente la dinámica del río. La desaparición de pozas, la modificación del cauce, la pérdida de espacios de recreación y la disminución del caudal forman parte de una transformación acumulativa que modifica no solo el paisaje, sino también las formas de vida alrededor del territorio.

Durante la gira, integrantes del Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío–Caño Negro insistieron en que el problema no se limita a “sacar piedras”. Lo que está en discusión es la forma en que se entiende el río: como cantera y recurso de explotación o como espacio vital, ecológico, comunitario y cultural.

La preocupación comunitaria también apunta a las consecuencias futuras sobre los mantos acuíferos, la biodiversidad y las actividades económicas que históricamente existieron en la zona, especialmente aquellas vinculadas al turismo rural y al disfrute comunitario del río.

Oportunidades que también se están perdiendo

Uno de los elementos más reiterados por las personas de la comunidad es que la degradación del río no solo destruye ecosistemas: también limita posibilidades económicas y sociales para la región.

Durante años, el Río Frío fue un espacio utilizado para tubing, kayak, visitación local, actividades recreativas y encuentros comunitarios. Varias familias proyectaban iniciativas asociadas al turismo rural, hospedajes, actividades de naturaleza y economías vinculadas al disfrute responsable del río. Sin embargo, la transformación del cauce y la pérdida de las condiciones naturales del río han reducido drásticamente estas posibilidades.

En ese sentido, la discusión sobre el modelo de desarrollo también implica preguntarse cuáles oportunidades se priorizan y cuáles se sacrifican. Mientras algunas actividades extractivas generan beneficios inmediatos y concentrados, otras alternativas económicas más sostenibles y comunitarias ven disminuidas sus posibilidades de existencia.

La pérdida del río como espacio vivo también representa una pérdida cultural y generacional. Las comunidades recuerdan un río donde se aprendía a nadar, se compartía colectivamente y se construían vínculos cotidianos con el territorio. Su deterioro implica también la desaparición de experiencias comunitarias y memorias territoriales.

El desarrollo como disputa política

Uno de los elementos centrales que emergieron durante el intercambio es la necesidad de discutir críticamente qué se entiende por “desarrollo”.

Para las comunidades organizadas, el conflicto alrededor del Río Frío expresa una tensión entre dos visiones profundamente distintas de territorio. Por un lado, un modelo de corto plazo centrado en la extracción intensiva, donde el río aparece principalmente como fuente de materiales para sostener dinámicas de infraestructura y mercado. Por otro, una visión que entiende el territorio como espacio de vida, cuidado y permanencia comunitaria.

La pregunta de fondo no es únicamente cuánto material puede extraerse del río, sino qué tipo de futuro se está construyendo para las comunidades de la zona norte.

Las personas entrevistadas durante la gira señalaron que muchas de las expectativas vinculadas al turismo rural, las actividades recreativas y otras formas de economía local han ido desapareciendo conforme avanza la degradación del río. En ese sentido, el conflicto no enfrenta “desarrollo versus conservación”, sino modelos distintos de desarrollo y distintas prioridades sobre cómo habitar el territorio.

Dimensiones en disputa

La situación del Río Frío–Caño Negro también evidencia múltiples dimensiones en disputa que atraviesan los conflictos socioambientales contemporáneos:

El agua y la vida comunitaria: El río no es únicamente un elemento paisajístico. Representa acceso al agua, espacios de encuentro, recreación, memoria y reproducción de la vida cotidiana.

Las economías locales: Mientras algunas actividades extractivas generan beneficios concentrados y de corto plazo, otras iniciativas comunitarias —como el turismo rural o proyectos ecológicos locales— dependen de la permanencia y salud del ecosistema.

El conocimiento sobre el territorio: Las comunidades cuestionan que las decisiones técnicas e institucionales muchas veces invisibilicen el conocimiento construido por quienes han vivido históricamente junto al río y han observado sus cambios durante décadas.

La participación política: Las organizaciones locales denuncian dificultades para ser escuchadas y tomadas en cuenta en los procesos de decisión sobre el territorio, a pesar de ser quienes experimentan directamente las consecuencias de estas actividades.

El tiempo del desarrollo: Mientras las dinámicas extractivas responden frecuentemente a lógicas inmediatas de rentabilidad, las comunidades plantean preocupaciones sobre los impactos acumulativos y las condiciones de vida de las futuras generaciones.

Persistir también es defender el territorio

En un contexto donde muchas veces las comunidades organizadas enfrentan desgaste, desatención institucional y aislamiento, la permanencia del Grupo Defensa de la Cuenca del Río Frío–Caño Negro adquiere una relevancia particular.

Durante años han sostenido procesos de denuncia, envío de cartas, articulaciones con la Universidad de Costa Rica, documentación territorial y acciones de incidencia pública. Esa persistencia ha permitido que la problemática no desaparezca del debate público y que hoy pueda conectarse con otras luchas similares en distintas regiones del país.

La organización comunitaria continúa siendo clave no solo para denunciar impactos, sino también para construir memoria territorial, generar reflexión colectiva y defender la posibilidad de pensar futuros distintos para las comunidades.

Pensar alternativas desde el territorio

Las comunidades organizadas también han insistido en que defender el río no significa oponerse a toda posibilidad de desarrollo. Por el contrario, implica abrir la discusión sobre alternativas que permitan proteger los ecosistemas y al mismo tiempo fortalecer formas de vida sostenibles para las poblaciones locales.

Entre las propuestas que han surgido desde el territorio destaca la solicitud de una moratoria sobre las actividades extractivas en el Río Frío, particularmente en los sectores más afectados por décadas de intervención intensiva. La moratoria aparece como una medida urgente para detener el deterioro acumulado y permitir procesos de recuperación ecológica.

Asimismo, diferentes personas de la comunidad han planteado la posibilidad de impulsar la protección del tramo del río que conecta hacia el Parque Nacional y las zonas altas de la cuenca, imaginándolo como un santuario ecológico y comunitario que priorice la conservación, el turismo responsable y la recuperación del vínculo entre las comunidades y el río.

Más allá de la viabilidad inmediata de estas propuestas, lo que revelan es algo fundamental: las comunidades no solo denuncian daños. También imaginan futuros posibles y alternativas para habitar el territorio desde el cuidado, la permanencia y la defensa de la vida.

Escuchar a las comunidades

La gira del Observatorio reafirma la importancia de escuchar a quienes habitan los territorios y viven cotidianamente las consecuencias de las decisiones sobre los bienes comunes.

Después de cuatro años de seguimiento, el caso del Río Frío muestra que los conflictos socioambientales no son únicamente disputas técnicas o administrativas. Son también debates profundamente políticos sobre quién decide, qué se prioriza y cuáles vidas y territorios son considerados sacrificables en nombre de determinadas ideas de progreso.

Frente a ello, las comunidades continúan planteando una pregunta fundamental: ¿es posible hablar de desarrollo cuando un río, sus ecosistemas y las formas de vida que dependen de él comienzan a desaparecer?

Cuando la extracción se vuelve permanente

Uno de los elementos más preocupantes que emergen en el caso del Río Frío es que estas actividades extractivas no solo son intensivas por la cantidad de material removido, sino también extensivas por la forma en que avanzan progresivamente sobre mayores segmentos del territorio y transforman de manera acumulativa la vida alrededor del río.

Esto implica que los impactos no se limitan al punto exacto donde opera una concesión. Conforme las dinámicas extractivas se expanden, también se amplían las afectaciones sobre ecosistemas, actividades comunitarias, paisajes, formas de recreación, economías locales y vínculos cotidianos con el agua. El río deja de ser únicamente un espacio natural y comienza a convertirse en un corredor intervenido de manera permanente.

Las comunidades advierten además que este tipo de actividades generan una lógica difícil de revertir: mientras más se degrada el río, más se normaliza su transformación en cantera y más se reducen las posibilidades de imaginar otros usos y futuros posibles para el territorio.

Por eso, la discusión no pasa solamente por cuánto material se extrae, sino por las consecuencias acumulativas de un modelo de ocupación territorial que opera bajo horizontes de corto plazo y que frecuentemente traslada los costos ambientales, sociales y culturales a las comunidades y a las futuras generaciones.

El caso del Río Frío recuerda que los bienes comunes no desaparecen únicamente por eventos abruptos o desastres visibles. Muchas veces también se deterioran lentamente, a través de procesos continuos de extracción que terminan modificando de forma profunda aquello que sostenía la vida comunitaria y ecológica de un territorio.

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El puente que sigue contando historias: Finca 5 y la memoria que habita los lugares

En Finca 5, el puente ferroviario permanece atravesando el paisaje incluso cuando el tren dejó de pasar hace décadas. La estructura continúa suspendida sobre el río, oxidada por el tiempo y transformada por el uso cotidiano de la comunidad. Sin embargo, el proceso comunitario “Memorias en movimiento en Finca 5” ha permitido comprender que el puente nunca fue únicamente una infraestructura destinada al transporte ferroviario.

El puente fue, y sigue siendo, un espacio profundamente habitado.

Allí no solo circularon vagones cargados de banano rumbo a los muelles del Caribe. También circularon personas, historias, afectos, trabajos cotidianos, conversaciones, encuentros familiares y formas concretas de sostener la vida comunitaria. Lo que hoy permanece en la memoria de Finca 5 no es únicamente el recuerdo técnico del ferrocarril, sino la experiencia humana que se construyó alrededor de él.

A partir de talleres participativos, fotografías antiguas, relatos orales y ejercicios colectivos de reconstrucción de memoria, la comunidad comenzó a revisitar la historia del puente desde un lugar distinto: no desde los grandes relatos institucionales o las narrativas del progreso, sino desde las experiencias cotidianas de quienes caminaron, trabajaron y vivieron este territorio.

Y en ese ejercicio comenzó a emerger algo fundamental: el puente no solo conectaba territorios. También articulaba relaciones sociales, economías locales, afectos y sentidos de pertenencia.

Un puente que siguió vivo cuando el tren dejó de pasar

Durante las conversaciones comunitarias aparecieron recuerdos vinculados a la construcción del puente, la llegada del ferrocarril y el movimiento económico que generó en la zona. Se recordó el entusiasmo que produjo la inauguración de la obra y la expectativa que existía alrededor de las oportunidades laborales y comerciales que traería para Finca 5.

Pero conforme avanzaban los relatos, la memoria comenzó a desplazarse hacia otros lugares menos visibles y, quizás por eso mismo, más profundos.

Las personas empezaron a hablar no solo del tren, sino de todo aquello que ocurría alrededor de él:

  • -las caminatas para visitar familiares,
  • -las ventas de comida en canastos,
  • -las bicicletas cruzando cuidadosamente entre los durmientes,
  • -las fondas que alimentaban a trabajadores y viajeros,
  • -las conversaciones compartidas en el trayecto,
  • -las tardes observando el río desde el puente,
  • -y los recorridos cotidianos que terminaron formando parte de la vida comunitaria.

Lo que apareció con fuerza fue la dimensión humana del lugar.

El puente dejó entonces de entenderse únicamente como una estructura funcional y comenzó a reconocerse como un espacio atravesado por memorias afectivas, relaciones sociales y experiencias compartidas.

Incluso cuando el tren dejó de operar, el puente continuó siendo usado por la comunidad. La gente siguió cruzándolo, encontrándose y otorgándole nuevos significados. Esa permanencia cotidiana transformó el lugar: el puente dejó de pertenecer exclusivamente a la lógica ferroviaria y pasó a formar parte de la vida social del territorio.

El puente como sitio de memoria

Uno de los elementos más importantes que surgió durante el proceso fue la posibilidad de comprender el puente como un sitio de memoria.

Esta idea resulta fundamental porque desplaza la mirada tradicional sobre el patrimonio y sobre aquello que consideramos históricamente valioso. Un sitio de memoria no es solamente un monumento oficial ni un espacio reconocido institucionalmente. Es un lugar donde se condensan experiencias colectivas que continúan teniendo significado para quienes habitan un territorio.

Son espacios donde el pasado permanece activo.

Lugares donde todavía resuenan formas de vida, vínculos, trabajos, emociones y experiencias compartidas que ayudan a explicar cómo una comunidad ha construido su historia.

En Finca 5, el puente funciona como un sitio de memoria precisamente porque concentra múltiples dimensiones de la experiencia comunitaria:

  • -la memoria del trabajo bananero,
  • -la movilidad cotidiana,
  • -las pequeñas economías locales,
  • -las relaciones familiares,
  • -las prácticas de encuentro,
  • -y las formas de cuidado que permitieron sostener la vida colectiva.

La importancia de reconocer estos espacios radica en que permiten comprender la historia desde la experiencia concreta de las personas y no únicamente desde los relatos técnicos o institucionales. Muchas veces las narrativas oficiales hablan de la construcción de grandes obras, pero silencian las formas en que esas infraestructuras fueron vividas, apropiadas y resignificadas por las comunidades.

En ese sentido, la memoria local introduce una mirada distinta sobre el territorio.

No observa el puente únicamente como una obra de ingeniería. Lo reconoce como un espacio cargado de afectos, trayectorias y experiencias que todavía hoy organizan parte de la identidad comunitaria.

La memoria también se cocina y se comparte

Uno de los hallazgos más potentes del proceso fue descubrir hasta qué punto la comida forma parte esencial de la memoria colectiva.

Cuando las personas comenzaron a recordar el puente y el tren, rápidamente aparecieron también las fondas, las ventas improvisadas y los alimentos que acompañaban el movimiento cotidiano alrededor del ferrocarril:

  • -tortillas recién hechas,
  • -café caliente en botella,
  • -aguadulce,
  • -tamales,
  • -chorreadas,
  • -pescado con yuca,
  • -elotes con mantequilla,
  • -cajetas,
  • -pan y comidas tradicionales que sostenían las largas jornadas de trabajo y tránsito.

Estos recuerdos permitieron reconocer algo profundamente importante: la historia no se construye únicamente desde grandes acontecimientos o decisiones políticas. También se sostiene desde los trabajos cotidianos que muchas veces permanecen invisibilizados.

Las fondas no eran solamente espacios comerciales. Eran lugares de conversación, cercanía y encuentro comunitario. Allí circulaban noticias, preocupaciones, historias y vínculos que ayudaban a mantener cohesionada la vida social de la comunidad.

La memoria del puente, entonces, no solo permanece en la estructura física o en las fotografías antiguas. También sobrevive en los sabores, en las recetas y en las prácticas de cuidado que acompañaron la vida cotidiana de Finca 5.

Lo que permanece fuera de la imagen

En sesiones anteriores, la comunidad había comenzado a preguntarse por aquello que las fotografías no lograban mostrar. Esa pregunta abrió una dimensión clave dentro del proceso de memoria.

Porque toda fotografía también implica ausencias.

A partir de ahí comenzaron a emerger relatos relacionados con:

  • -las condiciones difíciles de vida,
  • -la falta de electricidad,
  • -el cansancio cotidiano,
  • -los riesgos asociados a la construcción,
  • -las personas que fallecieron durante el proceso,
  • -el trabajo invisible de muchas familias,
  • -y las emociones que acompañaban la experiencia comunitaria.

La conversación permitió comprender que muchas veces aquello que sostiene la vida colectiva no queda registrado en imágenes ni en documentos oficiales. Sin embargo, sigue presente en la memoria de quienes lo vivieron.

Por eso, recuperar la memoria desde la comunidad se vuelve también una forma de ampliar la historia y devolver visibilidad a experiencias que frecuentemente quedan fuera de los relatos dominantes.

Recordar para seguir construyendo comunidad

Uno de los aprendizajes más importantes de este proceso ha sido comprender que la memoria no funciona únicamente como un ejercicio de nostalgia.

Recordar también es una forma de comprender el presente y proyectar el futuro.

Volver sobre la historia del puente permite reconocer cómo la comunidad ha construido vínculos, formas de organización y sentidos de pertenencia a lo largo del tiempo. También permite preguntarse qué elementos siguen siendo importantes hoy y qué tipo de territorio desea construir Finca 5 hacia adelante.

La memoria comunitaria, en ese sentido, se convierte en una herramienta política y cultural para fortalecer la capacidad de las personas de narrarse desde su propia experiencia.

Porque aunque el tren dejara de pasar, la comunidad siguió cruzando.

Y en cada paso cotidiano, en cada conversación compartida y en cada recuerdo recuperado, el puente continúa demostrando que los territorios no solo se construyen con infraestructura, sino también con las relaciones humanas que les dan sentido.

Un boletín construido desde la memoria colectiva

Como parte de este proceso, las personas participantes elaboraron boletines comunitarios donde recuperaron historias, sabores, recuerdos y experiencias vinculadas al puente y la vida cotidiana en Finca 5.

Los materiales reúnen relatos sobre:

  • -las fondas,
  • -las ventas tradicionales,
  • -las caminatas sobre el puente,
  • -las visitas familiares,
  • -las memorias del tren,
  • -y la importancia de mantener viva la historia local para las futuras generaciones.

Más que un ejercicio de escritura, estos boletines representan una forma de fortalecer la memoria desde la propia comunidad y afirmar el derecho de las personas a narrar su territorio desde sus propias voces y experiencias.

Te invitamos a descargar y compartir el boletín comunitario elaborado colectivamente durante el proceso “Memorias en movimiento en Finca 5”.

Para profundizar sobre sitios de memoria:

Wrobel, Ivan. (2022)Sitios y paisajes de la memoria. Elementos teóricos para pensar la construcción del caso del Parque de la Memoria – Monumento a las Víctimas del Terrorismo de Estado (1997-2021). (2022). Punto Sur, 7. https://doi.org/10.34096/ps.n7.11279

Wrobel, Ivan. (2025). Pierre Nora y los lugares de la memoria. Una revisión del concepto a partir de la experiencia de un sitio de memoria en la Argentina. Páginas. Revista Digital de la Escuela de Historia, 17(43). https://doi.org/10.35305/rp.v17i43.927

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Un rótulo no es solo un rótulo: señales de cuidado en la cuenca del río Agualote

El pasado 4 de mayo, en las inmediaciones del río Agualote, en Grecia, distintas organizaciones, instituciones públicas, empresa privada y comunidad se encontraron para colocar un rótulo. A simple vista, podría parecer un gesto menor: otro objeto más en el paisaje. Sin embargo, detenerse en su sentido revela algo distinto.

Porque la pregunta insistía en el aire —¿por qué un rótulo más?— y la respuesta no fue única, pero sí compartida: este no es un rótulo más.

Este rótulo condensa un proceso. Es el resultado de años de trabajo comunitario, de investigación universitaria, de articulación entre actores diversos que han decidido no mirar hacia otro lado frente al deterioro de la microcuenca del río Agualote. Es, también, una forma de traducir conocimiento científico —sobre calidad del agua, biodiversidad, impactos de las actividades humanas— en un lenguaje accesible, situado en el mismo territorio donde ese conocimiento cobra sentido.

Pero ese gesto concreto —instalar un rótulo— abre preguntas más amplias sobre cómo se construye el cuidado y, particularmente, cómo se aprende a cuidar.

La educación ambiental no es una sola: una matriz de prácticas en movimiento

La colocación del rótulo en el río Agualote permite recordar algo clave: la educación ambiental no ocurre de una única forma, ni se limita al aula o a campañas formales. Es un campo diverso de prácticas que se entrelazan en el territorio, combinando conocimiento, experiencia, sensibilidad y acción colectiva.

En este sentido, el rótulo no aparece como un elemento aislado, sino como parte de una ecología de aprendizajes. Para comprenderlo mejor, se puede ubicar dentro de una matriz más amplia de formas de educación ambiental:

Modos de educación ambiental¿Dónde ocurre?¿Cómo se activa?Aporte principalRelación con el rótulo
Educación formalAulas, universidadesProgramas, cursos, investigaciónProducción sistemática de conocimientoEl rótulo traduce y territorializa estos contenidos científicos
Educación comunitariaBarrios, organizaciones localesProcesos colectivos, memoria, participaciónConstrucción de conciencia situada y compromisoEl rótulo visibiliza luchas y procesos comunitarios en curso
Educación vivencialRíos, montañas, recorridosExperiencia directa con la naturalezaGenera vínculo afectivo y sentido de pertenenciaEl rótulo invita a detenerse, mirar y reconocer el río como experiencia viva
Educación comunicativaMedios, redes, campañasDifusión de información, narrativasAmplía alcance y sensibilizaciónEl rótulo es un medio físico que interrumpe la rutina y comunica en el territorio
Educación para la acciónJornadas, voluntariado, incidenciaLimpiezas, monitoreo, organizaciónPromueve corresponsabilidad y acción concretaEl rótulo es resultado de esa acción y a la vez la convoca
Educación desde la ciencia ciudadanaComunidades + conocimiento técnicoObservación, monitoreo participativoDemocratiza el conocimiento científicoEl rótulo traduce indicadores (como biodiversidad) para que la gente los apropie
Educación simbólicaEspacio público, culturaSignos, imágenes, intervencionesConstruye sentidos y disputas culturalesEl rótulo actúa como símbolo de cuidado y articulación social

 

Clave de lectura: El rótulo no reemplaza otras formas de educación ambiental, sino que las articula. Funciona como un punto de encuentro entre saberes, prácticas y actores diversos. Es, al mismo tiempo, resultado de procesos educativos previos y dispositivo que activa nuevos aprendizajes.

Volviendo al gesto inicial, en un contexto donde la información suele circular de forma fragmentada, digital y efímera, colocar un rótulo es también una decisión política: anclar el conocimiento en el espacio, hacerlo visible, interpelar a quienes pasan. Es interrumpir la velocidad cotidiana para recordar que ahí, debajo del puente, hay un río. Un río que vive, que sostiene biodiversidad, pero que también “está en problemas” y requiere cuidado.

El rótulo, entonces, no solo informa: convoca.

Convoca a reconocer que los ríos son bienes comunes. Que su deterioro no es un accidente aislado, sino el resultado de prácticas sociales —vertidos, residuos, urbanización— que nos involucran a todas las personas. Y que, del mismo modo, su recuperación tampoco puede recaer en una sola institución. Requiere de acción colectiva, de corresponsabilidad, de articulación.

Por eso, el rótulo también es símbolo.

Es símbolo de una alianza poco frecuente pero necesaria: universidad, comunidad, sector privado y organizaciones locales trabajando juntas. Es memoria de un esfuerzo compartido —desde quien investiga hasta quien cava el hueco para colocarlo— y evidencia de que el cuidado no es un discurso abstracto, sino una práctica concreta, situada y sostenida en el tiempo.

Incluso en su aparente contradicción —ser parte de la “contaminación visual” que muchas veces criticamos— el rótulo abre una pregunta clave: ¿qué tipo de intervenciones en el espacio público son necesarias hoy para disputar la indiferencia?

Aquí, la respuesta es clara: aquellas que informan, que sensibilizan, que invitan a actuar.

El rótulo del río Agualote no busca decorar. Busca incomodar, alertar, conectar. Busca que quien lo vea entienda que ese río no es ajeno, que su estado refleja nuestras decisiones y que todavía estamos a tiempo.

Porque cuidar una cuenca no empieza en grandes políticas, sino en pequeños gestos que construyen conciencia.

Y a veces, el cuidado también se escribe en un rótulo.

Estar: el valor de lo colectivo en lo cotidiano

Hay algo que no siempre queda registrado en los informes ni en los resultados visibles, pero que sostiene procesos como este: la presencia.

El día de la colocación del rótulo no fue solo una acción técnica. Fue un espacio habitado. Personas que llegaron, aunque fuera por unos minutos, se encontraron, conversaron, se reconocieron. Algunas cavaron, otras sostuvieron el rótulo, otras dieron opiniones, otras estuvieron pendientes de que el proceso avanzara bien. Hubo quienes cuidaron que nadie se lastimara, quienes observaron con atención el entorno, incluso quienes se detuvieron a proteger la vida que ya estaba ahí, como esa iguana que también forma parte del río.

Ese conjunto de gestos, aparentemente pequeños, es fundamental.

Porque los bienes comunes no se sostienen únicamente con grandes políticas o proyectos de largo plazo. Se sostienen también en estas prácticas cotidianas de cuidado: en estar, en acompañar, en prestar atención, en hacerse cargo, aunque sea por un momento.

Participar en estos espacios colaborativos no exige siempre grandes compromisos individuales. A veces basta con llegar, mirar, ayudar en lo que se pueda. Pero ese “poco” suma. Construye confianza, teje relaciones, fortalece la posibilidad de actuar colectivamente.

Además, estos espacios permiten algo que no siempre ocurre en otros ámbitos: encontrarnos desde distintos lugares —instituciones, comunidades, profesiones— y reconocernos como parte de un mismo problema, pero también de una misma posibilidad de solución.

Estar ahí, entonces, no es secundario. Es parte del proceso.

Porque en el cuidado de una cuenca, como en el cuidado de la vida en común, no solo importa lo que se hace, sino quiénes están, cómo se encuentran y qué vínculos se construyen en el camino.

Y a veces, transformar una realidad comienza simplemente por eso: por hacerse presente.

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La democracia sitiada por su propio discurso- Última intervención Rodrigo Chaves 2026

El discurso de Rodrigo Chaves es un documento hecho para movilizar, no para convocar. Su potencia no está en abrir espacios, sino en cerrarlos: en nombrar enemigos, celebrar batallas y erigirse como la voz de un “pueblo despierto” frente a una “casta” que todo lo bloquea. Pero si lo que nos interesa es cómo se construye —o se deshilacha— el tejido social, el balance es mucho más sombrío.

Un «nosotros» que excluye

Chaves construye un relato binario: patriotas contra privilegiados, Ejecutivo contra instituciones que frenan, pueblo contra medios mentirosos. No hay lugar para el disenso legítimo, para la incomodidad fértil, para ese otro que piensa distinto pero habita el mismo barrio, la misma cuenca, la misma acera.

Habla de “la vieja casta que había capturado nuestra patria” y asegura que “ellos trataron de frenar al gobierno”. Señala también a “aquellos medios de comunicación que, con información falsa o tergiversada, servían a sus intereses”. En ningún momento reconoce que dentro de ese “ellos” hay personas con visiones legítimas, electas democráticamente o con funciones constitucionales. Todo el que se opone queda, por definición, del lado del problema.

El tejido social no se construye declarando enemigos. Se teje reconociendo al adversario como parte de una trama compartida, conflictiva pero común. Aquí no hay trama: hay trincheras. Y cuando Chaves afirma que “peleé porque no tenía alternativa”, está diciendo —aunque no lo nombre— que la deliberación, los acuerdos parciales y las conversaciones incómodas son prescindibles. Lo que se erosiona entonces no es solo el diálogo: es la confianza, ese pegamento invisible y frágil que sostiene cualquier comunidad.

Las instituciones: ¿lastre o andamio?

El presidente arremete contra la Asamblea Legislativa anterior, la Contraloría y el Poder Judicial. Las acusa de frenar, de proteger privilegios, de resistirse al cambio. “Intentamos cambiarlo, pero encontramos muchas murallas en la institucionalidad”, afirma. Más adelante insiste: “las instituciones peor valoradas son, precisamente, las que más se resisten a cambiar”.

Puede haber razón en algunos de esos reclamos. Pero el problema no es la crítica: es el encuadre total. Cuando se lee el discurso completo, la impresión que queda es que todo aquello que no se alinea con el Ejecutivo deviene obstáculo ilegítimo.

Esa visión es peligrosa para la vida colectiva. Una sociedad no se sostiene solo con eficiencia ni con crecimiento. Se sostiene con frenos y contrapesos, con instituciones que incomodan precisamente porque están diseñadas para hacerlo. No son fines en sí mismas —y en eso el señalamiento al privilegio enquistado es pertinente—, pero tampoco son simples murallas. Son andamios. Y cuando se deslegitima el andamiaje entero, el tejido social no queda liberado: queda sin sostén.

El héroe solitario y el pueblo que respalda

A lo largo del discurso, el protagonista es casi siempre el presidente. “Me presento… con la frente en alta”, “peleé fuerte”, “luché arriesgando mi libertad”, “confronté enérgicamente”. La primera persona del singular no es un recurso: es la estructura narrativa.

El pueblo aparece, sí, pero como respaldo. Como fuerza que legitima, como voz que se expresó en las urnas. Chaves celebra que “este noble pueblo despertó” y agradece a “ese millón doscientas mil personas que le dijeron sí a la continuidad”. Sin embargo, el pueblo no aparece como sujeto activo de la vida cotidiana.

No hay mención a organizaciones vecinales, cooperativas, asambleas territoriales, redes de cuido, comedores comunales, ni a los acueductos rurales gestionados por las propias comunidades. Nada de eso entra en el relato.

Y sin embargo, es ahí donde se sostiene la vida. Una familia que come tranquila, un niño que vuelve de la escuela con esperanza, una cocina encendida al caer la noche —esa imagen con la que cierra el discurso— no depende solo de un gobierno fuerte ni de indicadores macroeconómicos. Depende de vínculos, de organización, de confianza acumulada, de bienes comunes cuidados colectivamente. De todo eso, el discurso guarda silencio.

La oposición: ¿sabotaje o función democrática?

Chaves es contundente: “Vivimos cuatro años de una oposición aberrante”. Acusa bloqueo, judicialización y mezquindad. “Oponerse por oponerse no es ideología. Es mezquindad”, afirma. Y traza una línea clara: “la oposición tiene derecho a criticar, pero no a sabotear al país”.

El problema es que esa línea no es objetiva: la define quien habla desde el poder. ¿Dónde termina la fiscalización y empieza el sabotaje? ¿Quién decide cuándo una oposición es legítima y cuándo es destructiva?

Es cierto: hay oposiciones que paralizan sin proponer. Pero también lo es que una democracia sin oposición incómoda es una democracia debilitada. El discurso no abre la posibilidad de una oposición que dialogue; más bien sugiere que el límite aceptable es no interferir con lo que el Ejecutivo considera urgente.

Cuando el disenso se aproxima discursivamente al sabotaje, lo que se pone en riesgo no es una élite abstracta: es la posibilidad misma de construir acuerdos donde quepan también quienes no ganaron.

La luz de la cocina y lo que no se ve

La metáfora final es poderosa: una casa humilde, al caer la noche, con una luz encendida en la cocina, una familia compartiendo la cena. Es una imagen que convoca afecto, estabilidad, sentido.

Pero esa luz no se sostiene sola. Depende de condiciones concretas: aceras transitables, agua potable, acceso a salud, transporte digno, espacios públicos, redes de apoyo. Depende, en otras palabras, de un tejido social vivo.

El presidente afirma que “este gobierno encendió una chispa” y que “fue el pueblo quien la convirtió en llama”. Sin embargo, el discurso no muestra cómo esa llama se traduce en el fortalecimiento de lo común: agua, territorio, energía, educación comunitaria, salud de proximidad.

Se mencionan proyectos: Ciudad Gobierno, la Marina de Limón, Crucitas, reformas laborales. Infraestructura, inversión, crecimiento. Pero no aparece el fortalecimiento comunitario, ni la participación, ni la gestión colectiva de los bienes que sostienen la vida.

La pregunta que queda

Al final, el discurso deja una pregunta incómoda: ¿Costa Rica cambió para que sus habitantes confíen más entre sí, se organicen mejor y decidan juntos lo que es común? ¿O cambió para consolidar un gobierno fuerte respaldado por un pueblo alineado?

Chaves afirma que “el respeto no se impone. Se gana con resultados” y señala el respaldo electoral como prueba. Pero el apoyo en las urnas y la confianza cotidiana no son equivalentes. Se puede respaldar un gobierno y, al mismo tiempo, sentir que los lazos sociales se debilitan, que el barrio se fragmenta, que el diálogo se vuelve más difícil.

La respuesta no está en el discurso. Pero esa ausencia también habla.

Porque gobernar no es solo enfrentar privilegios ni estabilizar la economía. Es, también —y quizá sobre todo— recomponer la confianza, habilitar la palabra del otro, sostener las redes invisibles que impiden que una vida quede sola cuando todo lo demás falla.

De eso no habla este discurso. Y en una democracia que aspira a estar viva, ese silencio pesa.

¿Qué política se está configurando?

Más allá de nombres propios, lo que este discurso deja ver es una forma de hacer política que desplaza el conflicto desde el terreno de lo discutible hacia el de lo moralmente incuestionable. No se trata solo de diferencias de criterio o de proyecto país: se trata de una narrativa donde quien está de un lado encarna al pueblo y quien está del otro queda asociado al bloqueo, al privilegio o a la distorsión.

Este tipo de política no busca tramitar el desacuerdo, sino ordenarlo. No convoca a la complejidad, sino que la simplifica en una disputa entre quienes “permiten avanzar” y quienes “estorban”. En ese marco, el disenso deja de ser un recurso democrático y pasa a ser un problema a gestionar o a neutralizar.

Hay, además, un desplazamiento importante: la política deja de centrarse en la construcción colectiva de lo común y se reorganiza en torno a la figura de conducción fuerte, capaz de enfrentar obstáculos, asumir costos y avanzar pese a resistencias. El resultado es una relación vertical donde el pueblo respalda, pero no necesariamente co-construye.

Desde estas líneas discursivas, la continuidad no aparece como una profundización del debate democrático, sino como la extensión de un estilo. Una política que se legitima en la confrontación, que mide su eficacia en términos de avance frente a enemigos identificados, y que corre el riesgo de debilitar los espacios intermedios donde se teje lo colectivo.

Si esa continuidad se expresa en una figura como Laura Fernández Delgado, la pregunta no es únicamente programática. Es, sobre todo, política en el sentido más profundo: ¿se abrirá espacio para recomponer vínculos, reconocer la pluralidad y fortalecer lo común? ¿O se consolidará una lógica donde gobernar es, ante todo, imponerse sobre aquello que incomoda?

Porque lo que está en juego no es solo quién gobierna. Es cómo se gobierna.

Y, sobre todo, con quiénes se construye país.

Crédito de imágenes: El Observador / El Financiero

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Cómo fallar correctamente en una universidad que mide todo menos lo importante

Donde empieza realmente el aula

Querida comunidad,

Se insiste en que el aula comienza cuando el orden está garantizado: horarios definidos, contenidos delimitados, jerarquías claras. Sin embargo, mi experiencia ha sido otra. El aula comienza, con mayor honestidad, cuando ese orden se fisura.

En Assassination Classroom, me asignaron una clase diseñada para no importar: separada, señalada, funcional como recordatorio permanente del fracaso. No era un error del sistema. Era parte de su arquitectura.

Toda pedagogía, incluso la más técnica, descansa sobre una decisión previa: qué vidas merecen ser cultivadas y cuáles pueden ser relegadas sin que el conjunto se cuestione. Ese es el verdadero currículo oculto.

El conflicto no es una anomalía

Hoy, la universidad se encuentra atravesada por un paro activo. La reacción inmediata ha sido nombrarlo como interrupción, desviación, pérdida de normalidad.

Pero toda normalidad es una construcción. Y toda construcción, cuando se vuelve incuestionable, empieza a ocultar más de lo que muestra. El paro, en ese sentido, no irrumpe desde afuera. 

Emerge de tensiones acumuladas: decisiones que reconfiguran silenciosamente lo público, prácticas institucionales que administran el desacuerdo en lugar de procesarlo, y discusiones —como la del FEES— que tienden a reducirse a cifras mientras desplazan sus implicaciones materiales. Porque el FEES no es únicamente financiamiento.

Es una definición concreta de universidad: quién accede, quién permanece, qué saberes se priorizan, qué vínculos se sostienen con la sociedad. Cuando esa discusión se estrecha, el conflicto no desaparece. Se desplaza.

El lenguaje como dispositivo de orden

En este contexto, ciertas palabras han circulado con rapidez para nombrar a quienes protestan. No es necesario repetirlas para reconocer su efecto.

Nombrar no es un acto neutral. Es una operación de poder.

Cuando se define a estudiantes como amenaza, el conflicto deja de ser político y se convierte en problema de control. La pregunta ya no es qué se está disputando, sino quién debe ser contenido.

El desplazamiento es sutil, pero decisivo. Y cuando ese lenguaje proviene de voces que han ocupado posiciones de autoridad universitaria, su efecto se amplifica: no solo expresa una opinión, sino que reactiva formas de ordenar lo legítimo y lo ilegítimo dentro de la institución.

Así, el desacuerdo se vacía de contenido y se llena de sospecha.

Aprender a sostener lo común

En mi aula, pronto comprendí que enseñar no consistía en producir adecuación, sino en abrir posibilidades.

No se trataba de corregir estudiantes para que encajaran en un molde, sino de crear condiciones para que pudieran reconocerse como sujetos capaces de incidir en el mundo que habitan. Eso implica asumir una premisa exigente: el conflicto no es una falla del proceso educativo. Es uno de sus motores.

Defender la educación pública como bien común —incluida la disputa por el FEES— no siempre adopta formas ordenadas ni previsibles. A veces irrumpe, desacomoda, incomoda.

Pero esa incomodidad no invalida la demanda. La vuelve visible. Y, en muchos casos, inevitable.

La lección que incomoda

He visto estudiantes a quienes se les enseñó, de múltiples formas, que no importaban. También los he visto, en el momento menos esperado, dejar de aceptar esa premisa.

No porque el sistema se volviera justo, sino porque comenzaron a leerlo críticamente.

Ese momento —preciso e inestable— es profundamente pedagógico.

Por eso, ante el impulso de restaurar la normalidad con rapidez, propondría otra pregunta: ¿qué normalidad es la que se intenta preservar?

Porque una universidad que no puede pensarse a sí misma en medio del conflicto corre el riesgo de perfeccionar algo distinto al conocimiento: la administración de su propio silencio.

Y cuando eso ocurre, lo que se erosiona no es solo el debate. Es la posibilidad misma de educar.

Nota al pie (innecesariamente necesaria) del colaborador

Confieso algo: cuando me invitaron a colaborar con el Observatorio de Bienes Comunes, revisé si existía algún protocolo para criaturas de dudosa procedencia y velocidad cuestionablemente alta.

No lo encontré. Lo cual, debo decir, es una excelente señal.

Un Observatorio que no intenta normalizar a quienes observa —ni a quienes escriben— probablemente esté más cerca de comprender lo común que muchas instituciones perfectamente ordenadas.

He pasado por sistemas que miden todo: rendimiento, conducta, resultados. Sistemas que convierten la educación en una serie de indicadores impecables… y profundamente incapaces de explicar por qué sus estudiantes dejan de creer en ellos.

Aquí, en cambio, me encuentro con algo más inestable: preguntas.

Preguntas sobre lo público, sobre el cuidado, sobre aquello que no puede reducirse sin perderse. Debo admitir que es un entorno peligroso… especialmente para quienes prefieren respuestas rápidas.

Si este Observatorio hiciera bien su trabajo —y sospecho que lo hace— no produciría tranquilidad. Produciría incomodidad.

Esa ligera sensación de que lo que dábamos por sentado necesita ser revisado. Esa sospecha persistente de que lo común no se administra: se disputa, se cuida, se aprende.

En mi experiencia, ese es el tipo de aprendizaje que más cuesta. Y, curiosamente, el que más vale la pena.

Atentamente (y a velocidad moderada),
Koro-sensei
Colaborador, Observatorio de Bienes Comunes

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Finca 5: un pueblo que recuerda, resiste y sueña

En Finca 5, en Sarapiquí, la memoria no es algo que se guarda: es algo que se conversa. Se cuenta entre risas, en confianza, en eso que llaman “chisme”, pero que en realidad es una forma profunda de reconstruir historia y tejer comunidad.

Esta conversación que acompaña esta publicación nos acerca a esas voces de Paul Cruz, Denia Fernández y Virginia Cabalceta. Voces que no solo recuerdan el paso del tren o la importancia del puente ferroviario —ese que marcó una época—, sino que también hablan con claridad sobre el presente: sobre lo que duele, lo que falta y lo que aún se sueña.

Porque Finca 5 no es un recuerdo congelado.

Hoy, quienes viven ahí nombran un problema que atraviesa la vida cotidiana: el abandono. Carreteras en mal estado, ausencia de transporte público, dificultades para movilizarse o sacar productos. En una tierra fértil, donde “se siembra de todo”, como dicen sus habitantes, resulta contradictorio que muchas cosechas se pierdan por no tener cómo llevarlas al mercado.

La falta de trabajo es otra de las preocupaciones que más pesa. Sobre todo para las personas jóvenes. Sin oportunidades en la comunidad, muchas se ven obligadas a irse: a San José, a otras zonas, lejos de sus familias. No es solo una cuestión económica, es una fractura en la vida comunitaria.

Y sin embargo, lo que emerge de estas voces no es resignación.

Hay propuestas. Hay ideas. Hay ganas.

Se habla de crear espacios productivos locales, de impulsar un parque industrial, de aprovechar lo que ya existe: banano, plátano, pejibaye, cítricos, palmito. Se piensa en generar empleo sin tener que abandonar el territorio. Se imagina un futuro donde la juventud pueda quedarse, trabajar y vivir dignamente en su propio pueblo.

También aparece con fuerza la organización comunitaria. La Asociación de Desarrollo, los vecinos y vecinas, el deseo de trabajar en conjunto. Hay claridad en algo: el cambio no vendrá solo, pero tampoco puede hacerse sin apoyo. Se necesita que el Estado mire hacia estos territorios que, por mucho tiempo, han quedado al margen.

Pero Finca 5 no es solo denuncia. Es también un lugar que se quiere.

Con quienes conversamos describen un espacio lleno de vida: un clima generoso, una tierra agradecida, atardeceres que se disfrutan desde el puente, encuentros que se hacen alrededor de la comida, del río, de la conversación.

Y por eso, la invitación final no es menor. Es una invitación a llegar. A conocer. A compartir.

A no mirar Finca 5 solo como un lugar con problemas, sino como una comunidad que se organiza y que sigue creyendo en la posibilidad de estar mejor.

Escuchar este audio es acercarse a esa realidad.

Pero también es una oportunidad para preguntarnos: ¿qué hace falta para que territorios como este puedan vivir con dignidad?

Claves para escuchar Finca 5

Para acompañar el audio, compartimos algunas ideas que atraviesan las voces de la comunidad y que pueden servir como guía para su escucha:

  • Memoria viva del territorio: Finca 5 se reconoce desde su historia, especialmente vinculada al puente ferroviario, pero sin quedarse atrapada en el pasado.
  • El “chisme” como tejido comunitario: la conversación cotidiana aparece como una herramienta para generar confianza, reconstruir memoria y fortalecer vínculos.
  • Amor y pertenencia: hay un vínculo afectivo profundo con el territorio, que se expresa en el deseo de verlo “bien” y digno.
  • Abandono institucional: carreteras en mal estado, falta de transporte público y escasa presencia estatal marcan la vida cotidiana.
  • Potencial productivo desaprovechado: pese a la riqueza agrícola (banano, plátano, pejibaye, palmito), existen dificultades para comercializar.
  • Falta de empleo local: especialmente crítica para jóvenes, quienes enfrentan pocas oportunidades en la comunidad.
  • Migración: muchas personas deben irse a otras regiones para trabajar, lo que fragmenta la vida familiar y comunitaria.
  • Propuestas desde el territorio: surgen ideas como crear un parque industrial o impulsar iniciativas productivas locales.
  • Organización comunitaria activa: la Asociación de Desarrollo y el trabajo de vecinos y vecinas aparecen como pilares para el cambio.
  • Necesidad de apoyo externo: se reconoce que sin inversión pública y acompañamiento estatal, los esfuerzos locales son limitados.
  • Un territorio que también es vida: más allá de los problemas, Finca 5 es descrita como un lugar bello, diverso y acogedor.
  • Invitación abierta: la comunidad extiende una invitación a visitar, conocer y compartir, como forma de reconocer su riqueza.

Estas claves no sustituyen el audio: lo abren.

Escuchar a Finca 5 es también dejarse interpelar por esa búsqueda de la vida digna.

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El diablo anda suelto: la mayoría está en la calle (aunque no tenga 31 votos)

Dicen que el diablo anda suelto, pero esta vez decidió colaborar. Se sumó al Observatorio de Bienes Comunes como cronista incómodo de este 1° de mayo: caminó la calle, escuchó las voces, tomó nota de lo que se dice y de lo que se intenta callar. No vino a asustar, sino a registrar. Y lo que encontró —entre estudiantes, magisterio, trabajadores y defensores de la vida— fue un país que habla en plural y que ya no está dispuesto a quedarse en silencio.

Memoria que insiste, conflicto que permanece

Empiezo por donde siempre conviene empezar: la memoria. El 1° de mayo no es una fecha ceremonial ni un gesto vacío que se repite por costumbre; es una memoria histórica que se reactiva precisamente cuando las tensiones vuelven a hacerse visibles. Fui a revisar el origen —Chicago, 1886— y no encontré épica despolitizada, sino conflicto: huelga, represión, criminalización y ejecución de dirigentes obreros. Desde ahí se instala una constante que todavía incomoda al poder: los derechos laborales y sociales no emergen de la benevolencia institucional, sino de procesos conflictivos donde la organización colectiva empuja y desborda los límites que se le imponen.

Lo que registro en el presente es que esa memoria no está clausurada ni archivada; opera, se actualiza y reaparece cada vez que las condiciones materiales de vida se tensan, que las formas de representación política se perciben insuficientes y que los sentidos de lo público entran nuevamente en disputa. Conmemorar, en ese marco, no es un ejercicio retrospectivo sino una forma de leer el presente con una historia que sigue abierta y que, por lo tanto, no ha dejado de producir efectos.

Soy un síntoma político

Sobre mi presencia —ya que insisten en nombrarla— conviene precisar algo: decir que “el diablo anda suelto” no describe una anomalía ni una irrupción irracional, sino la manifestación de un malestar que ha dejado de ser silencioso. No aparezco desde afuera ni interrumpo un orden estable; más bien, hago visible que ese orden ya contenía fracturas que ahora resultan inocultables.

Funciono, si se quiere, como un síntoma político: aparezco cuando la inconformidad se acumula, encuentra lenguaje y se despliega en el espacio público. No produzco el conflicto, lo evidencio. Y en esa evidencia queda expuesto que lo que se presentaba como estabilidad muchas veces descansaba sobre silencios, exclusiones o desigualdades naturalizadas.

Lo que este 1° de mayo en Costa Rica dejó ver no fue una irrupción aislada ni un episodio excepcional, sino la convergencia de múltiples malestares que, al encontrarse en la calle, adquieren una densidad política que ya no puede leerse como suma de casos individuales.

Una polifonía que desborda el orden

El material que recoge este collage de voces no se deja organizar bajo una narrativa única, y precisamente ahí radica su potencia. No se trata de sintetizar ni de jerarquizar demandas, sino de exponer una polifonía que desborda los intentos de reducción. En ese entramado, el movimiento estudiantil no se limita a defender el financiamiento de la educación pública a través del FEES, sino que cuestiona de manera más profunda los procesos de despolitización de la universidad y los intentos de restringir su papel como espacio crítico.

El magisterio, por su parte, articula una crítica que no se agota en lo sectorial, sino que vincula el deterioro de las condiciones educativas con dinámicas estructurales de precarización que inciden directamente en la reproducción de desigualdades sociales. No se trata únicamente de condiciones laborales, sino de las bases mismas sobre las cuales se construye la posibilidad de igualdad.

En ese mismo plano, la defensa de la CCSS aparece como uno de los núcleos más densos de la disputa, en tanto concentra una discusión sobre el sentido de lo público. Lo que está en juego no es solo la preservación de una institución, sino la continuidad —o la transformación— de un modelo de bienestar que enfrenta presiones crecientes hacia su fragmentación y eventual mercantilización.

Poder, cierre democrático y narrativas en disputa

En el plano político-institucional, lo que se escucha en la calle no es un rechazo abstracto, sino una lectura situada de cómo se está ejerciendo el poder. Las voces recogidas dan cuenta de una percepción creciente de que las dinámicas de gobierno están transitando hacia formas que restringen la deliberación y amplían los márgenes de imposición. La idea de decisiones adoptadas “a golpe de tambor” no funciona solo como consigna, sino como síntesis de una inquietud más profunda sobre el debilitamiento de los procedimientos democráticos sustantivos.

Este señalamiento se articula con la identificación de redes de cuido político que permiten la continuidad de ciertas estructuras de poder, incluso en contextos donde el discurso oficial se presenta como disruptivo o transformador. La tensión entre narrativa y práctica emerge, así, como uno de los ejes más persistentes del malestar: lo que se promete no coincide necesariamente con lo que se ejecuta, y esa brecha es percibida, nombrada y cuestionada.

Mi papel aquí no es resolver esa tensión, sino dejar constancia de su existencia y de su creciente visibilidad.

Tramas de lucha y horizontes compartidos

Lo que este recorrido permite observar es que las luchas no se presentan de forma aislada, sino como parte de una trama compleja donde distintas agendas se entrelazan sin perder su especificidad. La defensa de los derechos de las mujeres se inscribe en un contexto donde las violencias persisten y donde las capacidades institucionales para garantizar protección efectiva son puestas en cuestión.

La reivindicación de los sindicatos reaparece como afirmación de la legitimidad de la organización colectiva frente a discursos que buscan erosionarla, recordando que las condiciones laborales no se negocian individualmente, sino que se disputan colectivamente.

Por su parte, las demandas en torno al ROP introducen una dimensión intergeneracional que evidencia tensiones sobre el derecho a una vejez digna en un contexto de transformación de los sistemas de seguridad social. Estas luchas, aunque diversas en sus formas y énfasis, convergen en una exigencia más amplia: la democratización de la vida política entendida no como un procedimiento formal, sino como una práctica que requiere apertura, participación efectiva y reconocimiento del conflicto como parte constitutiva de lo democrático.

Escalas de la protesta: entre lo local y lo global

El alcance de lo que se expresa en la calle no se limita a las fronteras nacionales. Las voces recogidas articulan también una crítica a la injerencia de Estados Unidos en la región, incluyendo Costa Rica, lo que reactualiza debates históricos sobre soberanía en un contexto de dependencias persistentes.

De manera simultánea, la solidaridad con el pueblo palestino y la denuncia del genocidio amplían el horizonte de la protesta, inscribiéndola en una lógica internacionalista que reconoce la interconexión de las luchas. Lo local y lo global no aparecen como niveles separados, sino como dimensiones que se cruzan y se condicionan mutuamente en la experiencia concreta de quienes protestan.

Escuchar como acto político

Escuchar este collage no es un ejercicio pasivo ni meramente descriptivo. Implica reconocer que lo que está en juego es la producción de sentidos en disputa sobre el presente y el futuro. En un contexto donde la política tiende a reducirse a gestión, administración y control, la calle reaparece como un espacio donde se produce lenguaje, se articulan demandas y se ensayan formas de comunidad.

En esta clave, mi presencia deja de ser leída como amenaza para convertirse en indicador: allí donde aparezco, hay conflicto, pero también hay vitalidad democrática. No soy el problema; soy la señal de que algo está siendo puesto en cuestión.

No me olvido de los bienes naturales

Hay, sin embargo, una dimensión que atraviesa todo el recorrido y que no puede ser tratada como un tema más: la cuestión ambiental. La voz ecologista que emerge en este 1° de mayo no se limita a la defensa abstracta de la naturaleza, sino que introduce una lectura sobre la reorganización del poder en los territorios, sobre quién decide y bajo qué criterios se establecen los límites de intervención.

Lo que se denuncia con insistencia es una tendencia hacia la concentración de decisiones en el aparato central del MINAE, lo que reduce los márgenes de autonomía técnica y debilita instancias que históricamente han funcionado como contrapesos dentro de la institucionalidad ambiental. Esta recentralización no es un ajuste administrativo menor, sino una reconfiguración del poder de decisión que desplaza equilibrios y condiciona los procesos de evaluación.

A ello se suma el recorte presupuestario, cuyos efectos no son abstractos: menos recursos implican menor capacidad de fiscalización, menor presencia institucional en los territorios y, por lo tanto, una mayor exposición de los ecosistemas a presiones externas. En este contexto, la flexibilización de los marcos regulatorios —presentada bajo el lenguaje de la eficiencia— es percibida como una apertura de portillos que debilita el principio de precaución y facilita intervenciones sobre entornos sensibles.

Las propuestas orientadas a la privatización o intensificación del uso de las zonas costeras refuerzan esta lectura, al poner en tensión el carácter público de las playas y abrir la posibilidad de su transformación en espacios subordinados a lógicas de mercado. Este conjunto de medidas se articula, además, con un discurso desarrollista que deslegitima las preocupaciones ambientales al reducirlas a caricaturas, desplazando el debate hacia una falsa oposición entre desarrollo y conservación.

Simultáneamente, se identifica un uso estratégico del lenguaje ambiental que distintas voces nombran como greenwashing: la apelación a la sostenibilidad y a la defensa de los océanos convive con prácticas que, en la experiencia concreta, contradicen esos principios. Esta brecha entre narrativa y acción alimenta la desconfianza y refuerza la percepción de inconsistencia.

Finalmente, la erosión de los mecanismos de participación ambiental cierra el cuadro. Procesos que formalmente incluyen consulta terminan operando como instancias de validación sin incidencia real, debilitando tanto la legitimidad de las decisiones como la relación entre comunidades e institucionalidad.

Lo que se configura, en conjunto, no es una desaparición de la institucionalidad ambiental, sino su reconfiguración: menos autónoma, más frágil, más permeable a presiones externas.

Y en ese punto, mi tarea es sencilla: no exagero, no adorno, no dramatizo.

Registro.

Porque cuando la protección ambiental se vuelve flexible, lo que entra en negociación no es solo la norma. Es la vida misma.

Reporte del diablo: la mayoría que se quedó esperando

Transmisión desde las inmediaciones del poder…

Mientras yo caminaba la calle —llena, ruidosa, viva—, me dio por asomarme al edificio que dicen concentra la “mayoría”. Y ahí estaba: impecable, custodiado, listo para una escena que nunca ocurrió. Un operativo desplegado con disciplina, vallas en su lugar, policías atentos… resguardando, curiosamente, nada. O peor: resguardando una ausencia.

Confirmo: la manifestación no pasó por ahí. No fue descuido. Fue decisión.

Porque mientras adentro se repite el número —31, 31, 31— como si fuera un conjuro de legitimidad, afuera la cuenta se hacía de otra manera: en pasos, en voces, en cuerpos que eligieron no pedir permiso ni girar alrededor de ningún edificio. Yo mismo tomé otro rumbo. No por perderme, sino por encontrarme con lo que estaba pasando.

No hubo cerco. No hubo choque. No hubo siquiera la cortesía de acercarse. Y, sin embargo, el mensaje fue más claro que cualquier consigna: se puede blindar un edificio, pero no se puede obligar a la calle a reconocerlo como centro.

La escena, lo admito, tenía algo de comedia involuntaria. Un dispositivo listo para contener una amenaza que decidió no presentarse. Una institucionalidad esperando ser interpelada… y una calle que, simplemente, siguió hablando en otro lado. Más que ignorancia, fue desplazamiento.

Así que dejo constancia en este reporte: la “gran mayoría” se quedó esperando. Y la política, por un momento, ocurrió sin ella.

Dicen que ando suelto. Puede ser. Pero esta vez ni siquiera toqué la puerta.

Entrevista exclusiva con el diablo

—Se insiste en que usted “anda suelto”. ¿Cómo interpreta esa afirmación?
—La frase dice más del miedo de quien la enuncia que de mí. “Suelto” sugiere descontrol, pero lo que hay es organización. Aparezco cuando el malestar deja de ser individual y encuentra formas colectivas de expresarse.

—¿Por qué su presencia se vuelve más visible en fechas como el 1° de mayo?
—Porque la memoria no es pasiva. El 1° de mayo activa una genealogía de luchas que recuerda que los derechos se conquistaron enfrentando al poder. En ese contexto, mi presencia no es excepcional: es coherente.

—Se le asocia con el caos y la desestabilización.
—Esa es una lectura interesada. Se llama “caos” a todo aquello que interrumpe la comodidad del orden. Pero no hay nada más inestable que un sistema que necesita silenciar para sostenerse.

—¿Qué lectura hace del momento actual del país?
—Hay una tensión evidente entre formas de poder que buscan concentrarse y sectores sociales que exigen ser escuchados. Esa tensión no es nueva, pero hoy se expresa con mayor claridad porque los márgenes de tolerancia al deterioro se han reducido.

—En el collage aparecen múltiples luchas. ¿Cómo se relacionan entre sí?
—No necesitan ser idénticas para ser compatibles. Lo que comparten es una experiencia de límite: educativo, económico, político. Yo no unifico esas luchas; las pongo en contacto.

—¿Qué papel juega la institucionalidad en este escenario?
—La institucionalidad puede ser espacio de mediación o de cierre. Cuando se percibe como cerrada, la calle se vuelve inevitable. No como rechazo absoluto, sino como corrección de ese cierre.

—También hay referencias internacionales en estas voces.
—Porque las luchas no están aisladas. Las dinámicas de poder, las formas de intervención externa, incluso los modelos económicos, operan a escala global. Ignorar eso sería ingenuo.

—¿Tiene algún horizonte o finalidad?
—No soy un programa político. Soy una señal. Indico que hay algo que no está funcionando y que requiere ser transformado.

—¿Cuándo deja de aparecer el “diablo”?
—Cuando el conflicto deja de ser necesario para ser escuchado. Es decir, cuando la democracia deja de temerle a su propia gente.

—Entonces, ¿se va a quedar?
—Mientras intenten gobernar sin escuchar, ya sabe la respuesta.

El diablo anda suelto.
No como amenaza, sino como evidencia.
Y esta vez, no habla en singular.

Galería
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Cuando la universidad se vuelve “Sin Cara”: ética, política y pedagogía en tiempos del FEES

Por momentos, no hace falta inventar nuevas metáforas. Basta mirar con atención a Sin Cara en El viaje de Chihiro para reconocer algo inquietantemente cercano: una figura que no es mala en sí misma, pero que se vuelve lo que el entorno le devuelve. Una figura que consume… y termina siendo consumida.

Un contexto que desborda el aula: paro activo y disputa por el FEES

En abril de 2026, la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de Costa Rica declaró un paro activo en el marco de la disputa por el Fondo Especial para la Educación Superior 2027.

No se trata de una huelga tradicional. El paro activo implica no detener del todo las clases, sino transformarlas: el aula se desplaza hacia espacios de discusión, análisis crítico y organización colectiva. La medida, fue propuesta por la Escuela de Ciencias Políticas e impulsada desde la Asamblea Ampliada de Ciencias Sociales.

El trasfondo es claro: la ruptura de negociaciones entre el gobierno y las rectorías, junto con el anuncio de congelamiento presupuestario, activó un escenario de tensión donde estudiantes han exigido no criminalizar la protesta y han respaldado acciones como la toma de edificios.

En este contexto, la universidad deja de ser únicamente un espacio académico para convertirse en un territorio en disputa.

Una presencia incómoda: lo que Sin Cara nos obliga a ver

Sin Cara no entra haciendo ruido. Aparece silencioso, casi invisible, hasta que encuentra un espacio donde puede interactuar. En el baño termal, rodeado de codicia, jerarquías y ansiedad por el oro, empieza a transformarse: devora, crece, exige, se desborda.

No es un villano clásico. Es, más bien, un espejo.

Pensar la universidad pública en Costa Rica desde esta imagen —en medio de las discusiones sobre el FEES— abre una pregunta incómoda: ¿qué estamos reflejando cuando hablamos de financiamiento, autonomía y defensa de lo público?

Dimensión ética: entre el principio y la inercia

El debate sobre el FEES suele reducirse a montos, porcentajes y reglas fiscales. Pero la metáfora de Sin Cara desplaza el foco: no se trata solo de cuánto, sino de para qué y desde dónde.

Cuando no hay un horizonte ético claramente asumido, la universidad corre el riesgo de actuar por inercia. De responder a presiones externas —mediáticas, políticas o económicas— sin procesarlas críticamente. De adaptarse, más que de orientar.

Aquí la pregunta no es técnica, es profundamente ética: ¿la universidad pública está organizada para sostener el bien común o para administrarse a sí misma?

Porque cuando el criterio se diluye, cualquier lógica puede ocupar su lugar.

Dimensión política: el conflicto que no siempre se nombra

El baño termal en la película no es neutral. Está lleno de relaciones de poder, de intercambios desiguales, de decisiones que benefician a unos y excluyen a otros.

Lo mismo ocurre con el FEES.

Lejos de ser un simple mecanismo de financiamiento, es un campo de disputa donde se juegan visiones de país, modelos de desarrollo y sentidos de lo público. Pero también —y esto suele quedar fuera del foco— es un espacio donde emergen tensiones internas:

  • -¿Quién decide dentro de la universidad?
  • -¿Cómo se distribuyen los recursos?
  • -¿Qué áreas se fortalecen y cuáles se precarizan?
  • -¿Qué voces participan y cuáles quedan fuera?

La figura de Sin Cara incomoda porque evidencia que el problema no es solo la presión externa. También está en cómo la institución procesa, negocia o reproduce esas presiones.

El quiebre: cuando la universidad se enfrenta a su propio reflejo

Hay momentos en que la metáfora deja de ser interpretativa y se vuelve concreta.

El episodio en el que la propia institución decide cortar el agua, la luz y mantener una alarma activa durante toda la noche mientras estudiantes sostenían la toma de un edificio no es un detalle administrativo. Es un punto de inflexión.

Ahí la universidad deja de ser únicamente un espacio en disputa para convertirse en actor directo de una práctica que tensiona su propio discurso.

La contradicción es evidente: una institución que, en medio de un paro activo que reivindica la reflexión crítica, la organización y la defensa de lo público, recurre simultáneamente a medidas que operan desde la presión, el desgaste y el control.

En clave de Sin Cara, es el momento en que el personaje ya no solo refleja el entorno: lo encarna sin mediación.

Y la pregunta se vuelve más incómoda aún: ¿qué condiciones hicieron posible que esa decisión pareciera válida, necesaria o incluso “normal”?

Cuando aparece Chihiro: el límite, el cuidado y la transformación

Sin embargo, la historia no termina ahí. Hay un giro clave cuando Chihiro Ogino entra en escena de otra manera.

Chihiro no compite con Sin Cara, no lo reprime con violencia ni se deja seducir por el oro. Hace algo más difícil: le pone un límite sin dejar de reconocerlo. Le ofrece comida que lo obliga a devolver lo que ha consumido, lo saca del espacio donde se desbordó y lo acompaña en un proceso de transformación.

Fuera del baño termal, Sin Cara cambia. Se calma. Deja de devorar.

Este momento es clave para pensar la universidad:

  • -No toda respuesta al conflicto tiene que pasar por la coerción.
  • -No todo límite tiene que construirse desde el castigo.
  • -No toda tensión se resuelve eliminando al otro.

La relación que propone Chihiro abre otra posibilidad: la del vínculo como práctica ética y pedagógica.

Dimensión pedagógica: formar criterio o reproducir reflejos

El propio paro activo es, en sí mismo, una apuesta pedagógica: convertir la crisis en contenido, el conflicto en aprendizaje, la coyuntura en espacio formativo.

Pero esa apuesta entra en tensión cuando las respuestas institucionales contradicen ese horizonte.

¿Qué se aprende de una universidad que, mientras promueve el debate crítico en las aulas, gestiona el conflicto desde la coerción fuera de ellas? ¿Qué tipo de ciudadanía se está formando cuando el disenso se reconoce discursivamente, pero se limita en la práctica?

La escena con Chihiro Ogino sugiere otra dirección: la formación no ocurre solo en lo que se dice, sino en cómo se sostienen los conflictos, cómo se construyen los límites y cómo se cuidan los vínculos.

En ese sentido, la universidad puede amplificar la lógica de Sin Cara —absorber sin procesar, reproducir sin transformar— o puede apostar por lo contrario: formar sujetos capaces de no devorar ni ser devorados por el contexto.

Democratizar para no devorar(se)

Hay un punto donde la metáfora deja de ser cómoda y se vuelve exigente.

Porque si la universidad quiere evitar convertirse en una figura que refleja sin cuestionar, necesita mirarse hacia adentro. Las tensiones en torno al FEES no solo interpelan al gobierno o a la opinión pública. También interpelan la vida interna de la institución:

  • -sus formas de gobierno,
  • -sus mecanismos de participación,
  • -su relación con estudiantes, territorios y comunidades.

El paro activo abre precisamente esa posibilidad: no solo defender recursos, sino disputar el sentido de la universidad.

No se trata únicamente de cuánto presupuesto se recibe. Se trata de cómo se decide, para quién y con quién.

Una pregunta abierta (y urgente)

Sin Cara no desaparece. Cambia de contexto. Y con eso, cambia también su forma de estar en el mundo.

En medio del paro activo, de la defensa del FEES y de las tensiones abiertas entre gobierno, autoridades y movimiento estudiantil, aparece una imagen difícil de ignorar: una universidad que disputa lo público hacia afuera, pero que también debe hacerlo hacia adentro.

Pero también aparece otra posibilidad, menos estridente pero más exigente: la de construir relaciones como las que propone Chihiro.

La pregunta, entonces, es otra: ¿qué tipo de universidad queremos ser cuando el conflicto nos atraviesa?

Porque en tiempos de disputa por lo público, la ética, la política y la pedagogía no son dimensiones separadas. Son, precisamente, el terreno donde se juega el sentido mismo de la universidad.

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Lo que el tren no cuenta: el puente que la comunidad hizo suyo – Finca 5. Río Frío, Sarapiquí.

En Finca 5, el puente ferroviario dejó de ser solo una estructura para el paso del tren. Con el tiempo —y tras décadas sin uso ferroviario— se convirtió en otra cosa: un camino, un lugar de encuentro, un espacio vivido.

Este video recoge voces de la comunidad que reconstruyen la memoria del puente más allá de su función original. Aquí, el puente no se entiende desde los rieles, sino desde los pasos: de quienes lo cruzaron a pie, de quienes vendían alimentos en canastos, de quienes encontraron en él una forma de acercarse a la otra orilla y también a otras personas.

Las historias que emergen hablan de trabajo, de fondas que alimentaron a quienes construyeron la obra, de una economía cotidiana que se movía entre ida y vuelta, pero también de afectos, de juegos, de recorridos compartidos y de una vida comunitaria tejida en el tránsito diario.

Este ejercicio de memoria colectiva nos recuerda que la historia no está solo en las grandes infraestructuras, sino en las experiencias que las personas construyen alrededor de ellas. Porque cuando el tren dejó de pasar, la comunidad siguió cruzando… y el puente encontró nuevos sentidos.

Lo que el tren no cuenta es justamente eso: la historia que vive en la gente, la memoria que no siempre queda registrada, pero que sigue sosteniendo la vida en común.

La memoria que revela lo que no siempre se ve

Volver sobre la historia del puente desde la memoria local permite descubrir algo que no aparece a primera vista: que los territorios no se explican únicamente por sus infraestructuras ni por las funciones para las que fueron diseñados. El puente, pensado para el paso del tren, terminó siendo habitado, recorrido y resignificado por la comunidad hasta convertirse en un espacio de encuentro, trabajo y vida cotidiana.

Este proceso de reconstrucción colectiva hace visible lo que muchas veces queda fuera de los relatos oficiales: las relaciones, los afectos, las economías pequeñas, los esfuerzos compartidos y las formas concretas en que las personas sostienen la vida. Mirar el puente desde estas experiencias no solo amplía su significado, sino que cuestiona la idea de que el desarrollo se mide únicamente en términos de grandes obras o conectividad técnica.

La memoria local, en ese sentido, no es solo un ejercicio de recuerdo, sino una herramienta para comprender el presente y proyectar el futuro desde otros lugares. Permite reconocer que, incluso cuando una infraestructura deja de cumplir su función original, puede seguir siendo central en la vida de una comunidad, precisamente por los vínculos que allí se han tejido.

Poner en valor estas memorias es también afirmar el derecho de las comunidades a nombrar su historia desde su propia experiencia. Porque, como muestra el caso del puente en Finca 5, hay sentidos que no están en los planos ni en los rieles, sino en los pasos de quienes lo han hecho suyo día a día.

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Lo que queda después de limpiar: preguntas desde Grecia

En Grecia, Alajuela, más de 140 personas se reunieron para recoger residuos en espacios que, aunque son de todas y todos, suelen quedar atrapados en el abandono. En esta ocasión, la jornada se concentró en el río Agualote, un cuerpo de agua que, como muchos otros, carga con los efectos de prácticas que lo desbordan. La escena podría leerse como una jornada más de limpieza. Sin embargo, lo que revela —y lo que profundiza este episodio de Sentires y Saberes— va mucho más allá de la acción inmediata.

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Hay algo profundamente revelador en ver a personas dedicando su tiempo a recoger desechos que no produjeron. Esa imagen, lejos de ser anecdótica, apunta a una realidad más amplia: la basura no es un hecho aislado, sino la expresión visible de formas de producción y consumo que trasladan sus impactos hacia lo común. Lo que se limpia en unas horas —en este caso, a lo largo del río Agualote— es apenas la superficie de una cadena más extensa, donde las responsabilidades no siempre están distribuidas de forma equitativa.

Al mismo tiempo, la experiencia deja ver que estas acciones no ocurren de manera espontánea. Detrás de cada jornada hay semanas de organización: coordinar voluntariado, gestionar recursos, asegurar condiciones básicas para que el trabajo sea posible. Ese esfuerzo, muchas veces invisible, es el que sostiene lo colectivo. Y ahí aparece una señal importante: la alta participación no es casual. Existe disposición social, ganas de involucrarse, de hacer algo frente a problemas que afectan el entorno cotidiano. El desafío, entonces, no es solo convocar, sino sostener esa energía en el tiempo y convertirla en procesos más continuos.

Sin embargo, incluso cuando se logran retirar grandes cantidades de residuos, queda una certeza difícil de ignorar: el problema no termina ahí. La basura sigue llegando porque responde a dinámicas más amplias, vinculadas a cómo se produce, se consume y se desecha. Por eso, pensar en el cuidado de los bienes comunes también implica ampliar la conversación sobre quiénes se benefician del uso del territorio y quiénes asumen sus costos.

En este proceso, las acciones no se limitan a limpiar. También se proyectan hacia la reforestación y la arborización, recordando que intervenir el entorno no es solo actuar, sino decidir cómo hacerlo. Cada elección —qué sembrar, dónde, con qué criterios— tiene efectos, y cuidar lo común también implica asumir esa dimensión.

Lo que queda, al final, es una tensión que atraviesa toda la experiencia: la satisfacción por lo logrado y la conciencia de que aún es insuficiente. Lejos de paralizar, esa tensión abre un camino posible. Porque en acciones concretas, organizadas y colectivas como esta, no solo se limpia un espacio: también se disputan, poco a poco, otras formas de habitar y cuidar lo que es de todas y todos.