Nota de la Coordinación de la Escuela Ambulante
La Escuela Ambulante, prevista para realizarse del 20 al 23 de julio en la Región Huetar Norte, ha sido oficialmente cancelada.
No fue por falta de estudiantes. Tampoco porque las comunidades dejaran de esperarnos. No fue por ausencia de presupuesto, por problemas de transporte, por falta de planificación ni porque el territorio hubiera desaparecido del mapa.
La actividad contaba con recursos, un itinerario construido y una red de organizaciones dispuestas a abrir sus puertas para compartir conocimientos, experiencias y preguntas.
Después de gestiones, descubrimos algo mucho más interesante: que una actividad académica puede reunir todas las condiciones para realizarse y, aun así, no encontrar una ruta administrativa que le permita existir.
Como toda buena experiencia educativa, decidimos no desperdiciar la lección.
Ya que la Escuela Ambulante no podrá recorrer los territorios, esta vez recorreremos otro paisaje igual de complejo: ese lugar donde las buenas ideas se encuentran con los procedimientos, las competencias, los oficios, las interpretaciones normativas y la extraordinaria capacidad institucional para convertir una posibilidad en un expediente.
El profesor invitado de esta clase será Koro-sensei, quien intentará responder una pregunta que nunca apareció en el programa del curso:
¿Cómo puede una universidad impedir un viaje sin decir nunca que estaba prohibido?
Permítanme presentarme.
Soy Koro-sensei.
Durante mucho tiempo he tenido una particular obsesión: observar cómo aprenden las personas. No solamente en las aulas, donde los pizarrones están llenos de conceptos ordenados y las evaluaciones buscan medir respuestas correctas, sino también en esos espacios donde el conocimiento aparece de maneras menos cómodas: una conversación con una comunidad, una caminata por un territorio, una historia contada por alguien que ha defendido un río durante años o la mirada sorprendida de una persona estudiante cuando descubre que el país que estudiaba en los libros tiene rostros, conflictos y memorias.
Por eso me interesó mucho una experiencia llamada Escuela Ambulante.
Su nombre ya contenía una pequeña provocación. Una escuela que no espera que el mundo llegue hasta ella, sino que decide moverse. Una escuela que entiende que hay conocimientos que no caben dentro de un aula y que algunas de las mejores lecciones no ocurren frente a una pantalla, sino caminando junto a quienes han construido saber desde la vida cotidiana.
La idea era sencilla, aunque las cosas sencillas suelen ser las más difíciles de sostener: estudiantes, docentes y comunidades encontrándose en un territorio para aprender juntos.
Una idea bastante peligrosa para una universidad. No porque sea incorrecta. Sino porque obliga a la institución a recordar para qué existe.
La Escuela Ambulante no fue cancelada porque faltara entusiasmo. Tampoco porque las comunidades no quisieran recibirla, porque las personas estudiantes no estuvieran interesadas o porque la actividad careciera de sentido académico. Al contrario, existía una red de personas esperando ese encuentro.
La dificultad apareció en otro lugar. Apareció en ese territorio misterioso que todo universitario conoce: el espacio entre una buena idea y la posibilidad administrativa de realizarla.
Ahí vive una criatura peculiar. No tiene rostro. No tiene nombre. Pero todos la hemos visto. Se alimenta de formularios, procedimientos, interpretaciones, competencias y responsabilidades cuidadosamente delimitadas. Es la burocracia.
Y antes de que alguien se moleste conmigo, debo aclarar algo como buen profesor: la burocracia no es una enemiga. Una institución pública necesita reglas. Necesita controles. Necesita cuidar los recursos que pertenecen a toda la sociedad.
Una universidad sin procedimientos sería una universidad vulnerable. Pero una universidad donde los procedimientos terminan teniendo más capacidad de detener una iniciativa que de acompañarla también enfrenta un problema. Porque una regla debería funcionar como un puente. Nunca como un muro.
Lo más interesante de esta historia es que nadie tuvo que decir «no». Esa es quizás la parte más sofisticada de la situación. No hubo una prohibición explícita. No hubo una puerta cerrada con llave.
Lo que ocurrió fue mucho más complejo: cada instancia respondió desde sus propios límites, sus responsabilidades y sus precauciones. Cada pieza del engranaje funcionó según su lógica particular. Y, sin embargo, cuando todas esas respuestas se juntaron, el resultado fue que una actividad pensada para acercar la Universidad a los territorios dejó de tener un camino claro para realizarse.
Una pequeña paradoja universitaria. Cada parte hizo lo correcto desde su lugar. Pero el conjunto produjo una imposibilidad. Es como construir un hermoso puente donde cada persona encargada de una sección decide cuidadosamente no colocar la última tabla porque no está dentro de sus funciones.
El puente queda perfectamente diseñado. Solo que nadie puede cruzarlo.
La parte más curiosa de esta clase es que la Universidad suele enseñar algo muy valioso a sus estudiantes: que los problemas complejos requieren soluciones creativas.
Se les invita a pensar críticamente. A cuestionar. A imaginar alternativas. A buscar caminos donde otros solamente ven obstáculos. Pero a veces la propia institución parece olvidar esa lección cuando debe aplicársela a sí misma.
Cuando una iniciativa de acción social aparece, debería surgir una pregunta fundamental: ¿Cómo hacemos posible este encuentro? Sin embargo, muchas veces la primera pregunta parece transformarse en: ¿Qué riesgos implica hacerlo?
La diferencia parece pequeña. Pero cambia completamente la dirección del camino. Una pregunta busca construir. La otra busca proteger. Y una universidad pública necesita ambas cosas, pero nunca debería permitir que la segunda destruya la primera.
Lo más triste de esta historia no es la cancelación de una gira. Las fechas pueden cambiar. Los planes pueden modificarse. Las actividades pueden esperar.
Lo más preocupante es preguntarnos cuántas experiencias nunca llegan a existir porque las personas que intentan construirlas terminan agotadas antes de llegar al territorio.
Porque detrás de cada actividad universitaria hay alguien haciendo algo que rara vez aparece en los informes: convenciendo personas, coordinando horarios, llamando comunidades, preparando materiales, imaginando metodologías y sosteniendo con voluntad aquello que todavía no tiene una estructura administrativa suficientemente clara.
La Universidad tiene muchas personas que quieren trabajar. Personas que creen en su misión. Personas que no ven la acción social como una obligación más, sino como una manera distinta de hacer Universidad. Pero una institución no puede depender únicamente del sacrificio personal de quienes la sostienen. La pasión puede iniciar los procesos. No debería ser el mecanismo permanente para mantenerlos vivos.
Quizás la lección de esta Escuela Ambulante sea precisamente esa. No una lección sobre fracaso. Sino sobre una pregunta que vale la pena dejar escrita en el pizarrón:
¿Qué ocurre cuando una universidad tiene muchas razones para explicar por qué algo es difícil, pero pocas herramientas para demostrar cómo hacerlo posible?
Tal vez el desafío no sea eliminar las reglas. Tal vez sea recordar que las reglas existen para cuidar una misión, no para reemplazarla.
Porque una universidad pública no se mide únicamente por sus edificios, sus publicaciones o sus procedimientos correctamente cumplidos.
También se mide por su capacidad de caminar. De escuchar. De llegar. De aprender con quienes están fuera de sus paredes.
Esta vez la Escuela Ambulante no llegó al territorio. Y quizás esa sea precisamente la lección que más deberíamos estudiar. Porque algunas clases no se pierden cuando se suspenden.
Algunas clases comienzan justamente cuando nos obligan a preguntarnos por qué no pudimos realizarlas.
Atentamente,
Koro-sensei
Profesor invitado de una clase que todavía espera aprender a salir del aula.
P.D. Como todo buen profesor, no puedo terminar esta clase sin expresar un agradecimiento. No precisamente a quienes hicieron posible la Escuela Ambulante, sino a quienes, desde la impecable lógica de los procedimientos, lograron demostrar que una universidad puede disponer de recursos, contar con estudiantes comprometidos, comunidades esperándola, una propuesta académica sólida y, aun así, encontrar la manera de no salir del edificio.
También quisiera agradecer a todas las interpretaciones normativas, procedimientos, competencias, responsabilidades cuidadosamente delimitadas, oficios, precauciones y temores administrativos que hicieron posible este extraordinario ejercicio pedagógico. Gracias a ellos, comprobamos que una actividad no necesita ser rechazada para no realizarse; basta con rodearla de suficientes condiciones, traslados de responsabilidad y cautelas institucionales hasta que termine cancelándose por agotamiento.
Confieso que es una lección que difícilmente habría podido enseñar en un aula. Pocas veces se observa con tanta claridad cómo una institución puede invertir semanas discutiendo quién debe asumir la responsabilidad de una actividad, mientras la actividad misma deja de existir.
Pero quizá la enseñanza más valiosa fue otra. Aprendimos que es posible proteger con extraordinaria eficacia los procedimientos, incluso cuando aquello que debía protegerse era el encuentro entre la Universidad y la sociedad. La Escuela Ambulante nunca llegó al territorio, pero los expedientes permanecieron impecablemente resguardados, las competencias cuidadosamente delimitadas y las responsabilidades perfectamente distribuidas. Imagino que, en algún archivo institucional, esta actividad fue un completo éxito administrativo.
Como profesor, debo reconocer que admiro semejante hazaña: convertir una propuesta de acción social en una impecable lección sobre cómo administrar la imposibilidad. No todos los días se demuestra con tanta precisión que la forma más elegante de decir «no» consiste en no pronunciar jamás esa palabra.
Sobre el autor: Koro-sensei es profesor de tiempo completo, especialista en convertir errores en oportunidades de aprendizaje y firme defensor de las clases que ocurren fuera del aula. Su experiencia incluye impartir lecciones a velocidades difíciles de medir, visitar territorios antes de que termine el recreo y demostrar que la mejor evaluación suele ser una buena pregunta.
Ha desarrollado líneas de investigación poco convencionales, entre ellas: Burocracias que sobreviven a cualquier reforma, Ecología del formulario extraviado, Metodologías para aprender caminando y Análisis comparado entre un expediente perfectamente archivado y una comunidad que sigue esperando.
Entre sus principales publicaciones destacan Cómo enseñar sin dejar de aprender, El arte de equivocarse con elegancia y Manual básico para sobrevivir a reuniones donde nadie puede decidir nada. Ninguna de ellas existe, pero todas deberían.
Actualmente se desempeña como profesor invitado de la Escuela Ambulante de Asuntos que No Salen en el Examen, donde insiste en que los territorios también son bibliotecas, las comunidades también son profesoras y que una universidad solo termina de comprender un problema cuando se atreve a caminar hasta él.
En su tiempo libre colecciona preguntas incómodas, desconfía de las soluciones demasiado simples y mantiene una curiosa costumbre: creer que los procedimientos deberían ayudar a que las cosas sucedan, en lugar de convertirse en la razón por la que dejan de ocurrir.









