“La música no tiene fronteras, pero sí un final común: el amor y la rebeldía”
— Chavela Vargas
Cada 5 de agosto recordamos a Chavela Vargas. Su legado suele evocarse por una extraordinaria carrera artística, una voz inconfundible y una vida marcada por la rebeldía. Pero detenernos únicamente en esos aspectos deja fuera una pregunta que hoy resulta urgente: ¿qué tiene que ver una cantante con los bienes comunes?
A primera vista, parecería que muy poco. Sin embargo, si entendemos los bienes comunes como aquello que una comunidad crea, comparte, cuida y transmite colectivamente para sostener la vida, la respuesta cambia por completo.
La música, la memoria, los lenguajes, los afectos, las historias y las formas de nombrar el mundo también pueden entenderse como bienes comunes sociales. No porque pertenezcan a todas las personas de manera automática, sino porque cobran sentido cuando son apropiados, recreados y compartidos por una comunidad.
Los bienes comunes no son solo naturales
Cuando hablamos de bienes comunes solemos pensar en ríos, bosques, humedales, semillas o acuíferos. Son fundamentales para la reproducción de la vida y han ocupado un lugar central en las luchas socioambientales. Pero la vida en común también depende de otros bienes que no pueden encerrarse en un cercado ni delimitarse sobre un mapa.
Los bienes comunes sociales y culturales son las memorias colectivas, los saberes populares, las lenguas, las fiestas, las canciones, las formas de organización, las prácticas de solidaridad y los vínculos que permiten a una comunidad reconocerse como tal.
No son recursos que simplemente existen. Son procesos vivos que se construyen, se cuidan y se recrean cada día mediante la participación de quienes los habitan.
Una voz que pasó a ser de los pueblos
Chavela Vargas nunca perteneció únicamente a la industria musical. Con el paso del tiempo, muchas de sus interpretaciones dejaron de ser canciones para convertirse en parte de la memoria afectiva de América Latina.
Su voz acompañó despedidas, migraciones, exilios, luchas sociales, encuentros y pérdidas. Pero también abrió un horizonte de libertad para muchas personas que, desde la diversidad sexual, encontraron en su vida una afirmación de que era posible desafiar los mandatos sociales y vivir con dignidad.
Cada generación encontró nuevas maneras de apropiarse de su obra, otorgándole sentidos distintos según su propio contexto.
Eso revela una característica fundamental de los bienes comunes: permanecen vivos porque las comunidades los resignifican continuamente.
Una canción deja de pertenecer únicamente a quien la interpreta cuando pasa a formar parte de la experiencia compartida de un pueblo.
La cultura también sostiene la vida
Con frecuencia se piensa que la cultura ocupa un lugar secundario frente a las urgencias económicas, ambientales o políticas.
Sin embargo, ninguna comunidad logra sostener una defensa del territorio únicamente mediante argumentos técnicos, científicos o jurídicos.
Las luchas necesitan relatos que expliquen por qué vale la pena defender un lugar.
-Necesitan memorias que conecten generaciones.
-Necesitan símbolos que fortalezcan la identidad colectiva.
-Necesitan espacios donde compartir el dolor, la esperanza y la alegría.
En otras palabras, necesitan cultura. Las canciones que acompañan una marcha, las radios comunitarias, los murales, los relatos de las personas mayores o las celebraciones populares no son elementos decorativos. Constituyen bienes comunes sociales porque fortalecen la confianza, transmiten conocimientos y hacen posible la organización colectiva.
Cuando se pierde la cultura también se pierde territorio
Los procesos de despojo rara vez afectan únicamente la naturaleza. También transforman profundamente las relaciones sociales que hacen posible la vida comunitaria.
Cuando una comunidad es desplazada, no desaparecen solamente las viviendas o los paisajes. También se debilitan las redes de apoyo, los conocimientos locales, las prácticas de ayuda mutua y las memorias compartidas.
Por eso, defender los bienes comunes implica proteger tanto los territorios como las relaciones que les dan significado.
-No basta con conservar un río si desaparecen las comunidades que conocen su historia.
-No basta con proteger un bosque si se pierde la cultura que enseñaba cómo convivir con él.
La defensa de los bienes comunes es, al mismo tiempo, una defensa de las condiciones materiales y simbólicas que permiten sostener la vida en común.
Chavela y la dignidad de existir
La vida de Chavela Vargas desafió muchas de las normas de su tiempo. Cuestionó los mandatos sobre el género, la forma de habitar el espacio público y la libertad para amar. Sin necesidad de convertir cada gesto en una consigna política, mostró que existir con autenticidad también puede convertirse en un acto de resistencia.
Su trayectoria recuerda que los bienes comunes sociales también incluyen la posibilidad de construir comunidades donde la diferencia no sea motivo de exclusión, sino parte de la riqueza colectiva.
La dignidad, el reconocimiento y la libertad de ser quienes somos también necesitan cultivarse comunitariamente.
Cuidar la cultura también es defender los bienes comunes
En una época en que muchas expresiones culturales son absorbidas por las lógicas del mercado o reducidas a mercancías de consumo, conviene recordar que la cultura también puede ser un espacio de encuentro, organización y memoria.
Defender los bienes comunes no consiste únicamente en proteger aquello que puede medirse o delimitarse sobre un mapa.
También significa cuidar las historias que nos unen, las palabras que compartimos, las canciones que nos acompañan y las memorias que fortalecen nuestra capacidad de imaginar otros futuros posibles.
Quizá por eso recordar a Chavela Vargas no sea solamente un ejercicio de nostalgia.
Es reconocer que la cultura no es un lujo. Es un bien común social que fortalece la memoria, alimenta la organización y nos ayuda a imaginar otros futuros posibles.
Los pueblos no solo sobreviven porque tienen agua, tierra o bosques. También sobreviven porque conservan las voces, los afectos, los saberes y las memorias que hacen posible la vida en común.
En tiempos de fragmentación, cuidar esos bienes comunes sociales es también una forma de resistencia.









